Capítulo 10: Sándalo

671 Palabras
Las horas pasaron. El edificio se llenó del eco de pasos pesados y voces autoritarias. Desde mi oficina, podía escuchar el murmullo de la cena oficial en el salón contiguo. A las diez de la noche, el hambre y el cansancio empezaron a nublarme la vista. Mis niveles de azúcar, siempre inestables debido a mi falta de esencia, estaban cayendo. Me levanté para buscar un poco de agua, pero al abrir la puerta de mi antecámara, me encontré con Dimitri. No estaba solo. Estaba con una mujer hermosa, de piel pálida como el mármol y ojos que brillaban con un poder carmesí evidente: Irina, una candidata que mi madre siempre mencionaba como su pareja ideal. Dimitri tenía una mano apoyada en la pared, cerca del hombro de Irina. No era un gesto cariñoso, era una posición de dominancia, pero desde mi ángulo, parecía algo más íntimo. —...el contrato de sangre será revisado, Irina. No te adelantes a los hechos —decía él con su voz de barítono. Me quedé paralizada. El dolor en mi pecho fue mucho más agudo que el de mi vientre. Verlo así, con una mujer que era su igual, que era poderosa, hermosa y correcta, me hizo sentir como si me hubieran arrancado la piel. Dimitri giró la cabeza y me vio. Sus ojos se entrecerraron, volviéndose dos rendijas de plata fría. No se apartó de Irina, pero su aura se expandió de repente, una advertencia silenciosa para que me retirara. —Perdón —susurré, cerrando la puerta con tanta fuerza que el cristal vibró. Me senté en mi silla, abrazándome a mí misma. La humillación era absoluta. Había pasado semanas creyendo que estar cerca de él era un privilegio, cuando en realidad solo era una forma de tenerme en un estante mientras él seguía con su vida perfecta de heredero. Minutos después, la puerta se abrió de golpe. Dimitri entró, solo. Sus facciones estaban tensas, una vena palpitaba en su sien. Estaba estresado, y yo era el blanco más fácil para su frustración. —Te dije que no salieras —dijo, su voz era un látigo—. Tu incapacidad para seguir órdenes básicas es agotadora, Vasilisa. —Solo quería agua —respondí, poniéndome de pie, mi voz temblando de rabia y dolor—. No sabía que estaba interrumpiendo su cortejo. Él soltó una risa seca, desprovista de humor. —¿Cortejo? No seas ingenua. No tengo tiempo para esas nimiedades humanas que tanto pareces idealizar. Irina es una socia estratégica. Pero claro, alguien que vive de sentimientos y remedios herbales no entendería la diferencia. Se acercó a mi escritorio, invadiendo mi espacio personal. Me sentí pequeña, atrapada entre su cuerpo y la silla. —Mañana es sábado. No vendrás. Tómate el día para... lo que sea que hagas en ese apartamento. Limpia tu mente de estas fantasías, Vasilisa. No eres más que una empleada bajo mi protección temporal. No conviertas esto en algo que me obligue a enviarte de regreso a los archivos del subsuelo. —No se preocupe, señor Belikov —dije, mirándolo directamente a los ojos, aunque me costara cada gramo de voluntad—. He aprendido la lección. Perfectamente. Él sostuvo mi mirada por un segundo eterno. Por un instante, el silencio fue tan denso que pude escuchar el tictac del reloj de pared. Dimitri pareció notar, por primera vez, el rastro de lágrimas que intentaba ocultar, pero su expresión no se suavizó. Al contrario, pareció endurecerse aún más, como si mi dolor fuera una ofensa a su orden. —Bien —dijo finalmente. Se dio la vuelta y salió, cerrando la puerta tras de sí con una firmeza que sonó a sentencia. Esa noche regresé a mi refugio bajo la nieve, pero ni siquiera mis medicinas pudieron calmar el frío que se me había instalado en los huesos. Dimitri Belikov no solo me rechazaba; me borraba. Y lo peor de todo era que, a pesar de la humillación, mi corazón seguía latiendo con la misma esperanza masoquista de siempre.
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