—Por fin te tengo para mí solo —gruñe Fabricio. Estamos escondidos en el establo, en la parte que taparon para que no se viese los materiales de los trabajadores, ni donde descansa los caballos de Don Camilo y Amanda. Me toma de la mano y me guía hasta un murito de paja, me deja allí parada mientras busca algo que poner encima para poder sentarse. Consigue una camisa que posiciona bien y me arrastra con él sentándome a horcajadas. —No sabía que cantabas —susurra con la vista en mis labios—. Eres hermosa. —¿Hermosa? —cuestiono—. Pensé que no me veías porque te tenían muy entretenido. Además, hay muchas cosas de mí que desconoces. Sonríe y niega con la cabeza. —Muñeca, te dije que solo es una amiga. —Una amiga que conoce muy bien tu cuerpo —gruño. Su mano derecha acaricia mis

