Capítulo 2

1172 Palabras
—¿Esta es mi habitación? —preguntó Vera, su voz era un murmullo plano. —La misma de siempre, señora. Vera dio un paso fuera del cuarto. Acortó la distancia entre ambas. —¿Cuánto tiempo llevas trabajando en esta casa? —preguntó. —Siete años. —Siete años —repitió Vera. Sintió cómo los puños de Camila se apretaban solos. La piel tirante, los nudillos sin marcas—. ¿Y a nombre de quién están las escrituras de esta casa, Leonor? La mujer frunció el ceño. La sonrisa burlona vaciló. —El señor Navarro se encarga de... —Te pregunté un nombre. —Vera no levantó la voz. No hacía falta. En el bajo mundo, los hombres que gritaban eran los primeros en morir. Los peligrosos eran los que susurraban—. Esta casa es mía. Los ladrillos son míos. El aire que estás respirando es mío. Y tú eres una empleada. Leonor enderezó la espalda, ofendida, recuperando su arrogancia. —Mire, señora, el señor Navarro ordenó que usted descansara aquí para no interrumpir su trabajo en el segundo piso, así que le sugiero que... Vera no la dejó terminar. El impacto sonó como un latigazo en la acústica del pasillo angosto. Vera giró el torso, usando el impulso de sus caderas y todo el peso de su cuerpo para estrellar la palma abierta contra la mejilla izquierda de Leonor. La mujer ni siquiera vio venir la mano. Leonor soltó un grito ahogado. Se llevó las manos al rostro. El sonido de su respiración entrecortada rebotó en las paredes. Vera bajó la mirada hacia ella. La palma le ardía, palpitando con una deliciosa inyección de adrenalina. Sintió el hormigueo en los dedos. Dios, cómo extrañaba golpear a alguien. Se agachó en cuclillas. Las rodillas le crujieron, quejándose del esfuerzo, pero acercó su rostro al de la mujer aterrorizada, cuyo ojo izquierdo ya empezaba a hincharse. —Esta es la última vez que respiras en mi dirección sin mi permiso —susurró Vera, el aliento rozando la frente sudorosa de la empleada—. A partir de hoy, yo duermo arriba. Tú, Julián y el resto de los parásitos de esta casa van a aprender a caminar de puntillas cuando yo esté cerca. Y si alguna vez me vuelves a hablar con ese tono, te juro por Dios que te arranco los dientes con un alicate. ¿Fui clara? Leonor asintió frenéticamente, con los ojos vidriosos, temblando como un perro apaleado. Vera se puso de pie, enderezó su blusa arrugada y caminó hacia la escalera principal sin mirar atrás. Cada escalón hacia el segundo piso fue una maldita tortura física. El cuerpo de Camila quemaba oxígeno demasiado rápido. A mitad del tramo, el sudor frío le empapaba la nuca. Sus muslos ardían, exigiendo que se detuviera. Pero Vera Rossi no se detenía ante nada. Se aferró a la baranda de caoba y obligó a las piernas de la heredera a subir. Nos vamos a poner en forma, Camila. Te lo prometo. El segundo piso estaba envuelto en el silencio tenso de la riqueza excesiva. Alfombras mullidas que silenciaban los pasos, cuadros abstractos, puertas cerradas. Vera fue directo al fondo, empujando las puertas dobles de la habitación principal. El olor la golpeó antes de encender la luz. Vainilla. Sándalo. Y ese mismo perfume floral empalagoso que traía la víbora de Sabrina en el hospital. La habitación era inmensa. Una cama king size en el centro, sábanas de seda oscura desordenadas, botellas de agua mineral a medio terminar en las mesitas de noche. Vera cruzó el cuarto con pasos pesados y entró al vestidor. Encendió los dicroicos del techo. A la izquierda, los trajes italianos de Julián Navarro, alineados como soldados de plomo. A la derecha... el territorio de la conquista. Docenas de vestidos entallados. Seda roja, encaje n***o, lino blanco. Zapatos de tacón de aguja ordenados en vitrinas. Ropa interior diminuta esparcida en los cajones de roble. Todo de talla pequeña. Todo diseñado para un cuerpo que no era el de Camila Montenegro. Los recuerdos de la verdadera heredera golpearon la mente de Vera. El nudo en la garganta al escuchar las risas desde el piso de arriba mientras ella cocinaba sola. La humillación silenciosa de saber que su marido metía a su mejor amiga en su propia cama, bajo su propio techo, financiado con su propio dinero. Vera apretó los dientes. El sabor metálico de la sangre le inundó la boca. —Mensaje recibido, Julián —murmuró al vacío. Agarró las sábanas de seda de la cama principal y las extendió en el centro del piso. Luego, volvió al vestidor. No arrancó la ropa con furia. Lo hizo con la frialdad metódica de un asesino limpiando una escena del crimen. Metió los vestidos de seda, los pantalones caros, los zapatos de suela roja y los frascos de perfume floral dentro de la sábana. Hizo un nudo ciego, pesado y apretado. Salió de la habitación arrastrando el fardo. El roce de la tela contra la alfombra siseaba como una serpiente. Bajó las escaleras. El sudor le nublaba la vista, pero no aflojó el agarre. Cruzó el salón principal y abrió los ventanales dobles que daban al patio trasero. El aire frío del exterior le golpeó el rostro. El jardín era absurdo, con una fogata de diseño incrustada en piedras de cuarzo, rodeada por sofás blancos de exterior. Vera arrastró el bulto hasta el centro del foso de fuego. Desató la sábana, dejando que la seda, el encaje y los zapatos se derramaran sobre la ceniza fría de las noches anteriores. Encontró un encendedor largo de metal sobre una mesa auxiliar y una botella de alcohol etílico para barbacoas. Destapó la botella con los dientes, escupió el tapón al pasto y vació el líquido transparente sobre la montaña de ropa. El olor químico del alcohol ahogó el perfume empalagoso de Sabrina. Vera apretó el gatillo del encendedor. La pequeña llama azul bailó en el metal. La dejó caer. El fuego no pidió permiso. Devoró la seda con un sonido sordo, una pequeña explosión térmica que iluminó el jardín. Las llamas treparon por los vestidos, retorciéndolos en el aire, volviéndolos negros y crujientes. El olor a tela sintética y plástico derritiéndose inundó el patio. Vera se dejó caer en uno de los sofás blancos. Cruzó los brazos sobre su pecho, sintiendo el calor del fuego irradiar contra sus mejillas frías. A través del cristal del salón, vio el movimiento. Leonor estaba de pie, con hielo pegado a su cara hinchada, mirando con los ojos desorbitados. Detrás de ella apareció el cocinero, pálido, con un delantal manchado. El chofer se asomó desde el camino lateral. Todos miraban el fuego. Todos la miraban a ella. El humo n***o y espeso subió en espiral hacia el cielo plomizo de la tarde, anunciándole a toda la ciudad que la antigua Camila estaba muerta. Vera sonrió, observando cómo un zapato de tacón rojo se derretía lentamente hasta convertirse en un charco de plástico hirviente. Que empiece la guerra.
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