Al día siguiente llegué a la oficina poco después de las siete y media, no podía seguir durmiendo. Llamé al hospital de Chillán para averiguar el estado de salud de la madre de Carolina. No estaba bien. Su esposo solo podía entrar a verla una vez al día, por una hora. Nada más, era el protocolo del hospital público. Llamé a una de las mejores clínicas de la zona y hablé con su director, un buen amigo mío. ―Gonzalo, necesito pedirte un favor ―le dije después de los saludos y de hablar algo de nuestras vidas. ―Claro, dime, si puedo… ―Lo que pasa es que necesito que pidan el traslado de una paciente del hospital a la clínica, por supuesto, yo correré con todos los gastos necesarios. ―¿Ya? Claro, pero ¿por qué no lo haces tú? ―Ese es el favor que quiero pedirte. Lo que pasa, es que

