Capítulo 3

1694 Palabras
El humo n***o seguía tiñendo el cielo de la tarde cuando el teléfono de Leonor vibró en su delantal. Vera no necesitó girar la cabeza para saber quién estaba llamando al ama de llaves. Las ratas siempre corren a avisarle al jefe cuando el barco empieza a hundirse. Y en esta casa, el jefe nunca había sido Camila. Se acomodó en el sofá blanco de exterior, ignorando el crujido de sus propias rodillas. Las brasas de la fogata escupían chispas naranjas que morían en el pasto. De la montaña de ropa de diseñador solo quedaba un esqueleto de alambres retorcidos (restos de sostenes caros) y un zapato rojo cuya suela se había derretido hasta formar un charco de plástico hirviente parecido a un coágulo de sangre. Poético, pensó Vera, frotándose los nudillos. Treinta y dos minutos. Ese fue el tiempo que tardó en escuchar el chirrido de unos neumáticos sobre los adoquines de la entrada. En su vida pasada, Vera sabía que el tiempo de respuesta de un enemigo te decía cuánto poder tenía realmente. Treinta y dos minutos significaba que Julián y la víbora de Sabrina estaban lejos, probablemente en la sede corporativa. Jugando a ser los dueños del imperio Montenegro con el dinero de la mujer que creían muerta. Las puertas dobles del salón principal se abrieron de golpe. Julián apareció primero. Había dejado atrás la máscara de "esposo preocupado". Venía con el saco del traje desabrochado, la corbata aflojada y la mandíbula tan apretada que parecía a punto de fracturarse los dientes. Sabrina apareció un segundo después, asomándose por detrás del hombro de Julián como una sombra parásita. Llevaba un vestido ajustado de lino blanco y tacones de aguja. Sus ojos azules barrieron el jardín, la fogata humeante, y finalmente se clavaron en Vera. Julián no gritó. Caminó hasta quedar a dos metros del sofá de exterior, sus zapatos italianos pisando la ceniza. Su voz era un siseo bajo, frío, el tono de un hombre acostumbrado a que el mundo obedeciera. —¿Qué demonios significa esto, Camila? —preguntó, mirando el foso de fuego. Vera no se levantó. Apoyó un brazo en el respaldo del sofá y cruzó una pierna sobre la otra con dificultad. —Sacando la basura —respondió, con la voz rasposa—. Esta casa olía a perfume barato. Sabrina dio un paso al frente. Vio el charco de plástico rojo. Reconoció la hebilla dorada a medio derretir. El grito que soltó espantó a los pájaros de los árboles cercanos. —¡Estás enferma! —chilló, llevándose las manos a la cabeza, desfigurando su rostro perfecto en una máscara de histeria—. ¡Julián, mira lo que hizo! ¡Mis abrigos! ¡Mis zapatos! ¡Esa ropa valía miles de dólares, gorda desquiciada! Miles de dólares pagados con mi dinero, pensó Vera. Sabrina perdió los estribos. Miró frenéticamente a su alrededor, agarró un atizador de hierro forjado que descansaba junto a la leña decorativa y avanzó hacia el sofá, levantándolo por encima de su cabeza. —¡Te voy a romper la cara! —gritó la rubia. Vera no parpadeó. Cuando el atizador bajó, Vera no intentó esquivarlo. El cuerpo de Camila era lento, pero los reflejos de la mejor ejecutora de la familia Rossi seguían intactos. Levantó el brazo izquierdo y bloqueó el golpe con el antebrazo. El hierro chocó contra la carne blanda con un golpe sordo, pero la adrenalina ahogó el dolor de inmediato. Antes de que Sabrina pudiera retroceder, Vera lanzó la mano derecha hacia adelante. No fue una bofetada. Fue un puñetazo cerrado, técnico y brutal, directo al estómago de la rubia. El aire abandonó los pulmones de Sabrina con un silbido agudo. El atizador cayó al pasto. La mujer se dobló sobre sí misma, cayendo de rodillas, tosiendo y babeando sobre sus propios zapatos caros. —A mí no me levantas la mano, perra —susurró Vera, poniéndose de pie despacio. Julián reaccionó por puro instinto machista. Dio una zancada hacia adelante, levantando la mano derecha para golpear a su esposa. No llegó a rozarla. Vera agarró el atizador del suelo y, con un movimiento fluido que le desgarró un músculo del hombro, golpeó a Julián directamente en la rótula derecha. El chasquido del hueso sonó claro en la tarde silenciosa. Julián rugió de dolor. Se desplomó sobre el pasto, agarrándose la rodilla destrozada, con los ojos desorbitados por la incredulidad. Vera apoyó la punta del atizador en el suelo, usándolo como bastón, respirando agitada. El cuerpo de la heredera le pedía clemencia, el corazón le martillaba contra las costillas, pero no iba a mostrar ni un ápice de debilidad. Los empleados miraban desde la puerta trasera de la cocina. Leonor, el chofer, el cocinero. Todos congelados en el lugar. Vera apuntó con el hierro caliente hacia Sabrina, que seguía en el suelo intentando recuperar el aliento. —Sácala de mi puta propiedad —le dijo a Julián, que gemía en el pasto—. Ahora mismo. Y si vuelvo a ver su cara dentro de esta reja, le rompo la otra pierna al que la deje entrar. Julián levantó el rostro. El dolor le arrugaba las facciones, pero detrás de la agonía había algo más. Confusión absoluta. La mujer que tenía enfrente, la que acababa de romperle la rodilla sin dudarlo, no era la Camila dócil que él había moldeado durante años. —Estás... loca —masculló Julián entre dientes. —Estoy despierta —corrigió Vera—. Y este es el nuevo trato. Ella se larga. Tú te vas a dormir al cuarto de servicio junto a la lavandería. La colcha de lana pica como el infierno, pero te vas a acostumbrar. —¿De qué estás hablando? ¡Esta es mi casa! —Las escrituras dicen "Montenegro" —replicó Vera, acercándose medio paso—. Mi casa. Mi empresa. Mis cuentas. A partir de mañana, vuelves a ser el adorno corporativo que eras antes de casarte conmigo, y yo me siento en la silla grande. Julián soltó una risa forzada, ahogada por el dolor de su rodilla. —No tienes idea de cómo funciona la empresa. Yo soy el presidente en funciones. No puedes echarme. El contrato pre-nupcial y las cláusulas de tu padre dictan que yo... Vera lo interrumpió ladeando la cabeza. —¿Las cláusulas de mi padre? Qué interesante. Las voy a leer todas. Esta misma noche. El destello en los ojos de Julián fue fugaz, pero Vera lo captó al vuelo. Miedo. Un terror frío y paralizante brilló en las pupilas del estafador. Bingo. —No puedes —dijo Julián rápidamente—. Los documentos originales están sellados con el abogado de la familia y él solo me rinde cuentas a mí. —Veremos a quién le rinde cuentas cuando la dueña del dinero golpee su puerta —Vera le dio la espalda—. Cinco minutos para que recojas a tu basura y despejes mi jardín. Caminó hacia la casa. Los empleados se apartaron de su camino como si fuera el mismísimo diablo. Subir las escaleras hacia el segundo piso fue una batalla épica contra la gravedad y la falta de condición física. Cuando llegó arriba, Vera estaba empapada en sudor. Sus pulmones ardían. Pero no se detuvo. Pasó de largo su nueva habitación principal y caminó directo al final del pasillo. El despacho de Julián. Entró, cerró la puerta con pestillo y escaneó el lugar. Muebles de caoba, una computadora portátil bloqueada, olor a colonia y arrogancia. Se sentó en el sillón de cuero giratorio. Pesado. Cómodo. Abrió el primer cajón del escritorio. Plumas caras, carpetas con balances de Alcázar Corp ¿qué hace Julián investigando a la competencia ahora?, y una pequeña caja de puros. El segundo cajón estaba cerrado con llave. Vera sonrió torcidamente. En los noventa, la familia Rossi le pagaba por abrir cajas fuertes de medio metro de acero. Un escritorio de madera no iba a detenerla. Buscó en la bandeja superior y encontró un abrecartas de metal pesado. Lo insertó en la cerradura, calculó la presión de los pines y empujó la muñeca hacia arriba con un chasquido sordo. El cajón se abrió. Adentro, descansaba una botella de whisky escocés de treinta años y una carpeta de cuero n***o con un monograma dorado: A.M. (Aurelio Montenegro). Vera ignoró la carpeta por un segundo. Destapó el whisky, ignoró los vasos de cristal de la bandeja, y dio un trago largo directamente de la botella. El líquido ámbar le quemó la garganta de una forma gloriosa y familiar. —Salud, viejo —murmuró. Tiró de la carpeta. Estaba llena de documentos legales, actas constitutivas y contratos con sellos notariales. Vera no era abogada, pero entendía lo básico de lavar dinero y contratos ciegos. Empezó a hojear las páginas hasta que una tarjeta cayó sobre el escritorio. Lic. Arturo Valbuena. Notario y Albacea de la Familia Montenegro. Vera guardó la tarjeta en el bolsillo de su pantalón ancho. Afuera, se escuchó el sonido de un motor arrancando (Sabrina huyendo) y luego, los pasos arrastrados y pesados de Julián subiendo las escaleras con dificultad. El pestillo de la puerta del despacho tintineó inútilmente cuando Julián intentó abrirla. —¡Camila! —gritó Julián desde el pasillo. Sonaba adolorido y desesperado—. ¡Abre la maldita puerta! ¡Tenemos que hablar! Vera le dio otro trago al whisky de treinta años. No sabía qué era mucha de las cosas que ponían los documentos. No entendía cómo funcionaban los algoritmos de la bolsa de valores ni cómo operar el teléfono inteligente que encontró en la mesita de noche, pero odia utilizar los recuerdos de Camila y aprender lo que ninguna sabia. Sabía cómo doblegar voluntades. Sabía que Julián estaba aterrado por lo que escondían esos papeles. Y tenía la certeza absoluta de que el miedo de su enemigo era el mejor capital inicial que podía pedir. —Aprende a dormir en el piso, Julián —murmuró para sí misma. Apoyó las botas de la antigua heredera sobre el escritorio de caoba y dejó que el silencio de la mansión le diera la bienvenida a su nueva vida.
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