Miró directo a los ojos del cuervo que yacía en el centro del resto, esos ojos… no supo definir el color… no eran de animal… eran… Eran de humano. ¡Humano! ¿Acaso eso...? ¿Podría ser...? —¡Papá! Su gritó se escuchó con una fuerza sorprendente haciendo eco al interior de la recámara. Porque ahí estaba, en su recámara, en su cama. Estaba en su cama, sudaba de la frente y los brazos, temblaba de pies a cabeza y sus dientes le castañeaban. A su lado se hallaba su madre y tras ella una temerosa Kate que la miraba con pánico. No recordaba haber visto antes una mirada similar en su prima, no desde que la encontró aquella mañana cerca del gran árbol de la escuela. Pero no se detuvo a pensar más. No podía. —¡Papá! ¡Papá! —Continuó gritando de forma casi enloquecida. —¿Dónde está el doctor?

