Caminaba por el pasillo con las ojeras más grandes que la historia podría contar. Mi estómago no paraba de apretarse para luego ensancharse y repetir el ciclo. Mi garganta estaba reseca y mis cabellos despeinados por la cantidad de veces que pasé mi mano por ellos. No había dormido en toda la jodida noche. Y no, no haciendo lo que creen. Sufría en silencio sobre como miraría a Tate, lo debía de enfrentar en los próximos minutos y no me apetecía mucho. En el bolso escolar llevaba sus ropas envueltas en una bolsa, lavadas e impecables, así me educaron mis padres, si te prestan algo, entregarlo del mejor modo posible. Aunque si fuera por mí, se lo hubiera dado todo lleno de lodo y con alguna que otra cosa más, sólo por diversión. Me aterraba, aquel chico se sentaba al

