Cuando pude recapacitar de todas las cosas que me había dicho Tate, la señal de alarma hizo presencia en mí cabeza, alarmando a los bomberos para que se alisten e ir hasta la puerta, tirando de esta y caminando rápido por el pasillo hasta divisar la cabellera castaña del otro. — ¡Tate! — le grité, empujando a más de uno en el camino y llegando a él pocos segundos después que se girase, quedando estampado contra su pecho. — ¿Qué acabas de decir? ¿Con todo eso del pijama y no vuelva a estar en esas pintas? ¡¿Qué me estás diciendo?! — le grité lo suficientemente alto para que me escuche, mientras con mis puños sostenía su camiseta gris, que todavía seguía mojada marcando levemente sus pectorales. — Que quiero que te quedes. ¿No fui obvio? — enarcó ambas cejas, hablando despacio

