Vera estaba tan confundida que quería gritar de desesperación pero sus sentidos le podían gritar cuando un enemigo estaba cerca y en estos momentos le gritaban a todo lo que daban. Mas luego cuando estuviera sola podía pensar en que había pasado que hacía en el cuerpo de esta chica gorda, pero ahora no podía dejar notar un ápice de debilidad frente a este trio de sanguijuelas
Después de 30 minutos más en los que la mujer intento mostrar su falsa preocupación por mí, y de que el hombre que entendí que era mi esposo me dijera lo difícil que fue encubrir mi intento de “s******o” pude por fin comer una insípida sopa ya que fue lo que me permitió el doctor después de realizar un chequeo general.
Todos salieron de mi habitación de hospital y al menos los dos visitantes no regresaron más.
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El aire del hospital olía a cloro, látex y enfermedad contenida. A Vera le revolvía el estómago. En su vida anterior, el único olor a limpio que toleraba era el del metal recién aceitado de su pistola.
Le dieron el alta un martes por la mañana.
La enfermera le quitó la vía intravenosa del brazo con un tirón seco. Vera no parpadeó. Observó el pequeño hematoma que florecía en la piel pálida y blanda de Camila Montenegro. Su nueva piel.
—Señora Montenegro, asegúrese de tomar los protectores gástricos. Su estómago quedó muy irritado por el… incidente. —La mujer de blanco hablaba sin mirarla a los ojos, con esa falsa lástima que a Vera le daba ganas de romperle la nariz—. Y descanse. Nada de emociones fuertes.
Vera asintió, trazando una firma en los papeles del alta. Los recuerdos de Camila guiaron su mano derecha, obligándola a dibujar letras redondas, temblorosas y dóciles. A Vera le costó un esfuerzo físico no tachar el papel con el trazo agresivo y afilado que usaba cuando firmaba las órdenes de cobro para la familia Rossi.
Tranquila, se dijo a sí misma. Un paso a la vez.
Julián no había ido a recogerla. Mandó al chofer. Un tipo de mandíbula cuadrada y traje oscuro que la esperaba en la entrada automática del hospital junto a un sedán n***o, tan pulido que reflejaba el cielo plomizo de la ciudad.
Vera se detuvo frente a la puerta del auto. Los autos de su época rugían, olían a gasolina quemada y cuero viejo. Esta máquina era un bloque de tecnología silenciosa. No hacía ruido. Cuando el chofer abrió la puerta, Vera vio una pantalla brillante en el tablero, más grande que cualquier televisor que hubiera tenido en los noventa.
Subió. El asiento se hundió bajo su peso. El cinturón de seguridad se tensó sobre un pecho y un estómago a los que no estaba acostumbrada. Se sintió atrapada, embutida en un traje de carne que le dificultaba respirar.
El auto se deslizó por las calles sin emitir un solo sonido de motor. A través del cristal tintado, Vera observó el mundo. Los rascacielos de cristal cortaban las nubes. La gente en las aceras caminaba encorvada, con el rostro iluminado por la luz azul de pequeños rectángulos de cristal que sostenían en las palmas. Nadie miraba al frente. Parecían zombis conectados a una máquina invisible.
—¿A la mansión, señora? —preguntó el chofer, rompiendo el silencio, mirándola por el espejo retrovisor.
Vera cruzó la mirada con él. Un vistazo frío, sin una gota de la timidez que Camila solía mostrar. El hombre tragó saliva y desvió los ojos de inmediato.
—A la mansión —confirmó Vera, con una voz rasposa que le arañó la garganta.
La residencia Montenegro era un insulto a la discreción. Un portón de hierro forjado se abrió tragándose el auto hacia un camino de adoquines blancos. La fachada de piedra gris, las columnas inútiles, la fuente central escupiendo agua clorada. Todo gritaba dinero viejo.
El viejo de Camila amasó una fortuna incalculable en bienes raíces, le susurró la memoria de la heredera. Y Julián se la está tragando entera.
El auto se detuvo. Vera empujó la puerta antes de que el chofer pudiera rodear el vehículo. Sus pies tocaron el suelo y el peso de las rodillas le arrancó un gruñido.
Caminó hacia la entrada principal. La puerta doble de roble se abrió desde adentro.
Allí estaba. Leonor. El ama de llaves.
Uniforme n***o impecable, el cabello estirado en un moño tirante que le daba aspecto de reptil, y unos ojos que barrieron el cuerpo ancho de Vera con el mismo asco con el que uno mira un escupitajo en la alfombra.
—Señora Montenegro —dijo Leonor, con un tono que carecía por completo del respeto que exigía su puesto—. Su habitación está lista. Sígame.
No hubo un "¿Cómo se siente?". No hubo un vaso de agua para la mujer que acababa de salir de un coma. Solo una orden disfrazada de protocolo.
Vera la siguió. Observó el mármol del recibidor, la escalera de caracol que subía hacia la luz del segundo piso. Pero Leonor no la guio hacia arriba. Dobló por un pasillo oscuro, detrás de la cocina. El aire allí olía a lavandina barata y a humedad estancada.
Leonor abrió una puerta al fondo.
Vera se asomó. La sangre le latió con fuerza en las sienes.
Era un cuarto de servicio. Una cama individual con un colchón hundido. Una cómoda despintada. Un armario abierto donde colgaban cinco vestidos grises, opacos, cortados como si fueran fundas para muebles, y por lo menos dos tallas más pequeñas de lo que el cuerpo de Camila necesitaba.
Era una celda psicológica. Diseñada para recordarle a la heredera del imperio, cada maldita noche, que no valía nada.
Vera respiró hondo. El olor a polvo se mezcló con la furia fría que le subía por el pecho. Se giró hacia el ama de llaves. Leonor esperaba en el pasillo, con los brazos cruzados y una sonrisa apenas contenida en la comisura de los labios.