Karman parecía una rehén, Kael no la dejó apartarse de su lado y por mucho que ella dijera que deseaba hacer cualquier cosa, él no se despegaba de ella. Si tenía que ir al baño, él iba con ella, si se detenía para beber agua, se detenía con ella, si alguien se acercaba para hablar con ella, él se quedaba como si la conversación fuera también con él.
Karman estaba molesta, frustrada y desesperada, pero recordar como le salvó la vida le hacía morderse un poco más fuerte la lengua para no decirle todo lo que pensaba de él, cosa que Kael no veía, esa fiera lo trata de lo peor.
―¿Puedes darme un poco más de espacio? ―Karman se detuvo bastante molesta―. Estoy cansada de que no te separes de mí, ¡Deberíamos ir a la cabeza y no en medio! ―Lo miró furiosa.
―¡Me estás enloqueciendo, mujer! ―Vociferó casi perdiendo la razón.
―¿Ya no soy: reina mía? ―Karman lo miró burlona―, creí que podías con todo, animal salvaje ―Kael apretó la mandíbula con fuerza, no sabe como lidiar con esa mujer―. ¿Qué? ¿Estás molesto por que no soy como esas mujeres que se tiran a tus brazos y se arrodillan ante ti solo porque así lo exiges?
―Eres mi luna ―Le recordó―, y una vez que aceptes nuestros lazos, nada te diferenciará de ellas ―Karman lo abofeteó y el ruido fue lo suficientemente alto como para que todo aquel que poseyera la magia escuchara.
Todo quedó en silencio, cada uno mirando con expectativa. Kael miró esos ojos celestes y sus fosas nasales se abrieron por lo errático de su respiración. Karman por su lado dejó de respirar, ni siquiera se dio cuenta cuando su mano había impactado con la fuerte mejilla del hombre que la mira como la cosa más diminuta. ¿Por qué le dolió tanto el que la comparara con las demás?
―¡No! ―Chilló Karman al verse por los aires y después aterrizar bruscamente sobre el ancho hombro de Kael―. ¡Suéltame, bestia salvaje!
―¡Reina! ―Ezar corrió a ella, pero Kael con un simple movimiento sacó su gran espada y lo detuvo al ponerle la punta en su garganta.
―Di una sola palabra más y te arranco la cabeza ―Karman lucho para mirar lo que estaba pasando, pero Kael la mantenía firme en su sitio―. ¿Acaso crees que alguien tan débil e insignificante como tú puedes salvarla de algo? ―Ladeó la sonrisa llena de malicia―, ¿Acaso no fuiste tú quien la trajo a su propia muerte? ―Ezar pasó saliva con dificultad, el hecho de que él viniera a rescatarla lo deja como un incapaz.
―No puedes tratarla así, es la reina ―Su voz se mantuvo firme, pero cualquiera podía percibir la culpa y la vergüenza en ella.
―Es mi mujer sobre todas las cosas ―Kael enterró la punta de la espada hasta verlo sangrar―, ¿Serás tú quien me diga como trato a mi luna? ―Le alzó el mentón con la espada ensangrentada―. Vamos, contéstame.
―Kael, ¡Basta! ―Gritó Karman sabiendo que estaba siendo cruel―, no permitiré que le hables así ―Kael le apretó las nalgas en modo de advertencia―. Quiero irme, por favor ―Le pidió dejando de luchar.
―Han escuchado a mi reina, ¡Vamos! ―Apremió siendo el primero en continuar.
Karman cerró los ojos con alivio al sentirlo moverse. ¿Cómo puede un animal de esa especie obedecer sin más y a la vez ser lo más indomable del mundo? No sabía exactamente lo que estaba pasando, pero su corazón y su manera de latir la dejó sin aire.
Sentir el olor natural de Kael mezclado con la sangre la estremeció, ir sobre su hombre como la mujer más sumisa y débil era para reventarla de la ira, pero por algún motivo se sentía demasiado cómoda y nada en ella se sentía molesto. ¿Qué estaba pasando? Era su pregunta a todo lo que sentía, pues es claro que lo detesta y no quiere nada que ver con él.
―¿A dónde irás? ―Karman se sentó en la cama, la aventó como siempre sin cuidado ni mimos―, Kael, te he hecho una pregunta ―Kael se detuvo, pero no le dio frente.
―No tengo que explicarte nada ―Rugió incómodo, en su vida no le ha rendido cuentas a nadie y no piensa iniciar ahora―. Descansa, volveré después.
―No saldrás de aquí ―Karman corrió y lo detuvo antes de que pudiera abrir la puerta―. No las necesito, retírense ―Ordenó a las mujeres que sabía la estaban esperando del otro lado de la puerta.
―Como ordene, majestad ―Ambas sirvientas se retiraron.
―¿Por qué te vas? ¿A dónde vas? ―Karman lo miró con desconfianza―, no quiero que les hagas daño, ellos siguieron las órdenes de su reina y no pueden ser castigados por eso ―Kael endureció el gesto.
―Tu gente será castiga, eso no lo dudes ―Karman quedó sin respiración―, pero no hoy ―Eso la dejó confundida―. Hoy lastimaré hasta la muerte al hijo de puta que pretendía hacerte daño. ¡Nadie le hace daño a mi destinada sin sufrir las consecuencias!
―No puedes hacer eso ―Karman lo miró impresionada―, Kael, eres un rey, por lo tanto, tu labor es hacer las cosas bien. ¿No sabes que está mal lastimar a los demás?
―¿Y está bien que ellos quieran lastimarte a ti? ―No la comprendía―. Eres la mujer más fascinante que he conocido nunca, pero a la vez la más débil del planeta.
―No se trata de debilidad, Kael ―Suspiró―, se trata de no ser igual que ellos, se trata de hacer las cosas bien.
―Si dejarlo impune es hacer las cosas bien, no estoy de acuerdo. Es muy aburrido el bien.
―No saldrá impune, lo meteremos al calabozo.
―¿Y darle tres comidas diarias, techo y comodidades? ―Río―, no gracias, prefiero molerlo a golpes y llevarlo a una muerte dolorosa.
―¿Por qué eres tan cruel? ―La pregunta fue sincera, aunque ella sabe la respuesta―. ¿Por qué no eres como los demás?