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REENCARNÉ EN UNA CHICA XXL

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venganza
oscuro
prohibido
reincarnation/transmigration
los opuestos se atraen
segunda oportunidad
chico malo
renacimiento/renacer
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Descripción

Para la alta sociedad, el sobrepeso de Camila Montenegro era el blanco perfecto de murmullos venenosos. Para su marido Julián, la excusa ideal para despreciarla mientras vaciaba sus cuentas bajo la nariz de todos, ayudado por Sabrina, la supuesta mejor amiga de la heredera. Cuando un "trágico intento" de acabar con su vida deja a Camila en coma, ambos creen tener el imperio asegurado.

Se equivocan. Quien despierta en ese hospital no es la esposa dócil e insegura.

Es Vera Rossi, la letal ejecutora y mano derecha de la familia criminal más temida de hace apenas dos décadas. Vera no era la jefa; era el monstruo que el jefe enviaba cuando se acababan las negociaciones. Hasta que una trampa de su propia gente la llenó de plomo en un callejón.

Ahora está atrapada en un cuerpo de talla XXL, conectada a monitores en un hospital de lujo y rodeada de parásitos de cuello blanco. Vera podrá no saber cómo redactar un correo corporativo pasivo-agresivo ni entender las sutilezas de una gala benéfica, pero sabe perfectamente cómo extraer información, detectar a un soplón y quebrar a un mentiroso.

Una guerra de mafias y una traición corporativa no son tan distintas. Con la fortuna de Camila a su disposición y sus instintos del bajo mundo intactos, Vera está lista para hacer limpieza.

Julián y Sabrina creen que lidian con una heredera deprimida, pero están a punto de descubrir que acaban de invitar a una fiera del bajo mundo a la sala de juntas.

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Prólogo
La bala no fue un accidente. Eso fue lo primero que pensó Vera Rossi cuando sintió el plomo destrozándole el estómago. El impacto la inestabilizo y termino cayendo contra los contenedores de basura del callejón. El frío del asfalto mojado se le coló por los huesos, y el sabor a cobre y óxido le inundó la boca con el primer golpe de tos. No fue un asalto. Fue una ejecución. Vera era la mano derecha de la familia criminal más peligrosa de la ciudad. La mujer que le había roto las rodillas a matones del doble de su tamaño, la que podía detectar a un informante por la forma en que le temblaba el pulso al encender un cigarrillo. Había sobrevivido a tiroteos, emboscadas y a la traición de tres carteles. Y ahora se estaba asfixiando con su propia sangre porque su propio jefe, el hombre al que le había cubierto la espalda durante quince años, había decidido que ella sabía demasiado. Mierda. Ni siquiera le dieron la cara. Le dispararon desde las sombras, como a un perro rabioso. Vera sintió que la lluvia le lavaba la cara. Intentó llevar la mano a la funda de su Beretta, pero los dedos no le respondieron. El callejón se desdibujó. Qué forma tan patética de retirarse, pensó. Fue lo último que pensó. Después no hubo nada. Ni fuego, ni luces al final del túnel, ni ángeles ajustando cuentas. Solo un vacío espeso, n***o y silencioso. Hasta que el silencio se rompió. Bip. Bip. Bip. Un sonido metálico. Rítmico. Punzante como un taladro directo en la sien. El olor la golpeó antes que la luz. Un hedor químico a desinfectante, alcohol y látex estéril que le quemó las fosas nasales. Vera intentó abrir los ojos. Los párpados le pesaban toneladas. Algo le tiraba de la piel en el dorso de la mano y sentía la garganta en carne viva, como si hubiera tragado cuchillas de afeitar. La luz por fin entró. Blanca, fría, brutal. Parpadeó hasta que el techo liso se enfocó. Giró el cuello. Crujió. Una máquina gris a su izquierda trazaba montañas verdes al ritmo del bip bip bip. Cables de plástico serpenteaban por su brazo. ¿Su brazo? Vera bajó la mirada. El aire se le atascó en los pulmones. Esa no era su piel. Esas no eran sus manos. Levantó las palmas frente a su rostro. Eran pálidas, suaves, repletas de anillos de diseñador que le apretaban la carne. No había callos en los nudillos. No estaba la cicatriz de cuchillo que le cruzaba la palma derecha. Los dedos eran gruesos, las uñas estaban pintadas de un tono perla impecable. Eran las manos de alguien que jamás había empuñado un arma, que jamás había tenido que defender su vida a golpes. Intentó sentarse. El peso muerto de su propio torso la empujó hacia atrás contra el colchón. Todo era... grande. Su respiración era corta, pesada. El cuerpo entero se sentía como un traje de buzo tres tallas más grande y lleno de plomo. ¿Qué demonios es esto? El gruñido que salió de su garganta no sonó a ella. Sonó agudo, rasposo. Se arrancó la mascarilla de oxígeno de la cara con un tirón seco. Miró los hematomas violáceos que adornaban la carne blanda de sus antebrazos. La puerta de la habitación se abrió de golpe. Un hombre con bata blanca entró pegado a una tableta digital. Detrás de él, el aire de la habitación cambió. Entró un hombre con un traje azul marino cortado a la medida. Su postura gritaba "dinero", pero sus ojos oscuros gritaban "asco". Se quedó a un metro de la cama, mirándola como si fuera un bicho aplastado en la alfombra. A su lado, aferrada a su brazo, había una mujer. Delgada, envuelta en seda y en un perfume floral tan empalagoso que a Vera le revolvió las tripas. Su sonrisa era un tajo perfecto de dientes blancos. El médico habló sin mirarla a los ojos. Señora Montenegro. Qué alivio. Ha estado inconsciente casi una semana. Tuvimos que hacerle varios lavados gástricos para limpiar la toxina de... Las palabras le zumbaban en los oídos. Señora Montenegro. Lavados gástricos. Toxina. El del traje interrumpió al médico con un gesto de la mano. Frío. Calculador. —¿Puede escucharme? —le preguntó al doctor, tratándola como si fuera un mueble. —Sí, el efecto de los sedantes está pasando, pero necesita reposo absoluto, señor Navarro. Julián Navarro. El nombre flotó en la cabeza de Vera. Clavó la mirada en la mujer de la cama. —Camila —dijo él. El nombre sonó a insulto—. Espero que tengas claro el infierno mediático que me ha costado encubrir este berrinche tuyo. ¿Pastillas? ¿En serio? Te juro que se me está acabando la paciencia. Vera no parpadeó. ¿Camila? ¿Pastillas? La mujer del perfume floral dio un paso al frente y soltó un suspiro tembloroso, llevándose una mano al pecho. —Cami, mi amor —dijo Sabrina, con una voz recubierta de azúcar que no ocultaba el brillo venenoso en sus pupilas—. Nos diste un susto de muerte, gordita. Julián casi se vuelve loco de la preocupación. Y entonces, el cerebro de Vera detonó. Como un cristal rompiéndose dentro de su cráneo, cientos de imágenes que no le pertenecían la atravesaron como dagas. El espejo devolviéndole la imagen de un cuerpo que odiaba. Las risas a sus espaldas en las galas de caridad. Julián mirándola con repugnancia en la noche de bodas. "Apaga la luz, Camila". Sabrina sirviéndole una copa de vino en la terraza. "Tómatelo, amiga, te ayudará a dormir". El sabor amargo. El mareo. Sabrina y Julián besándose frente a ella mientras el veneno le paralizaba las piernas y el piso se acercaba. Vera se agarró las sienes con esas manos suaves y ajenas. Camila Montenegro. Heredera. Insegura. Traicionada. Julián Navarro. El marido parásito. Sabrina de la Torre. La víbora. Ellos no la habían salvado. Ellos la habían envenenado. Habían intentado matarla, limpiar la escena y quedarse con el imperio. Un trabajo interno. Un puto motín de cuello blanco. Vera bajó las manos lentamente. La pesadez de ese cuerpo nuevo seguía ahí, pero el miedo de Camila Montenegro se había evaporado. Miró al marido estafador. Miró a la amiga asesina. Miró al médico comprado que seguramente les ayudó a encubrirlo. Y por primera vez desde que despertó, la ex matona de la mafia sonrió. No fue una sonrisa aliviada. Fue un gesto depredador que no cuadraba en absoluto con el rostro redondo y tierno de la heredera. —¿Saben qué? —dijo Vera, probando la voz rasposa de Camila—. Me muero de hambre. ¿Alguien va a traerme un puto filete o tengo que levantarme de esta cama y morderlos a ustedes? Julián frunció el ceño, desconcertado. La sonrisa falsa de Sabrina tembló y desapareció. Ninguno de los dos sabía a quién estaban mirando. Creyeron que se habían deshecho de una niña rica y asustadiza. No tenían idea de que acababan de invitar a un monstruo a su propia casa.

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