Su teléfono comenzó a sonar y Axel apartó la mirada ansioso de los documentos que estaba revisando para centrarla en la pantalla del móvil. La palabra estaba escrita en ella, eran las nueve y diez minutos de la mañana.
“¡Por fin!” pensó con alegría. Llevaba una hora entera esperando tener noticias de ese hombre, aunque no creía que fuera a recibirlas tan pronto. Le extrañó que lo hiciera a través de una llamada y no por mensaje, cómo lo habían acordado entre ellos, pero no pensaba reprochárselo, estaba tan ansioso por saber de Greta que no pensaba perder tiempo en ello.
—Dime —contestó, intentando no poner ningún tipo de emoción en la voz que delatara al conserje sus verdaderos motivos con respecto a la mujer.
—¡Sé que lo acordado era que le mandara un mensaje pero creo que lo que le ha ocurrido debo de contárselo por teléfono! —le soltó de corrido el hombre, nada más contestarle al móvil—. Usted me dijo que ella estaba involucrándose en un caso peligroso y que necesitaba mi ayuda para mantenerla a salvo sin que ella lo supiera, para que Greta no se pudiera negar si se enteraba de que estaba siendo vigilada—.
—Así es —le contestó Axel, extrañado e inquieto por la actitud que estaba mostrando el hombre por el teléfono—. ¿Le ha ocurrido algo?—
—Verás usted… ella está bien físicamente, pero ha llegado alterada por lo que me ha contado mi sobrino—. En ese momento Juan hizo una pausa de varios segundos. —No. Más bien debería de decir asustada… por la cara que me ha descrito mi chiquillo —rectificó el conserje.
—¿Dónde está ella? —le exigió que le contestara Axel preocupado, olvidándose de mostrarse frío y distante ante el conserje.
—Ella está ahora en su piso —lo tranquilizó Juan—. Ha llegado hará un cuarto de hora, sobre las nueve. Subió por el ascensor desde el garaje, pero se paró antes en la planta baja para saludar y así hacerle saber a mi sobrino que estaba en casa, por si llega algún paquete o carta a su nombre a la recepción —explicó el hombre—. Cuándo mi sobrino la vio, me dijo que al momento supo que le había ocurrido algo malo. Traía la cara blanca y los ojos rojos e hinchados, como si hubiera estado llorando—.
—¡Joder! —lo escuchó Juan murmurar furioso a través del móvil.
—Se que ella es periodista de investigación —prosiguió Juan hablando —y que su trabajo puede ponerle en peligro en algunas ocasiones, cómo le ha ocurrido en el caso que está investigando ahora y por el cual está usted protegiéndola, pero jamás la he visto llegar a su casa en el estado que me ha contado mi sobrino. Creo que hoy ha estado cerca de que le ocurriera algo malo en dónde fuera que haya estado, tal como usted me advirtió que podía ocurrirle —se lamentó Juan—. ¡Usted me dijo que si yo le facilitaba información sobre ella y lo mantenía al corriente de sus movimientos, podría protegerla y mantenerla a salvo! —le acusó molesto el conserje.
—¡Y no mentí al decírtelo, pero para ello tengo que saber todos sus movimientos sin excepciones! Si se marcha y no sé a dónde, ¿cómo puedo protegerla? —replicó enojado Axel, devolviéndole la acusación indirectamente.
La línea se quedó en silencio, la tensión entre ambos era palpable incluso a través del móvil. Pasados unos segundos, Axel habló de nuevo con voz seca y autoritaria.
—¡Ahora cuéntame de una vez, qué le ha pasado a la mujer!—
Desde el otro lado de la línea se escuchó un murmullo apenas audible, a Axel le pareció escuchar las palabras imbécil y c*****o en él. Por primera vez en la mañana, Axel sonrió. Le gustaba ese conserje, tenía genio el hombre. Entonces, la voz de Juan se escuchó clara por el teléfono.
—Mi sobrino es joven y aún está estudiando, seguramente estaba demasiado distraído con los estudios como para haberse dado cuenta de que era Greta quién bajaba al garaje tan temprano —lo defendió su tío, ignorando adrede la orden dada por el agente.
“Ningún extranjero iba a darle órdenes a él, por muy del FBI que fuera”.
—Además, él no sabe lo importante que es que sepamos todos los movimientos de ella. Usted me dijo que no se lo podía contar a nadie más, ni siquiera a mi sobrino, ¿cómo esperas entonces que el muchacho se tome la orden en serio, si no se le dice cuánto importante es que se cumpla? No se le puede culpar si vuelve a ocurrir lo mismo otra ves —le recriminó molesto Juan.
—Esto no va a pasar de nuevo —replicó Axel con seguridad, intentando no enojarse de nuevo con el conserje ante su abierto desafío—. Ella no volverá a coger su coche sin que yo lo sepa, me voy a encargar personalmente de eso. Dile ahora a tú sobrino que hay una pequeña avería en la ventilación del garaje y que va un técnico para allá para arreglarlo, que se te ha olvidado decírselo antes—.
—¿Qué va hacer usted? —preguntó Juan dudoso.
—¿Me vas a contar de una vez qué es lo que le ha ocurrido a ella? —dijo Axel, ignorando adrede su pregunta, cómo le había hecho él anteriormente.
Juan hizo una pausa, el teléfono volvió a quedarse por varios segundos en silencio y Axel supo que estaba barajando la posibilidad de revelarse contra él, por lo que suspiró aliviado cuando lo volvió a escuchar relatándole por fin, lo que le había ocurrido a Greta esa mañana.
—Mi sobrino me ha contado que ella salió temprano para dirigirse a la escena de un crimen. Por lo visto ella quería asegurarse de algo, pero no le dijo al niño (refiriéndose al sobrino) a que se refería. Dice que Greta le contó que al llegar a ese sitio, el lugar estaba muy oscuro y siniestro, pero aún así ella tenía que entrar allí porque necesitaba comprobar algo del interior.
¡Yo sabía que ella era temeraria, pero no sabía que podía ser tanto! —se quejó y a la vez asombró Juan, al descubrir esa parte de la personalidad de ella. A continuación, continuó su relato como si él mismo no lo hubiera interrumpido—. Le contó a mi sobrino que cuando ya estaba dentro, apareció un hombre que creía que era un mendigo y que estaba muy borracho.
También le contó que ese tipo le dijo cosas interesantes, pero que se fue poniendo muy violento mientras hablaba con ella, hasta que no tuvo más remedio que huir cuando el intentó agredirla.
El tipo la persiguió hasta la calle, pero Greta por suerte fue más rápida y pudo montarse en el coche e irse antes de que él la alcanzara—.
—¡¡ Joder, me cago en todo!!—exclamó Axel enfadado y asustado al mismo tiempo, dando una fuerte palmada contra la mesa, sin poder contenerse más. Era la segunda vez desde que la conocía, tan solo hacía unas veinticuatro horas, que Greta se exponía a otro peligro, pero en esta ocasión ella podría haber resultado malherida o algo peor y él no hubiera estado para salvarla.
“ ¡Esto no volverá a ocurrir, la próxima vez que cojas tu coche yo sabré en todo momento dónde estarás”. Axel miró su reloj de pulsera, que marcaba las nueve y media.
—Dile a tú sobrino que el técnico irá sobre las doce —ordenó Axel a Juan, antes de apagar el móvil dando por terminada la conversación.
Aunque en ningún momento de la charla mantenida con el conserje, había dicho este el nombre del pueblo al que había ido Greta, él sabía cuál era. La había tenido casi todo el tiempo sin saberlo cerca suya, a las afueras de Carrión de los Céspedes, a tan solo unos ocho kilómetros de la comisaría donde él trabajaba. La muy imprudente, había ido sola a la fábrica de bidones, dónde se había cometido el primer asesinato, ni siquiera se había llevado a ningún compañero para que la acompañase. Ahora sabía con toda seguridad, que el día anterior cuando ella estaba escondida detrás del coche, se había enterado perfectamente de toda la conversación tan indiscreta que Ricardo mantuvo por teléfono con su superior. Seguro que después de lo que escuchó habría investigado sobre ello, ningún periodista dejaría pasar una información tan importante como la que soltó el Inspector con tanto descuido.
Por eso estaba hoy en la fábrica, debió de haber estado la tarde de ayer investigando por Internet sobre lo que escuchó y hoy había ido a investigar sobre el terreno, creyéndose que el lugar estaría vacío. No podía saber, porque no se había dado esa información a los medios, que la guardia civil y la policía local seguían registrando la fábrica de vez en cuando, esperando encontrar en uno de sus registros al hombre que había estado viviendo en ese lugar cuando se cometió el asesinato.
Cuando se efectuó el primer registro de toda la fábrica, los hombres del inspector Ricardo descubrieron en uno de los despacho de la oficina, el que sí tenía puerta, que alguien estaba viviendo allí dentro. Los desechos de esa persona eran bastantes recientes, de tan solo unas pocas horas. Ricardo estaba casi seguro de que podrían tener un testigo si daban con ese hombre. Desafortunadamente, esa persona no volvió a la fábrica ese día, ni los siguientes.
Durante un mes la guardia civil junto a la policía local, se hicieron cargo de registrar casi a diario todo el polígono y en especial la fábrica, en busca de ese posible testigo, sin tener suerte en ello, por lo que se llegó a la conclusión que lo que habría presenciado esa persona, lo había asustado tanto que había huido del lugar para no volver.
Ahora sabía por lo que le había ocurrido a Greta, que el posible testigo había regresado.
—¡Maldito cabrón! —murmuró Axel enfadado, cogiendo el móvil y marcando el número del inspector —¡no tuviste huevos para dar la cara y contar lo que sabías, pero si los tienes para intimidar y querer agredir a una mujer!—
—¿Dime, agente Axel?— La voz del inspector sonó soñolienta, como si lo acabara de despertar.
—Nuestro posible testigo de la fábrica de bidones a regresado —contestó Axel, dando a su voz un tono neutro y sin dar más explicaciones a su compañero.
La línea se quedó momentáneamente en silencio. Seguramente la mente aún dormida del inspector, estaba intentando procesar la información que acababa de recibir.
— ¿Es fiable tu fuente? —contestó este, unos segundos después.
—Sí —fue la simple respuesta que recibió por parte del agente.
“Maldita sea, ¿qué he hecho yo para recibir este castigo?” se lamentó molesto Ricardo al escucharlo. “¿Qué le costaba a ese hombre comportarse con un poco más de compañerismo? ¿ Es que nadie le había enseñado a socializar un poco con las demás personas?” Ricardo miró la hora en su móvil y suspiró de cansancio, no hacía ni cuatro horas que se había dormido, ni siquiera la noticia de coger por fin al testigo le levantaba el ánimo.
Había pasado la madrugada de la noche del domingo, viendo vídeos de seguridad de la localidad de Albaida, que era según las investigaciones, cuando se llevó a cabo el secuestro de la joven y posterior asesinato. Habían sido muchos vídeos que revisar, cuando se quiso dar cuenta, era un poco más de las cuatro de la madrugada, por lo que no se encontraba en ese momento con ánimos para soportar los malos modales de su nuevo e impuesto compañero.
—Está bien —suspiró derrotado Ricardo —te recojo en la oficina en media hora y vamos a echar un vistazo al lugar.
Cuarenta y cinco minutos después, aparcaron el coche de Ricardo justo enfrente de la entrada a la oficina de la fábrica de bidones, dónde hace pocas horas atrás había estado el de Greta.
Todo parecía estar igual que hacía casi dos meses, observó Axel inspeccionando su entorno, sumiéndose en sus recuerdos. Este había sido el primer lugar que lo llevó el inspector Ricardo casi nada más aterrizar en España. Aquí se había llevado a cabo el primer asesinato del asesino en serie que él perseguía desde Estados Unidos, donde la cifra cambiaba si se la sumaba con las de su país, siendo la décima mujer muerta a manos de ese monstruo.
Todas ellas tenían en común su género y que eran jóvenes. Las diez habían muerto de la misma manera, torturadas, violadas y asesinadas salvajemente.
—Yo iré delante—. El anunció de Ricardo lo trajo de nuevo al presente. Axel vio como su compañero encendia su linterna y entraba por la puerta que daba al pasillo de las oficinas. Segundos después lo siguió.
Avanzaron sin detenerse hasta el despacho que tenía la puerta cerrada y que Ricardo abrió sin dificultad, barriendo con la luz de la linterna el interior. Un fuerte olor nauseabundo salió de la habitación, provocando que ambos hombres se tuvieran que tapar la nariz y la boca con el antebrazo.
Allí no había nadie.
El brazo de Ricardo con el que sujetaba la linterna, se detuvo alumbrando algo. El Inspector le hizo señales con la cabeza a Axel para que se acercara y mirara dentro.
Axel se acercó y por encima del hombro de su compañero vio lo que iluminaba la linterna. Justo en la pared de enfrente y apoyada sobre esta, había una vieja y oxidada bicicleta que no había estado en los anteriores registros. Cogido a su manillar, como estaría colgada la típica cesta de una bicicleta de paseo, estaba colocado un cajón de madera que contenía en su interior una botella de cerveza aún llena, una botella de un litro de agua y una bolsa blanca cerrada que contenía algo en su interior.
—Quién te dio la información estaba en lo cierto, este tío a regresado. No creo que ninguna otra persona que no sea la misma que generó tanta mierda, pueda vivir en estas condiciones —susurró Ricardo, haciendo una mueca de asco ante el olor y la visión del interior de la habitación.
—Miremos en el almacén —pidió Axel, apartándose de la puerta y de los olores nauseabundo que salían por ella.
Ricardo asintió con la cabeza, en señal de conformidad y encaminó sus pasos hasta la puerta cerrada que estaba al final del pasillo, sobrepasando a Axel, que se había quedado parado esperando que el inspector, que llevaba la linterna, lo adelantara e iluminara el espacio donde se encontraban.
La linterna alumbró el resto del pasillo. A diferencia de la vez anterior que estuvieron allí, ahora el suelo se encontraba lleno de cristales rotos y de botellas de cervezas esparcidas por todos lados.
—¿Qué ha pasado aquí? —murmuró más para si mismo el inspector que para su compañero, sorteando con cuidado los cristales y botellas.
Axel podía hacerse una idea de lo ocurrido allí. Ante sí, tenía los resultados de una huida desesperada y de un perseguidor que había intentado coger a su presa desesperadamente. La ira comenzó a adueñarse de él ante la visión de todo aquello y al imaginarse a Greta huyendo muerta de miedo, de aquel tipo.
Al momento, la claridad inundó a Ricardo cuando este abrió la puerta que daba acceso a la parte del almacén y bajó con cuidado el escalón que separaba ambos espacios. Un fuerte golpe en su cabeza lo derribó al suelo, dejándolo tumbado sin conciencia en él.
☆☆☆☆☆
Axel vio como una gruesa barra de metal golpeaba a su compañero en la cabeza, antes de que pudiera saber lo que ocurría y vio caer a Ricardo de bruces contra el suelo desplomado. Sobre el cuerpo inconsciente de su compañero apareció la figura de un hombre de vestimenta andrajosa, de pelo y barbas rojizas enredadas, que levantaba de nuevo la barra metálica, dispuesto a golpear otra vez con ella la cabeza del inspector. Axel sin dudarlo, se abalanzó sobre él chocando su cuerpo contra el hombre, derribándolo al suelo antes de que este golpeara de nuevo a Ricardo. La barra metálica salió despedida de las manos del mendigo, cayendo esta a bastante distancia, lejos de ellos.
Axel volvió a levantarse deprisa y logró lanzarle una patada al brazo de su oponente antes de que éste logrará levantarse, derribándolo de nuevo al suelo de espalda. Otra patada en la barriga del agresor, hizo que se doblara en dos sollozando.
—¡Hijo de puta!, ¡¿por qué no te levantas y peleas conmigo?!—le espetó Axel colérico—. ¡No eres más que un cobarde que atacas a mujeres indefensas y a hombres por la espalda!
El mendigo comenzó a sollozar pidiendo perdón, cubriéndose con los brazos el rostro al ver como su agresor levantaba su puño en alto para propinarle un golpe en la cara.
Axel paró su puño en el aire con rabia contenida, deseoso de estrellarlo contra el rostro de ese despreciable ser y desfigurarlo a golpes, pero conteniéndose con mucha fuerza de voluntad.
—¡Tan solo muévete y dame una excusa para poder estrellarte mi puño en tu asquerosa cara! —le gruño con odio.
—¡Déjalo Axel!— La voz dolorida del inspector llegó hasta él, sacándolo de los sentimientos tan negros en los que estaba metido. Axel miró en la dirección donde había visto caer a su compañero momentos antes. Ricardo estaba sentado en el suelo a unos dos metros y medio de él, con una de sus manos colocada en la parte posterior de su cabeza donde había recibido el golpe y lo miraba asombrado.
—Estoy bien, cálmate.— Le comunicó Ricardo, mirándolo sorprendido. ”Jamás se hubiera imaginado que el agente Axel reaccionara de esa manera, perdiendo los estribo al verlo herido” —Ponle por mí las esposas —le pidió, lanzándoselas por el aire en su dirección. Axel las cogió al vuelo.
Con brusquedad Axel le dio la vuelta al cuerpo del mendigo y lo colocó mirando al suelo. Sin miramientos, cogió ambos brazos del hombre y los retorció hasta llevarlos a la espalda de este, entre gritos de dolor y protesta.
“Ricardo estaba muy equivocado con respecto a él” pensó Axel mientras cerraba las esposas en torno a las muñecas de su detenido. “Él era un agentes del FBI muy bien preparado para todo tipo de presión sociológica que podría darse cumpliendo con su deber. Difícilmente podría perder los nervios al ver caer herido a un compañero ante un agresor, eso solo lo convertiría en una presa fácil ante el delincuente.”
Axel acercó su rostro al oído del hombre, procurando que Ricardo no oyera sus palabras.
—Más te vale colaborar a partir de ahora en todo lo que se te pida o te juro que iré por ti nada más que te dejen salir de la cárcel. La próxima vez no habrá nadie que me detenga—lo amenazó, sabiendo que cumpliría con sus palabras si ese despreciable ser no colaboraba, contándoles todo lo que presenció el día del asesinato.
“¡Lo odiaba!, no podía evitarlo, aún sentía la rabia por dentro. Quería seguir golpeándolo aunque estuviera con las esposas puestas. En su mente aún se repetía las palabras de Juan. Veía en su imaginación a una Greta aterrorizada, perseguida por ese hombre que intentaba hacerle daño y a juzgar por lo que le había hecho a Ricardo, se lo hubiera hecho bastante, incluso podría haberla llegado a matar si no hubiera escapado a tiempo”.
Él jamás hubiera perdido los nervios de esa forma por un compañero y hasta hacía una hora, tampoco creía que los perdería alguna vez por una mujer, pero allí estaba, con ese sentimiento tan intenso en su interior casi fuera de su control por ella. Quería matar a golpes a ese tipo por el peligro que había representado para Greta y por la impotencia que él sentía de no haber estado allí para salvarla.
Había creído todo el camino desde la comisaría hasta allí, qué podría contenerse cuando tuviera al mendigo delante suya para interrogarlo, pero la agresión a Ricardo le había dado la excusa perfecta para que saliera a la superficie su deseo de venganza. A duras penas había logrado contenerse de no matarlo. Aún sentía la rabia fluyendo en su interior al mirarlo.