—¿Cuándo quitaras esta venda? —preguntó Linav sonriendo como tonta. Damián le había dicho que ese día le tenía una gran sorpresa, de pronto le cubrió los ojos con un pañuelo y la subió cargada al auto. Llevaban lo que parecía una eternidad en el camino y la intriga de Linav había crecido más de lo que podía controlar. —Definitivamente no es como si la paciencia fuese una de tus virtudes —bromeó Damián sujetando su mano. —Siempre fui paciente, pero tú me sacas de quicio, lo cual es muy diferente. —Bien, pues ya puedes estar un poco más tranquila porque ya hemos llegado. Sintiendo el auto detenerse, Linav llevó inmediatamente las manos hasta la parte trasera de la cabeza. —¡Hey, hey, hey! —La detuvo – No he dicho que puedas quitarte la venda, miss desesperación. Linav bufó cruzándose

