Aquella noche, después del alboroto creado en su habitación, finalmente la princesa de los Villemont pudo dormir apaciblemente, sin preocupaciones y sin fiebre. La ventana estaba cerrada y se encontraba bajo las mantas, junto a Maugrim, su fiel perro lobo de batalla. El que la cuidaba desde niña. Miranda Villemont no supo qué fue lo que su padrino hizo para que ella se sintiera mejor. No tuvo las fuerzas suficientes para saber si el hombre había usado algún tipo de hechizo mágico o poderosa oración, como lo pensaría más adelante siendo ya consciente de todo. Lo cierto era que, Raphäel Bizoute había dado en el clavo con aquel veloz tratamiento. La extraña fiebre que la princesa Villemont tenía no habría cedido de no ser por la intervención de aquel médico. Cualquier otro médico se habría

