CAPÍTULO VII

3839 Palabras
Le comunicó la voz de la asistente de carreteras. Greta observó la nave que se encontraba a la distancia que indicaba la asistente de navegación de su móvil y creyó ver la que buscaba. La nave estaba rodeada por otras que se encontraba en el mismo estado de abandono que ella, con puertas rotas y ventanas destrozadas, con los cristales esparcido por la acera y parte de la carretera. A decir verdad, todo el polígono parecía estar en ese estado, observó Greta mirando a su alrededor mientras aparcaba el coche junto a la entrada de la fábrica de bidones y se bajaba de el. Miró a ambos lados de la calle, no había rastro de ninguna persona ni se veía coches aparcados en las aceras. “Gracias a Dios que ya estaba amaneciendo y había claridad suficiente como para que no pareciera aquel lugar tan siniestro” pensó agradecida, ahora centrando su atención hacia su objetivo, la fachada de la fábrica de bidones. Miró desde su posición junto a su coche, el hueco vacío y oscuro donde tendría que haber estado la puerta de entrada a las oficinas y se acercó para asomarse. Un largo pasillo oscuro se abría ante ella, de un metro y medio de ancho. Solo el principio se veía iluminado por la claridad de la mañana, el resto estaba tan oscuro como la boca de un lobo y se veía igual de terrorífica. Su corazón comenzó a latir más rápido ante la idea de que iba a adentrarse en ese lugar. Greta miró a su alrededor, todo seguía igual de vacío que cuando había llegado y mortalmente silencioso. Se quitó el pequeño macuto n***o deportivo que llevaba a su espalda y sacó, con manos nerviosas del bolsillo más pequeño de éste, una linterna redonda de color roja, que encendió presionando un botón. Apuntó el haz de luz hacia el pasillo oscuro de las oficinas, iluminando con él una distancia de cinco metros. La luz le dejó ver, en la pared de la izquierda, a unos tres metros de su posición, el hueco grande y vacío donde tenía que haber ido una puerta y que le informaba que allí había una habitación. El suelo de azulejos, que una vez fueron blancos, se veía con varias capaz de mugre acumuladas durante muchos años de abandono. Algunas lozas se veían rotas y en otros lugares sencillamente estas habían desaparecido sin dejar rastro. Al final de la iluminación de la luz de la linterna y pasando un poco la entrada de la habitación que había descubierto, Greta observó una montaña de botellas de cerveza de un litro acumuladas junto a la pared, que abarcaba hasta un poco más de la mitad del pasillo, con una altura de medio metro, por lo menos. Desde dónde se encontraba, su linterna no alumbraba más al fondo, por lo que no sabía las dimensiones exacta que podía tener esa acumulación de botellas. “¿Podría ser ese lugar un sitio donde los jóvenes celebraban botellones?” se preguntó observando con más detalles el suelo, buscando otras pruebas que indicara que era un lugar de celebraciones entre los jóvenes y confirmar así sus sospechas. “¿Quién en su sano juicio querría estar en un lugar como ese cuando oscurecía, habiendo muerto allí una mujer?” Aparte de un paquete de cigarrillos rojo, estrujado cerca de las botellas, no había nada más que confirmara su suposición. “Seguramente los muchachos se reunirían más adentro y no tan cerca de la entrada ” se dijo como excusa, ante la falta de más evidencia de una fiesta. “Es lógico que quieran estar más escondidos si esta zona es patrullada por la guardia civil.” Greta le echó una última mirada a su entorno, para asegurarse que estaba sola y otra a su coche, con la necesidad de ver algo que la tranquilizara. “Siempre podía cambiar de idea y marcharse cuando quisiera si veía que allí dentro la oscuridad se volvía demasiado escalofriante para soportarlo” se dijo, respirando profundamente para intentar calmarse, mientras se adentraba en el pasillo, parcialmente iluminado por su linterna. Despacio, avanzó hasta llegar al despacho sin puertas y se detuvo en la entrada de este, tuvo que taparse la nariz con la parte superior de su chaquetón por la peste insoportable que de ella salía. Dirigió el haz de luz de su linterna hacia el interior de la habitación y tuvo que retroceder con una mueca de asco. El suelo estaba completamente lleno de heces humanas y de manchas secas amarillentas. Incluso podía ver en las paredes, manchas marrones que por apariencia y olor, parecían ser de excrementos, pero lo más asqueroso que veía, superando con crece lo que había allí, era que cada mancha había sido dejada por manos y dedos humanos, cómo si alguien se hubiera limpiado con sus propias extremidades el trasero a falta de cualquier otro material más apto para ello. Ante una situación cómo esta, daba gracias de no tener un estómago débil que se le revolviera ante visiones y olores tan repugnantes como los que había en esa habitación. Con ligereza, avanzó iluminando con su linterna el resto del pasillo, sorteando con cuidado la montaña de cerveza vacía que alguien había apilado contra la pared derecha de este, intentando dejar atrás los olores de esa habitación. La puerta blanca de un nuevo cuarto apareció ante su vista Iluminada por su linterna. Éste se encontraba en la misma pared que el anterior, separados por unos tres metros entre sí, pero con la diferencia que este si tenía puerta y se encontraba cerrada. Otra montaña de botellas de cervezas estaba amontonadas frente a su entrada. “Este montón, junto con el anterior, son ya demasiadas botellas vacía para tan solo un día de fiesta de unos cuantos jóvenes” pensó observando confundida el nuevo montón de botellas. Le resultaba raro no ver entre ellas también, algunas de licores más fuerte. El ruido de una botella de cristal al caerse, sonó dentro de la habitación cerrada a un metro de ella. Greta pegó un respingo sobresaltada y apuntó temerosa el haz de luz hacia la puerta cerrada de la habitación. —¿Hay alguien ahí?— Preguntó con el corazón acelerado y apenas en un susurro. El silencio fue su única respuesta. El anterior ruido no volvió a repetirse, ni ninguno otro que le hiciera pensar que había alguien allí dentro. —¿Hola? ¡Soy una periodista de la cadena CSC !— Volvió hablar con un poco más de fuerza en la voz. El silencio continuó. Greta observó el pomo de la puerta nerviosa “¿Se atrevía a girarlo?” Con dedos temblorosos sacó de su bolsillo un Kleenex y lo puso sobre el pomo de la puerta. “¡No lo hagas, no lo hagas!” gritó su mente, mientras su mano giraba el pomo para abrirla… sin conseguirlo. Sus pulmones expulsaron aliviados el aire contenido en ellos, la puerta estaba cerrada. El pomo había girado perfectamente pero la puerta no se había abierto, por lo que en contra de sus instintos, lo intentó de nuevo. En esta ocasión empujó con todo su cuerpo la puerta, mientras giraba el pomo. El resultado fue el mismo, la puerta no se abrió ni tan siquiera un milímetro. “Tenía que haber algo o alguien detrás de la puerta que le impedía abrirla. Si era una persona, esta no quería que ella lo viera” pensó inquieta, sin saber si continuar con la exploración de la nave o largarse en ese momento de aquel lugar. Iluminó con su linterna el resto del pasillo que aún no había explorado, para hacerse una idea de lo que tenía delante si decidía continuar. A unos cuatro metros de ella, la luz iluminó una pared con una puerta blanca cerrada. No había más habitaciones ni ventanas. Dudando en si avanzar o no, Greta volvió a mirar la puerta cerrada que tenía delante y un pensamiento aterrador surgió en su mente, “¿y si era el asesino quién se ocultaba dentro de ese despacho?” La piel se le puso de gallina ante esa posibilidad y comenzó a retroceder asustada hacia la salida. “¿Si fuera el asesino, no era lógico que la hubiera atacado ya? Ella era una mujer y estaba sola, ¿ por qué quedarse ahí encerrado si podía deshacerse de ella con facilidad?” Greta detuvo su huida con el corazón golpeándole fuertemente en el pecho, intentando razonar. Su mirada se posó sobre la segunda montaña de botellas de cervezas y una idea surgió en su cabeza “¡ ya lo tenía, ahora sabía quién o quiénes estaban encerrados en esa habitación!, si es que eran personas y no basura, la que impedía abrir la puerta. Tenían que ser estudiantes haciendo pellas de sus institutos. El alivio inundó el cuerpo de Greta. Por un momento había estado apunto de largarse, pero ahora que sabía que eran muchachos, posiblemente más preocupados ellos por ella que al contrario, Greta decidió continuar la exploración y dejarlos tranquilos. Sin pensarlo más, avanzó hasta la puerta cerrada al final del pasillo. Con el mismo Kleenex que había intentado abril el anterior pomo, giró el de la otra puerta, que se abrió sin dificultad. Ante ella se abrió un espacio grande y cerrado, con techo de chapa. El antiguo almacén estaba iluminado por la claridad del día, que entraba a través de los múltiples agujeros que tenía el techo, había zonas que incluso le faltaban placas metálicas enteras, por lo que la visión en esa parte era bastante buena. Apagó la linterna, no la iba a necesitar en ese lugar, de momento. Greta bajó el escalón que separaba la construcción de las oficinas, con la del almacén, cerrándose la puerta a su espalda y caminó hacia el centro de la nave. El chirrido de las bisagras oxidadas que hizo una puerta al abrirse, proveniente del pasillo de las oficinas que acababa de dejar atrás, le informó que los jóvenes iban a aprovechar la oportunidad de que ella estaba en esa parte de la fábrica, para huir. Una sonrisa iluminó el rostro de Greta. Había aceptado con su suposición de los adolescentes. Ahora se sentía más calmada, por lo que comenzó con más tranquilidad, a concentrarse en su entorno. El suelo del almacén, de un color rojizo muy familiar, fue lo primero que más le llamó la atención. Entonces se acordó, “¡Era el mismo suelo que recordaba haber visto en una de las fotos cuando soñaba!” Aunque había ido a ese lugar precisamente para confirmar que sus sueños eran verdaderos, parte de su mente aún seguía asombrándose de que de verdad lo fueran y que le estuviera ocurriendo precisamente a ella, todo aquello tan surrealista. Asombrada, levantó su mirada para inspeccionar su entorno, “ahora sabía que estaba en el lugar correcto, tan solo le quedaba hallar el lugar exacto dónde fue hecha la foto con la que llevaba soñando dos noches para poder por fin asegurarse sin ningún tipo de duda, que todo era verdad.” —¿¡Qué haces aquí!?, ¡ya no hay nada que fotografiar!— La voz la sobresaltó tanto que lanzó hasta un pequeño grito del susto y se dio la vuelta para enfrentar al dueño de esta. Justo en la puerta que daba acceso a la oficina, por la que ella acababa de pasar, un hombre con muy malas pintas, bloqueaba la entrada y la miraba con desconfianza. Greta lo miró sobresaltada y temerosa ante esa intromisión tan brusca por parte de él. El pensamiento de que se encontraba sola en ese lugar abandonado y a varios kilómetros del pueblo, sin apenas rastro de circulación le vino a la mente, alterándola un poco más de como ya se encontraba. “¿Lo habrían visto entrar los adolescentes? ¡Ojalá que fuera así!, si le ocurría algo, por lo menos la policía encontrarían al culpable a través de ellos. “¡Sé natural, que no te vea asustada!” le gritó su mente. —¡Buenos días! —le contestó, obligando a su rostro a sonreirle amigablemente—. ¡Menudo susto que me has pegado!.— El hombre la observó sin responder, como esperando que ella continuara hablando, cosa que hizo por los nervios. —Soy periodista del canal . Estoy en una investigación sobre la mujer muerta que encontraron aquí—. —Fue asesinada —lo escuchó murmurar, pero no lo suficiente bajo como para que ella no lo entendiera. —Si, exacto, ella fue asesinada y aquí la encontraron, ahora lo que yo busco es el …. —Ella fue asesinada aquí mismo—. Greta observó que la mano del hombre apuntaba a la derecha y casi detrás de él, en dirección a la parte más oscura de la esquina, entre la unión de la pared de la oficina y la de la nave, a unos quince metros de donde se encontraba el hombre. Si era correcto lo que él decía, la muerte de la mujer había sido a escasos dos metros de la puerta de entrada por la que ella había pasado, pero por el interior de la nave. Greta encaminó sus pasos en esa dirección hasta detenerse frente a la esquina señalada y fue como ver la foto de sus sueños, pero en la realidad, con la única excepción que faltaba de nuevo el cuerpo, cómo le había ocurrido en la anterior escena del crimen de la otra mujer. Por fin supo a que se debía la franja luminosa paralela al cuerpo que aparecía en la foto de su mente, esta luz correspondía a la luminosidad que entraba por debajo del portalón de hierro. Las puertas metálicas que daban acceso al almacén no llegaban hasta el suelo, sino que se encontraban separadas por unos cinco centímetros y dejaba pasar por ahí la claridad del día, iluminando un poco el suelo de esa parte, que se encontraba más oscura. “Ahora estoy completamente segura de que lo que he soñado durante dos noches seguida es real.” Confirmó mirando absorta el familiar lugar. —Ella logró huir hasta aquí…—. De nuevo la inesperada voz del hombre que le sonó ahora más cerca, la sobresaltó y asustó por segunda vez, provocando que su cuerpo por auto reflejo se girara en dirección al sonido. El sin techo, se había acercado sin hacer ruido hasta colocarse a escaso dos metros por detrás de ella, mientras estaba distraída contemplando el lugar donde se había cometido el crimen. —…y golpeó con fuerza la puerta de hierro, pidiendo ayuda —murmuró el hombre, sumido en sus pensamientos, mientras señalaba el portón metálico. Hasta ella llegó el olor a cerveza y orín que desprendía el hombre y contuvo las ganas de taparse la nariz de nuevo. Observó su rostro barbudo y su melena rojiza enredada, que casi le cubría la cara. Entre tanto pelo sucio, asomaba una bulbosa nariz rojiza que delataba lo mucho que le gustaba beber y unos ojos saltones azules que estaban fijos en el lugar donde habían encontrado el cuerpo de la mujer. —De nada le sirvió, nadie acudió en su ayuda —continuó hablando con la mirada perdida. En ese momento el mendigo, porque tenía toda la pinta de que lo era, levantó la cabeza y miró a Greta con furia en su mirada. —¡Yo no sabía que la acabarían matando! —le gritó alterado, sin previo aviso, señalando el lugar donde se había cometido el crimen, como si Greta le hubiera acusado de algo. Ella sobresaltada por el inesperado brote de agresividad del hombre, retrocedió un paso asustada, pero aún así fue capaz de captar el significado de las palabras de él y su asombro por lo que había escuchado, eso pudo más que su miedo y en vez de huir se quedó para volver a preguntarle. —¿Usted fue testigo del asesinato? —le preguntó con voz nerviosa, sabiendo que se encontraba en una situación peligrosa, con un individuo que mostraba signo de no estar mentalmente bien y preparada para salir huyendo a la más mínima muestra de querer agredirla. La mirada agresiva del hombre cambió ante su pregunta y en su lugar le pareció ver surgir una de arrepentimiento. —Yo tenía la puerta cerrada… Los escuché pasar por el pasillo… Me despertó ella con sus lloros y súplicas. Quería que la dejaran irse —en ese momento Greta supo quién era la persona que había estado detrás de la puerta del pasillo, impidiéndole entrar en la segunda habitación. No eran adolescentes ocultos haciendo pellas, sino ese hombre, se dijo, observándolo atentamente, sumido en sus recuerdos del día del asesinato. Su mirada no se apartaba de la esquina donde habían matado a la mujer. En ese momento, el sujeto se tambaleó y tuvo que apoyarse en la pared que daba a la oficina. Había perdido momentáneamente la estabilidad. “Está muy borracho” observó Greta. No se había dado cuenta de cuánto lo estaba hasta que no vio que se tambaleaba. “¿Será cierto lo que me está contando? Había un dicho que decía que ni los niños ni los borrachos mentían, ¿podría entonces fiarse de él y de lo que le estaba diciendo?” se preguntó Greta, mientras lo observaba apoyado con una mano en la pared para mantener el equilibrio. —¿Dónde vives? —le preguntó Greta, ahora con más seguridad y menos miedo, al darse cuenta de que en el estado de borrachera en el que el hombre se encontraba no supondría una amenaza real para ella. Quería saber dónde poder localizarlo en el futuro, necesitaba para confirmar sus palabras al menos volver a entrevistarlo otra vez, para comprobar si volvía a contarle lo mismo o por el contrario, la historia cambiaba. De esa manera sabría si era cierta la primera versión o falsa. —¡Vivo aquí! —le contestó de nuevo alterado el mendigo, señalando el suelo del almacén.—¡Ellos vinieron esa noche! ¡Me despertó las súplicas de ella y yo solo pensé que quería que se fueran pronto! —gritó alterado el mendigo, mirando de nuevo a Greta con rastro de llanto en su voz—. ¡Estaba cansado y borracho, no pensaba con claridad! —terminó de decir en un quejido, mientras que con la mano que no se apoyaba en la pared, se tapaba los ojos. —¿Vio al asesino? —le preguntó nerviosa Greta sin poder contenerse, temerosa de enfadarlo de nuevo pero esperanzada de que le contestara afirmativamente. El hombre, que aún continuaba con los ojos tapados, negó con la cabeza. La esperanza de atrapar al asesino y al mismo tiempo de conseguir una exclusiva se evaporó igual de rápido que había venido. —¿Qué pasó después de que entrara en el almacén el asesino y la víctima? —siguió preguntándole Greta, pasados unos segundos de la anterior pregunta, cuando logró reponerse a la desilusión. En ese momento, cayó en la cuenta que no estaba grabando la conversación. Había ocurrido todo tan rápido que no se había acordado de sacar el móvil y ponerlo a grabar. Con ligereza sacó el móvil de su bolsillo trasero de su pantalón, “intentaría que el hombre volviera a hablarle sobre lo ocurrido para grabarlo en esta ocasión. Si estaba diciendo la verdad, este hombre era el único testigo que había sobre este asesinato, ¡y lo había encontrado ella! Podría beneficiarse por dos lados, el primero por su trabajo y el segundo por su parte personal. Quisiera o no, sus sueños la habían involucrado con los asesinatos y ahora no podía simplemente ignorarlos, la próxima muerte estaba cerca. Según la fecha que había visto en sueños quedaba tan solo quince días para que el asesino volviera a matar y ella era la única que sabía eso. Aparte, tenía muy fresco en su memoria el cuerpo salvajemente torturado de la siguiente víctima, aunque no creía poder reconocerla si se cruzaba por casualidad con ella en los próximos días, de lo desfigurado que estaba su rostro, pero el terreno sobre el que estaba el cuerpo le decía que el asesinato se llevaría acabo en el terreno de cultivo de una plantación. —¡¡Eh!! ¡¿qué haces?! ¡¡ No quiero que me grabes!! —le gritó enfadado el hombre, acercándose a ella tambaleante y amenazador, señalándole el móvil que sujetaba en su mano. Greta asustada retrocedió inmediatamente al verlo con esa actitud. —¡Solo es para grabar la conversación! —le explicó apresurada y asustada, con el corazón a punto de salírsele del pecho. —¡No quiero que me grabes! —le gritó de nuevo el borracho persiguiéndola tambaleante por el recinto—. ¡Eres como ellos puta, crees que soy una basura!— Al escucharlo insultarla de esa manera y viendo su comportamiento tan violento, Greta asustada, corrió todo lo que pudo hacia la puerta de la oficina por la que había entrado al almacén y entró por ella, encontrándose de nuevo en el pasillo a oscura. Corrió como loca en dirección a la luz que entraba por la puerta principal, rezando por no tropezar y caerse con la basura que había visto antes tirada por el suelo. Pataleó sin querer, unas cuantas litronas que se encontró a su paso, haciendo que estas chocaran contra las paredes. Cuando le quedaban unos tres metros por salir, escuchó abrirse y cerrarse la puerta que daba al almacén y supo que el hombre estaba en el pasillo, al igual que ella. Momentos antes de salir al exterior, se escuchó de nuevo detrás de ella el ruido de las botellas de cristal chocando entre sí, junto con el sonido y quejido que hizo el mendigo al caerse con estrépito al suelo. Salió corriendo muerta de miedo por la puerta principal y con alivio vio su coche justo delante de ella, donde lo había estacionado cuando llegó. Con manos temblorosas, cogió las llaves del bolsillo de su chaquetón y apuntó hacia el vehículo, mientras apretaba el botón de “abrir las puertas” que tenía su mando llave. Jamás pensó que escuchar el ruido de las puertas de su coche abrirse podría hacerle brotar lágrimas de alivio de sus ojos, pero así fue. Con manos temblorosas y los ojos llenos de lágrimas, consiguió abrir la puerta de su coche y prácticamente lanzarse a su interior. Cómo pudo, insertó las llaves en el contacto y al momento de escuchar el sonido del motor encendido, pisó el acelerador a fondo. Por el rabillo de su ojo pudo ver al mendigo salir en ese momento por la puerta de la oficina y correr tambaleante hacia su coche, justo en el momento que salía disparado y derrapando del aparcamiento.
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