El trayecto de regreso al departamento fue un borrón de luces de neón y el ronroneo del motor del coche de Andrei. Mi hermano me llevaba sujeta contra su costado, permitiendo que su aura cálida actuara como una manta mística para calmar mis espasmos. Sin embargo, no estábamos solos. Katya Belikova se había colado en el asiento trasero en cuanto supo que salíamos de la Administración.
—Dimitri es un estúpido —susurró Katya, mirando por la ventana con una amargura que no solía mostrar—. Te vio colapsar y su primera reacción fue llamar a Andrei para "gestionar el problema". A veces me pregunto si tiene un corazón de piedra o si simplemente se le olvidó cómo ser un ser vivo.
—Él es... eficiente, Katya —susurré, sintiendo cómo el dolor en mi vientre subía en oleadas.
—La eficiencia es para las máquinas, no para la familia —intervino Andrei. Su voz era tranquila, pero sentía la tensión en sus músculos.
Andrei detuvo el coche frente a mi edificio. Al bajarnos, Katya se apresuró a sostener la puerta, y por un segundo, sus dedos rozaron los de mi hermano al ayudarlo a cargar mi bolso. Vi el destello en los ojos de Katya; era una mirada de devoción absoluta, rápida y dolorosa, que Andrei pareció no notar, o quizás decidió ignorar con esa elegancia diplomática suya. Para el mundo, eran mejores amigos; para Katya, Andrei era el sol que ella, como una Belikov ciega a la luz, buscaba desesperadamente.
Una vez en mi habitación, la atmósfera cambió. El atavismo de mi especie no era solo un dolor físico; era un vestigio de los antiguos Rituales de Apareamiento (Krov-Svyaz). En los Vrykolakas puros, durante la ovulación, la magia se estabilizaba mediante la unión de sangre con una pareja compatible. Pero en mí, al no tener magia que canalizar, mi cuerpo entraba en un estado de hambre mística.
Mis hormonas no solo causaban calambres; provocaban una hipersensibilidad al tacto y un calor febril que solo podía mitigarse con baños de hierbas amargas y ungüentos que recordaban a la tierra vieja.
—Debes descansar, Vasa. Katya se quedará contigo esta noche —dijo Andrei, dejando un beso en mi frente—. Tengo que volver al Consejo. Viktor está lidiando con los subordinados de Dimitri y no quiero que esto escale.
—Gracias, Andrei —murmuró Katya, su voz volviéndose suave, casi tímida, cuando él la miró—. Yo la cuidaré. No dejes que Dimitri sea demasiado duro contigo por haberte ido temprano.
Andrei le dedicó una sonrisa de medio lado, esa que rompía corazones en toda Rusia, y salió del departamento. Katya se quedó mirando la puerta cerrada por un momento demasiado largo antes de sacudirse y volverse hacia mí.
—Bien, basta de melancolía —dijo, recuperando su tono rebelde—. Vamos a prepararte ese baño de raíces. Si mi hermano fuera la mitad de consciente que Andrei, sabría que lo que te pasa no es una debilidad, sino una herencia antigua que tu cuerpo no sabe cómo soltar.
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Pasé los siguientes tres días sumergida en un estado de letargo. Los baños de agua helada con infusión de corteza de abedul ayudaban a bajar la fiebre, pero mi mente seguía traicionándome, mostrándome la imagen de Dimitri arrodillado a mi lado en la oficina.