Vera despertó con un crujido en la nuca y el sabor a whisky añejo en la boca.
El sillón de cuero del despacho de Julián era cómodo, este cuerpo había dormido en cosa peores. O al menos, eso creía. Se estiró. Las articulaciones de Camila protestaron; era un cuerpo desacostumbrado al esfuerzo, blando y pesado.
La luz gris de la mañana se filtraba por las persianas. La mansión Montenegro estaba en un silencio sepulcral.
Primer problema logístico: ropa.
Vera se quitó la bata negra que le habían proporcionado en el hospital al salir de parte de Julián. Se quedó en ropa interior frente al espejo de cuerpo entero del despacho.
Se analizó con la frialdad de quien inspecciona un vehículo antes de una carrera. Noventa kilos, aproximadamente. Caderas amplias, muslos gruesos que se rozaban al caminar, un estómago prominente marcado por pequeñas estrías plateadas, y brazos anchos.
Vera ladeó la cabeza. En los noventa, ella era pura fibra nerviosa y cicatrices, delgada como un látigo y consumida por el estrés de evitar balas perdidas. Este cuerpo era diferente. Tenía peso. Tenía gravedad. Cuando estrelló su mano contra la cara de Leonor, la masa muscular y la inercia habían hecho el noventa por ciento del trabajo.
Este cuerpo pega duro. Solo hay que enseñarle a respirar bajo presión.
No iba a bajar a su antigua celda a buscar los vestidos grises que Julián le obligaba a usar. Abrió el armario privado del despacho de su marido. Sacó una camisa de vestir blanca de algodón egipcio y se la puso. Le quedaba enorme, cayéndole hasta la mitad del muslo como un vestido corto. Agarró unos pantalones de chándal grises de diseñador, apretó el cordón en su cintura y enrolló los bajos sobre sus tobillos.
Se miró al espejo de nuevo. Descalza, con el pelo oscuro revuelto en una maraña indomable y la camisa de su enemigo. Aceptable para ir a la guerra.
Bajó a la cocina. Leonor no estaba. Suponía que la mujer en algún lugar de la casa, aplicándose hielo en la mejilla, temblando ante la idea de cruzarse con ella. Julián tampoco estaba; probablemente había huido temprano a la empresa cojeando para evitarla.
Vera encendió la cafetera italiana con la memoria mecánica de Camila.
—¿S-señora?
La voz era un hilo tembloroso. Vera se giró.
En el umbral de la despensa estaba la chica de la limpieza. Alba. Veintitantos años, bajita, con el cabello recogido en una trenza apretada y unos ojos enormes y asustados.
Los recuerdos de Camila le dieron el perfil completo: Alba era invisible en la casa. Pero era la única que le llevaba una taza de té caliente al cuarto de servicio cuando Julián le prohibía cenar, la única que le dejaba una manta extra cuando bajaba la temperatura en invierno.
Vera le dio un sorbo a su café n***o, sin azúcar. — Alba —dijo. Su voz ya no sonaba tan rasposa, pero mantenía un timbre grave y firme.
—Sí, señora Camila.
—¿Sabes usar un teléfono móvil?
Alba asintió, nerviosa, abrazando un trapo de cocina contra su pecho.
—¿Conoces el centro de la ciudad? ¿Las zonas donde venden ropa que no parezca sacada de un funeral?
—Sí, señora.
—Bien. Suelta el puto trapo. A partir de hoy, eres mi asistente personal. Y si te portas bien, te triplico el sueldo que te paga Julián.
Alba abrió los ojos como platos. —¿Su... asistente? Pero yo solo limpio, señora, yo no...
—No me importa lo que hacías ayer —la interrumpió Vera—. Ayer yo me dejaba pisotear. Hoy es un nuevo día. Necesito a alguien de confianza que me cubra la espalda mientras aprendo a navegar esta mierda de ciudad moderna. ¿Puedo confiar en ti o tengo que buscar a alguien más?
La chica apretó los labios. Miró a Vera a los ojos algo que nunca se había atrevido a hacer con la antigua Camila y asintió con una firmeza repentina.
—Puede confiar en mí, señora.
—Excelente. Búscate un abrigo. Nos vamos de compras.
El centro comercial del distrito financiero fue un asalto directo al sistema nervioso de Vera.
Pantallas digitales gigantes que parpadeaban con anuncios, música electrónica bombeando desde altavoces ocultos, escaleras mecánicas y cientos de personas caminando con la cara enterrada en sus teléfonos.
Vera avanzó con pasos pesados, ignorando las miradas extrañadas que atraía su atuendo de chándal y camisa de hombre. Alba caminaba medio paso detrás, protegiéndole la retaguardia por puro instinto.
Entraron a una boutique de lujo en el segundo nivel. Escaparates de cristal, maniquíes raquíticos y olor a cuero caro.
La dependienta, una mujer estirada con un auricular en la oreja, las escaneó de arriba abajo. Su sonrisa se congeló al ver el aspecto desaliñado de Vera.
—Disculpe, señora. ¿Busca... el baño? —preguntó la dependienta, con un tono pasivo-agresivo de libro.
Antes de que Vera pudiera responder, una risa aguda y familiar cortó el aire perfumado de la tienda.
—No lo puedo creer.
Vera giró el cuello. Ahí estaba. Sabrina de la Torre. Con unos lentes de sol en la cabeza, un vestido de lino beige impecable y tres bolsas de compras colgadas del antebrazo.
—De verdad estás desquiciada, gordita —dijo Sabrina, acercándose con una sonrisa venenosa—. ¿Qué es eso? ¿Ropa de Julián? Ay, Camila, entiendo que estés deprimida porque quemaste mis vestidos en un arranque psicótico, pero pasearte por aquí vestida como un vagabundo es patético hasta para ti.
Dos dependientas se detuvieron a mirar. Una clienta fingió revisar un bolso mientras escuchaba. Alba se tensó al lado de Vera.
Vera no alteró su ritmo cardíaco. Clavó sus ojos en los de Sabrina con la frialdad de un reptil.
—Qué bueno verte, Sabrina —dijo Vera, su voz baja y uniforme, como un zumbido de advertencia—. Me alegra ver que ya estás usando tu propio dinero para comprar tu ropa, en lugar de vivir de mi cuenta bancaria como la parásita que eres.
El rostro de Sabrina perdió color. —¿Cómo te atreves...? ¡Yo tengo mis propias tarjetas!
—Las tarjetas adicionales de Montenegro Inc., querrás decir. —Vera dio un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal. Sabrina retrocedió por instinto—. Julián te cortó el grifo anoche, ¿verdad? Y ahora estás aquí, gastando lo último de tu saldo antes de que bloquee las cuentas conjuntas a las doce del mediodía.
Sabrina tragó saliva. Sus ojos buscaron ayuda en la dependienta. —¡Sáquenla de aquí! —chilló, señalando a Vera—. ¡Esta mujer está desequilibrada!
Vera sacó de su bolsillo la tarjeta metálica negra que había encontrado en la billetera de Camila. American Express Centurion. Titular: Camila Montenegro.
Se la entregó a la dependienta, que estaba pálida del susto.
—Tráeme a tu gerente. Ahora.
El gerente, un hombre con traje azul y sudor en la frente, apareció en menos de un minuto. Al ver la tarjeta negra en la mano de Vera y reconocer el apellido Montenegro, casi hace una reverencia.
—Señora Montenegro. Es un honor tenerla aquí. ¿En qué podemos servirle?
Vera señaló la tienda entera con un gesto perezoso de la mano. —Cierra las puertas. Quiero la tienda para mí sola durante las próximas dos horas. Tráeme algo de beber que tenga alcohol y hielo. Y saca a esta mujer de aquí. Su presencia me revuelve el estómago.
Sabrina abrió la boca, horrorizada. —¡No puedes hacer esto! ¡Yo soy cliente habitual!
El gerente no dudó ni un segundo. El capital manda. Se giró hacia Sabrina con una sonrisa corporativa letal. —Señorita, le ruego que nos disculpe, pero vamos a cerrar por un evento privado. La acompaño a la salida.
Sabrina miró a Vera con puro odio. Apretó los puños, dio media vuelta y salió taconeando de la tienda, humillada frente al personal, con la frente roja de vergüenza.
—Dos a cero, perra —susurró Vera, dándole un sorbo a la copa de champán que mágicamente apareció en su mano segundos después.
La siguiente hora fue una revelación táctica.
Vera descubrió que, si tenías suficiente dinero, el mundo de la moda de talla XXL no tenía por qué ser gris y monótono. Rechazó todo lo que oliera a "ropa para esconderse".
Exigió telas que estructuraran sus hombros, pantalones de tiro alto que sujetaran su cintura y blusas de seda que abrazaran su pecho. Eligió colores profundos: verde esmeralda, burdeos oscuro, n***o y azul marino. Compró abrigos largos con solapas anchas que le daban una silueta imponente y zapatos de suela plana y cuero duro. Nada de tacones; los tacones te matan en un tiroteo.
Cuando salió del probador con su "uniforme de guerra" definitivo, un traje de sastre azul marino de corte impecable, pantalón ancho, blusa de seda blanca y un reloj masculino en la muñeca izquierda—, Alba dejó escapar un suspiro de asombro.
—Señora... se ve increíble —dijo la chica—. Parece...
—¿Parezco qué? —preguntó Vera, ajustándose los puños.
—Parece la dueña —murmuró Alba.
Vera se miró al espejo. La mujer asustadiza había muerto. La ejecutora de la mafia había renacido, envuelta en seda y lista para despedazar una junta directiva.
—Paga todo esto y diles que envíen las bolsas a la mansión —le ordenó Vera a Alba, pasándole la tarjeta negra.
Salieron de la boutique bajo las miradas de respeto aterrado del personal. El chofer las esperaba en la entrada del centro comercial.
—¿Volvemos a la casa, señora? —preguntó Alba, subiendo al auto.
Vera se acomodó en el asiento de cuero n***o y sacó la pequeña tarjeta de presentación que había robado del despacho de Julián la noche anterior.
Lic. Arturo Valbuena. Notario y Albacea.
—No —respondió Vera, mirando la tarjeta—. Vamos a ver a un abogado. Es hora de descubrir qué diablos me está robando mi marido.