Año 1742 – Inglaterra. La había comprado. Una vez más. No importaba que mi hermano la hubiese encontrado antes. Sería mía, porque su padre me la había vendido. Rosalie Wright sería mía como siempre debió ser. Y mi hermano no podría evitarlo, como había ocurrido en los últimos cuatro siglos, con una gran diferencia. Esta vez, ella sería solo mía. No la dejaría escapar. Una vez cumplido mi propósito, la dejaría, moriría, ya no volvería a la vida. No lo permitiría. No se la daría en bandeja a Alejandro después de todo lo que había hecho estos mil ochocientos años. Todas las vidas de Rithana arrebatadas en sus manos. Y las de mi hijo. Mi hijo que todavía no podía nacer por su culpa. Aunque estaba seguro de que ella no estaría de acuerdo con ese matrimonio concertado, no me importaba. Ella

