CAPÍTULO IX

1881 Palabras
“Las doce y media de la mañana” pensó Axel mirando su reloj de pulsera, mientras se encaminada hacia la puerta del bloque donde vivía Greta. Se arregló por última vez su gorra y sus lentes oscuras de visión, que le ayudaban a camuflar sus ojos cuando no quería que nadie se fijará en él, acto seguido se acercó a la cristalera y llamó para atraer la atención del conserje. Este al verlo, acudió de inmediato a abrirle la puerta. —¡Buenas tarde! —le deseo el joven conserje—. ¿Usted viene por la avería de la ventilación del garaje, verdad? —preguntó, mirándole el uniforme y leyendo el nombre de la empresa ficticia que ponía su chaleco, escrito sobre su pecho izquierdo. A continuación bajo su mirada hacia el maletín gris que transportaba el hombre en su mano derecha. —Así es —contestó Axel—, voy a entrar —anunció pasando por su lado y encaminándose hacia el ascensor ante el asombro del joven, sin siquiera mantener una mínima conversación con el conserje, hasta el punto de parecer descortés. “Cuanto menos interactuara con las personas de ese edificio, mejor” pensó Axel. El ascensor estaba en la planta baja por lo que no tuvo que esperarlo, se montó y dio al interruptor del sótano uno, ante la mirada de desconcierto del joven. En vez de bajar al sótano cómo Axel pensaba que haría, el ascensor comenzó a subir. “Han tenido que llamarlo de una de las plantas de arriba justo cuando me he montado” observó molesto. ”Su plan de entrar en el edificio, poner el rastreador al coche de ella y salir siendo tan solo visto por el conserje, no estaba marchando todo lo bien que había esperado” pensó disgustado por su mala suerte. El ascensor continuó subiendo y la inquietud empezó a aparecer en sus pensamientos cuando vio marcado en el monitor (situado sobre las puertas metálicas) que aparecía el número cinco y el ascensor seguía subiendo sin detenerse. Según la información que le había dado el conserje, Greta vivía en la séptima planta. “Cada planta consta de dos viviendas” recordó Axel que había dicho Juan, viendo que aparecía el número seis en la pantalla y seguía sin detenerse. Su corazón comenzó a golpear su pecho a un ritmo más rápido de lo normal. “En la séptima planta vivía sola una viuda de setenta años y Greta, por lo que si se detenía ahí estaría a un cincuenta por ciento de que fuera ella la que había llamado al ascensor” se dijo abriendo mucho los ojos al sentir el ascensor detenerse en la séptima planta y comenzar abrirse las puertas. “¡Qué no se ella por Dios, qué no sea ella… Aún no se habían abierto las puertas del todo, pero el olor de su perfume llegó hasta él. No sabía como supo que ese olor pertenecía a ella, pero reconoció hasta la marca . Sintió como los nervios se apoderaban de su cuerpo, hasta el punto de sentir frío y comenzar a temblar. Las puertas se abrieron ante un vestíbulo vacío. Axel que había estado conteniendo la respiración, la expulsó de golpe por la sorpresa, tuvo que apoyarse con una mano sobre la pared del ascensor para poder mantenerse de pie y no caer al suelo. Sentía sus piernas como si fueran de gelatinas. “Estaba seguro por el rastro de su perfume, que ella había sido la que había llamado al ascensor, el por qué no estaba ahí de pie frente a este, esperándolo, no lo sabía, pero para él suponía un alivio” pensó, intentando tranquilizarse. Con manos temblorosas aún, apretó con insistencia el botón del sótano, deseando que las puertas se cerraran pronto y vio como sus deseos eran concedidos cuando estas comenzaron a cerrarse por fin. Se escuchó el ruido de una puerta cerrarse y de unos pasos corriendo en su dirección. De pronto, Greta apareció frente al ascensor y pasó su mano sobre el sensor de la puerta, impidiendo a esta que se cerrara. —¡Uuff, casi no llego! —exclamó esta, mirándolo sonriente. La mano de Axel con la que se apoyaba en la pared, se tensó tanto que se asemejó a una garra y su cuerpo se tensó. El corazón le golpeó tan fuerte y rápido que comenzó a escucharlo en sus oídos. Greta entró en el ascensor y se colocó al fondo, apoyando su espalda contra la pared, justo por detrás del operario con gorra y gafas que miraba la puerta del ascensor sin moverse, casi como una estatua. “¿Por qué llevaba gafas oscuras en el interior del ascensor?” se preguntó Greta curiosa, mirándole la parte trasera de la cabeza, mientras el ascensor comenzaba a bajar. Recordó que a veces, su jefe solía entrar en la oficina con unas gafas de sol graduadas para su vista, que no se quitaba en el despacho si tenía pensado volver a salir al exterior en poco tiempo. “Debe de ser unas gafas iguales a la de Antonio” se dijo satisfecha de haber resuelto en pequeñito misterio de la vida cotidiana, mientras sus ojos, atraído por lo que veían, comenzaron a explorar el cuerpo del operario. Su mirada curiosa se deslizó por el lateral de la cara del hombre hasta llegar a su nuca, cubierta esta de una manera muy sexi, por lo que parecía ser una mata de pelo lacio castaño claro, bastante sedoso, que le llegaba hasta por debajo de la oreja derecha. —¿Vienes a arreglar algo del edificio? —le preguntó Greta, apartando con esfuerzo su mirada de su cuello, dispuesta a romper el incómodo silencio que había en la cabina y a la vez con la esperanza de que él la mirase. Lo vio asentir con la cabeza en señal de afirmación, sin siquiera volverse para mirarla. Su actitud ofendió a Greta que lo miró con el ceño fruncido. —¿Qué en concreto? —le pidió ella que le dijera molesta, queriendo obligarlo a hablar y no estando dispuesta a dejar pasar su falta de respeto hacia ella. El silencio se hizo en el ascensor por unos segundos interminables, inflando con ello el mal genio de Greta, hasta que por fin, el hombre lo rompió. —U u u un co co coconducto —terminó de decir Axel, cerrando sus ojos con fuerza, mortificado porque ella lo hubiera escuchado hablar de esa manera. Llevaba años, prácticamente desde que empezó hablar, sometido a múltiples tratamientos médicos y de sesiones con su logopeda para poder hablar sin tartamudear, pero todo aquello de nada le había servido en presencia de esa mujer, sus esfuerzos realizados a lo largo de los años no habían servidos para nada con ella. Greta lo escuchó, sintiéndose culpable por haber pensado mal de él. Ahora entendía su actitud al no querer hablar. “Seguro que habría recibido muchas burlas en el pasado por su problema” pensó sintiéndose mal por él y furiosa por los gilipollas de este mundo que se burlaban de las personas que no eran iguales a ellos. El ascensor se paró en la planta baja y las puertas se abrieron, Greta se adelantó y salió del elevador, deteniéndose ante Axel que la miraba a través de sus gafas oscura. —Que tengas una buena tarde y que soluciones pronto y sin complicaciones lo que sea que tenga ese conducto —dijo a modo de despedida, sonriéndole amistosamente. El operario asintió con la cabeza en su dirección, aceptando sus buenos deseos. Cuando creía que no lo iba a escucharlo hablar más, él le contestó: —Gra gra gracias—. El rostro de él no cambió en absoluto mientras hablaba, la parte visible de su cara que no estaba cubierta por las gafas, no mostró ningún tipo de emoción, pero Greta notó la sinceridad en sus palabras. Con un asentimiento de cabeza de parte de ella, igualito con los que él se había expresado, Greta se encaminó hacia la entrada del bloque, mientras se cerraba la puerta del ascensor. —¡Hola de nuevo, Enrique! —exclamó Greta asomándose por encima del mostrador de recepción, para ver al joven que estaba sentado estudiando. Este levantó su morena cabeza sonriéndole ampliamente. Sus ojos marrones y soñadores, contemplaron a Greta con adoración. —¿Te vas a trabajar? —le preguntó el joven. —Si, tengo que ir a la oficina a investigar —le informó—. Veo que hoy tienes jaleo, he visto al operario que han enviado para arreglar algo de los conductos —comentó señalando el ascensor. —Si, un tipo grande y saborío, ni siquiera se ha dignado a darme las buenas tardes —replicó Enrique molesto. —Yo pensé al principio igual que tú, pero no es ese el caso— Le corrigió Greta, dispuesta a arreglar la mala impresión de ese hombre que se había llevado Enrique. Acercándose más al joven, por encima del mostrador, Greta le susurró confidencialmente: —El hombre es tartamudo y creo que por eso no quiere hablar —le murmuró. Enrique la miró extrañado por la conclusión a la que había llegado la mujer. —Ese hombre no es tartamudo, no es que haya hablado mucho conmigo, pero si me ha dicho cosas y no tartamudeaba —le comunicó Enrique mirándola. —¿No tartamudeaba contigo? Que extraño —contestó Greta mirando el ascensor—. Conmigo se ha trabado en cada palabra que me ha dicho—. —Lo mismo le has gustado y se ha puesto nervioso el hombre —le señaló el joven sonriéndole, sintiéndose un poco celoso de que eso fuera de verdad lo que había ocurrido. —No digas tonterías, no tengo esa clase de físico para hacer que un hombre como ese, se ponga tan nervioso que tartamudee por mí —se burló Greta del muchacho—. El tío está buenísimo, casi me caigo de culo del asombro cuando lo vi dentro del ascensor —se rio al exagerar ante Enrique el primer encuentro con el operario, sin darse cuenta de la mirada de desconsuelo que le dirigió el joven. Apenas había podido verlo bien, su mirada se había detenido en su nuca, tan sexi, casi la mitad del tiempo que duraba la bajada hasta el bajo, la otra mitad se había sentido ofendida con él, por lo que ella había creído que era una muestra de descortesía por su parte al ignorar su pregunta, por lo que el querer mirarlo más detalladamente había desaparecido de su mente, pero aún sentía frente al Enrique, los efectos del cambio que sufrió su corazón cuando las puertas del ascensor se abrieron en la séptima planta y sus ojos lo contemplaron fugazmente, antes de entrar en la cabina. Aún sentía en su pecho, el fuerte latir de su corazón . Con una sonrisa de despedida, Greta se despidió del joven conserje. —Me voy, Enrique —le dijo, dirigiéndose a la puerta que daba a la calle—. Te veré mañana. ¡Que te sea leve! —le gritó ya desde la calle, antes de que se cerrara la puerta del bloque.
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