Las manos de Tate recorrían con lentitud mi piel, acariciaba con sumo cuidado cada pulgada de tez blanca. Mis brazos lo acorralaban por el cuello, impidiendo que se separe de mi boca, prohibiendo cualquier acto para dejar de besarme. Aquellos besos que empezaron con calentura, se tornaron tiernos, pero con pasión y felicidad revuelta. Los dedos fríos de Tate pasaban por mi plano abdomen, perdiéndose en mi cintura y al instante trazar círculos estremecedores. Mis piernas abrazaban su cintura, logrando que cada movimiento que hacía, su erección haga fricción con la mía perdiendo el sentido de la vida y agradecer por tan placentera sensación. El oxígeno hacia acto de presencia, obligándonos a separar nuestras bocas por escasos segundos, dejando, él, una mano en mi boca mientras

