Como bien había dicho antes, era cosa común que los alumnos se descontrolen sin la presencia de un profesor, y eso había pasado. Antes de llegar, se escuchaban gritos provenientes del aula, ya me había dicho la secretaría que era un poco delicada la situación en ese curso. Grande fue mi sorpresa al abrir la puerta y ver como todos corrían a sentarse, había aviones y bolas de papel en el suelo dando señales de la guerra que se había tenido antes.
Mi madre siempre decía qué en casos como estos, es bueno un cambio de humor. Sonreí a todos.
Tan pronto como puse los pies dentro de esas polvorientas cuatro paredes, marqué paso hasta el sitio libre del fondo, contra la pared y sentarme. Justo detrás de mí llegaba el profesor, con la corbata un poco corrida y los botones de la camisa mal acomodados, señalaba que se había despertado tarde y su hijo había llorado toda la noche. Interesante, cuéntame más, viejo.
Apoyé los codos en la mesa, fijé la vista a la pared, ignorando a todo mí alrededor. Aunque el profesor estaba presente, no había comenzado a dar lecciones, sólo a charlar con la secretaria de quien sabe qué, mientras los alumnos iban de un sitio a otro murmurando cosas. ¿Dónde me había metido?
Hundido entre mis pensamientos, y sin señales de un comienzo cercano a la educación, pasaron un par de minutos, y la puerta de había vuelto a abrir para escuchar un par de risas gruesas y comentarios al profesor sobre su aspecto físico, en broma, claro.
Luego de unos segundos, con la mirada fija en algún punto de esa pared color manteca, golpearon suavemente mi cabeza. Giré un poco, viendo a un chico gigante de hombres y pecho, con el cuello un poco más ancho de lo normal y un piercing en el labio inferior. A su lado, estaba el mismo chico con el que había chocado en el pasillo, se reía de la situación y solo le daba toques en el hombro al otro, diciendo que era ridículo lo que estaba por hacer. Negó con la cabeza y prefirió ver a otro lado.
— Perdona, desconocido: —levantó la ceja derecha en la última palabra, dando entonación de no saber quién diantres era. — con todos mis respetos, pero estás sentado en el sitio de mi amigo. Siempre se sienta ahí. — marcó con los dedos la mesa, moviendo la cabeza un lado señalando a su amigo que estaba encorvado en una mesa hablando con una chica, mientras reían y se decían cosas al oído. Cosa nueva.
— Interesante. — dije bajo. — Cuéntame, ¿su nombre está escrito en algún lado? Que yo sepa, los asientos no tienen nombre. — le sonreí en respuesta, sabía que eso iba a enojarle todavía más. — No creo que a tu compañero le moleste que use su sitio, — giré la cabeza al otro muchacho y seguí: — ¿cierto?
El otro chico, que si mal no recordaba se llamaba Tate, se giró un poco y levantó una ceja, mirándome. — ¿Disculpa? — la expresión de total desorientación lo dijo todo.
— Dije que si no te molestaba que utilice tu asiento.
— No claro, puedes sentarte allí. El que se fue a Sevilla, perdió su silla, ¿no? — comentó sonriendo, a la par que se alejaba de la chica y venía a mí. Colocó su mano derecha sobre mí mesa, y la otra en la pared, dejándome entre medio de estos. Su compañero hizo una clase de sonido medio extraña, como si el ambiente fuese tenso o algo así. — Sólo, para que lo sepas: — señaló con la cabeza la pared, seguí con la cabeza el punto — este asiento…sí tiene mi nombre. — sonrió, juraría que lo hizo por el color que tomaron mis mejillas.
Se apartó de mi lado, le tocó con una mano el hombro a su amigo, tratando de calmarlo, y dijo:
— Tranquilo, Cameron. —- le sonrió. — Me sentaré al lado de Skylar, no te hagas drama y siéntate al lado del chico nuevo. — apretó un poco con fuerza su hombro. — Déjalo pasar, es un asiento después de todo. Si sigues así por la vida, te pondrán una sanción y no saldremos de fiesta por un tiempo. — le giñó un ojo mientras pasaba por su lado.
Vaya dúo dinámico.