El silencio en el piso superior de la Administración Central de San Petersburgo no era producto de la ausencia de personas, sino del miedo al error. En mi presencia, nadie hablaba más de lo necesario. El orden no era una sugerencia; era el pilar que sostenía la supervivencia de nuestra especie en un mundo que nos superaba en número, pero no en voluntad.
Me acomodé los gemelos de plata en las muñecas, sintiendo la presión exacta del metal sobre mi piel. Me gustaba la precisión. Me gustaba saber que cada engranaje de mi vida estaba donde debía estar.
—Señor Belikov, los informes de la frontera de Carelia han llegado —anunció mi secretaria, una mujer de linaje menor que mantenía la mirada baja, como dictaba el protocolo de mi casa.
—Déjalos sobre el escritorio, Nadia. Y cancela mi cena con el consejo de comercio. No tengo paciencia para escuchar las quejas de los ancianos hoy.
—Como desee.
Me quedé solo en el despacho. A través del enorme ventanal que iba del suelo al techo, San Petersburgo se extendía como un tablero de ajedrez sobre el cual yo movía las piezas. Mi vida había vuelto a ser lo que siempre debió ser: una línea recta. Mi breve matrimonio con Elena había sido un error de cálculo, un intento de alianza política que terminó en un divorcio necesario cuando entendimos que ni ella ni yo estábamos dispuestos a ceder un ápice de nuestra autonomía. Tres años de convivencia gélida que me enseñaron que el romance era una distracción costosa para alguien en mi posición.
A los treinta y cinco años, mi prioridad era la estabilidad del linaje Belikov. Mi padre ya hablaba de un nuevo compromiso, pero yo no tenía prisa. Saboreaba la soledad de mi mansión en la Isla de Piedra tanto como saboreaba el poder.
Un golpe rítmico en la puerta precedió a la entrada de Viktor Volkov. Viktor era uno de los pocos hombres que no esperaba mi permiso para entrar. Su energía era densa, cargada de una agresividad latente que era típica de los guerreros de su familia.
—Dimitri —gruñó, dejándose caer en una de las sillas de cuero frente a mi escritorio—. Tienes cara de querer ejecutar a alguien.
—Solo a los que interrumpen mi trabajo sin una cita, Viktor —respondí, sin levantar la vista del documento que firmaba.
—Vengo a pedirte un favor. Uno personal.
Dejé la pluma sobre el tintero y lo miré. Los Volkov no pedían favores personales a menudo. Su orgullo era tan legendario como su crueldad en combate.
—Te escucho.
—Mi hermana menor, Vasilisa... va a empezar a trabajar aquí. En el ala de archivos.
Arqué una ceja. Conocía el nombre. Vasilisa Volkov. El "eslabón perdido" de la familia más poderosa de Rusia. Había oído los susurros en las galas: la hija de los Volkov que nació sin chispa, la que era poco más que una humana con un apellido ilustre. Recordé una imagen fugaz de ella en un evento hace años: cabello rebelde, una mirada que siempre parecía buscar una salida y esa piel morena que la hacía destacar, no necesariamente de la forma en que su madre, la altiva Lady Volkov, hubiera deseado.
—¿Archivos? —pregunté con neutralidad—. Es un puesto administrativo de bajo rango. ¿Por qué una Volkov querría ensuciarse los dedos con papel viejo y registros de impuestos?
Viktor apretó la mandíbula, y por un segundo vi el destello de protección en sus ojos.
—Necesita estar ocupada. Y necesita estar en un lugar donde los demás no la miren como si fuera un bicho raro. Aquí, bajo tu mando, nadie se atreverá a faltarle al respeto. Solo... asegúrate de que no la abrumen. Es delicada, Dimitri. No tiene nuestra resistencia.
—En este edificio no hay lugar para la delicadeza, Viktor. Hay reglas. Si ella puede seguirlas, no tendrá problemas. Si no, no recibiría un trato especial por ser tu hermana.
—No te pido que la consientas. Solo te pido que... bueno, que la vigiles. Sabes cómo son las otras familias. Si huelen debilidad, atacan.
—Nadie tocará a una Volkov en mi dominio. Eso es todo lo que puedo prometerte.
Viktor asintió, aparentemente satisfecho, y salió del despacho.
Me quedé mirando la puerta cerrada. Vasilisa. La recordaba vagamente como una sombra silenciosa que siempre parecía estar al borde de las lágrimas o del desmayo. Para alguien como yo, que vivía para la eficiencia y la fuerza, la existencia de alguien como ella era una anomalía fascinante pero inútil. Una criatura de cristal en un mundo de acero.
Abrí el cajón de mi escritorio y saqué la lista de nuevas incorporaciones que Nadia había dejado temprano. Allí estaba su nombre: Vasilisa Volkov. Cargo: Asistente de Archivo de Seguridad Nivel 4.
Un puesto insignificante. Estaría tres pisos por debajo de mi oficina, enterrada entre estanterías de hierro y polvo místico. Lo más probable era que nunca llegáramos a cruzar palabra, más allá de algún encuentro fortuito en los pasillos donde yo, por pura cortesía aristocrática, le daría un saludo que ella probablemente confundiría con afecto. Las mujeres de su tipo solían hacer eso: confundir la educación con el interés.
Sentí una punzada de irritación. No me gustaba el desorden, y traer a una "vacía" a un centro de alto rendimiento era, en esencia, invitar al desorden. Pero le debía favores a Viktor, y los Belikov siempre pagamos nuestras deudas.
Me levanté y caminé hacia el ventanal. La nieve seguía cayendo sobre San Petersburgo.
—Mañana —murmuré para mí mismo.
Mañana la hija de los Volkov entraría en mi mundo. Y si era tan frágil como decían, esperaba que fuera lo suficientemente inteligente para mantenerse lejos de las sombras que yo habitaba. Porque en mi mundo, lo que no era lo suficientemente fuerte para brillar, terminaba siendo consumido por la oscuridad.
No sabía, mientras ajustaba mi reloj de pulsera y me preparaba para retirarme a mi mansión solitaria, que esa "criatura de cristal" estaba a punto de convertirse en la única grieta en mi perfecta armadura de hielo.