Adolfo entró a mi oficina. ―Debes calmarte ―indicó como si yo no lo supiera. ―No debí decir todo lo que dije. ―Claro que no, pero ya está hecho. ―Tengo miedo, Adolfo. ―Lo sé, pero ella no tiene la culpa, ni siquiera sabe quién eres tú. ―Precisamente, ¿te das cuenta? Me odia sin saber quién soy yo en su vida, no puedo con esto. Todo está mal. Ella no es mi Rithana. ―Ella no te odia. ―La viste, Adolfo, la viste, no puedes decirme que no me odia, para él soy el peor hombre que pisa la tierra. ―Está herida, cree que tú la quieres para humillarla. Pusiste el reloj, ahora le hiciste ese contrato… Le dijiste que la traerías arrastrando de vuelta ―terminó con burla. ―Sí. Sé que dije cosas que no debí, que no merecía. ―Tienes que tranquilizarte. ―Es que no sé, ¿por qué me te

