—¿Donde andabas? Pego un brico llevándome la mano al pecho. Maldición. —Tú de verdad quieres que muera de un infarto —reprocho—. Qué costumbre la tuya asustarme. Me ve con suspicacia, lo que ahve que me ponga nerviosa. Solo espero que no ate cabos, y se ponga a darme el sermón. Mi salvadora viene caminando directamente hacia nosotras, llevándome del lado de su hermana a la pista donde todos están vueltos locos con La Gozadera de Gente de Zona. Las horas transcurren mientras bailamos, brindamos, gritamos, cantamos, perreamos, y terminamos exhaustos una vez pasada la hora loca. A punta una y media de la mañana comienzan las músicas romanticonas y Fabricio me invita una pieza. La tal Yuraima me ve con mala cara, no pasé desapercibida que cuando regresamos del establo ésta es

