El dolor era extraño, pero tampoco desagradable. Se sentía como una punzada, como si me pincharán hasta lo más profundo, con la diferencia que los movimientos no eran secos. El cuerpo de Tate estaba acostado a mi lado, con una de sus manos apoyada en su cabeza mientras su izquierda hacía movimientos de tijeras en mi interior. Las mías sujetaban con fuerza las frazadas, cerradas en puños y dejando mis nudillos blancos de la presión. Pasaba saliva con fuerza y extraños sonidos eran liberados de mis labios, gemidos de dolor y placer mezclados con un poco de jadeos y algunos gruñidos que sonaban más como chillidos. La sonrisa del otro estaba en mi plano de vista, él sólo se encontraba con su bóxer puesto, mientras mi anatomía estaba completamente desnuda. — Mierda, estás muy

