Caminos

2237 Palabras
Bárbara alisó el castaño cabello para sujetarlo en una trenza, y acomodarlo mientras veía que se iba a colocar para la reunión final con los inversionistas de Dominique Castel. Eligió un sastre femenino y una pava para no tener que cambiar el peinado, Carmona no la acompañaría en esa oportunidad, era importante su presencia en el conclave que definiría los nuevos envíos, y como ingresaría el dinero de los clanes sin ser detectados por las autoridades. Salió rumbo a la pesquera, el saludo de los empleados y la manera como fue recibida en la procesadora le satisficieron, debía estar haciendo las cosas bien para poseer la tranquilidad de que sus trabajadores no afectarían la producción. Durante el recorrido con los dos visitantes, habló de los procesos industriales, las estrategias de venta, los centros de acopio y la forma como se repartían las ganancias, los costos para el mantenimiento y las bonificaciones. El grupo de la costa pacífica analizó los balances contables, querían confirmar que las cosas eran reales y no simples manejos de números con el objeto de obnubilarlos para su propia conveniencia. Bárbara se fijaba en la forma como los dos caballeros revisaban con lupa las finanzas de su empresa, pidió a sus futuros socios permiso para comunicarse con Carmona y saber como le iba con los clanes, sin embargo, la sorpresa fue ver el mensaje del médico que trataba a Baris, el dejar el celular en silencio era un martirio para alguien como ella que mantenía negocios tan diferentes. Habían pasado quince días, y recién el Coronel despertaba, según el galeno mejor de lo que esperaban, porque de inmediato se levantó solicitando una cita con ella. Respondió con la hora, se dirigió a donde su secretaria para hablar lo acontecido en las distintas secciones, marcó los barcos que presentaban retrasos, era extraño que en una época donde la veda acababa de pasar, no hubiesen pescado nada como reportaban los marineros. Por su parte la camaronera entraba en cosecha la semana siguiente, así que tendría que viajar pronto a Urbá, si obtenían las toneladas esperadas a pesar de las muertes por las enfermedades víricas que presentaron las piscinas de la región, podrían decir que superaron con creces el límite establecido para ese año faltando unos meses para que terminara. Bárbara escuchó su nombre, alzó la cabeza para encontrarse con la sonrisa de los visitantes, guardó el móvil en el bolsillo de su chaqueta, para continuar con la reunión, sería una tarde de bastante trabajo.   Carmona recibió el mensaje de Baris, agradecía que los vuelos privados tuviesen ese servicio sin mantener el teléfono apagado durante todo el recorrido. No obstante, Sinisterra era un verdadero dolor en el culo, ese hombre no terminaba de levantarse y ya daba órdenes como si residiera con los del batallón. Al menos que estuviese consciente era una preocupación menos, aunque con él nunca se sabía, había pedido un informe completo de lo dicho por los clanes cuando fue descubierto Doncella, y de la reunión que celebrarían en pocas horas. El avión aterrizó en el aeropuerto de Caridad, la isla era un completo paraíso, el calor complementaba el mar y la arena blanca libre de zancudos. Cualquier turista podía con la facilidad de encontrar una buena compañía y disfrutar de las fiestas en los bares que pululaban, con suerte compartiría alguna de las bacanales que, a grandes costos, distraían a los clanes, ejecutivos y políticos. Descendió colocando los lentes oscuros que rompían el blanco traje de lino, avanzó hasta el automóvil que le esperaba recibiendo los documentos que analizarían en la asamblea. La lista de los invitados mostraba un nuevo m*****o, aquel que el muchacho Orozco mencionó como Ministro, sin embargo, el grupo que representaba no era el de los Mercenarios, sino de uno que recién se estaba dando a conocer en el mundillo de los mini traficantes, el Clan MNTB. La habitación que le dieron para acicalarse, la cambió de inmediato por otra que le proporcionara mayor privacidad, nunca había gozado de la buena voluntad de los dirigentes porque nadie sabía a ciencia cierta quien era o a que se dedicaba Felipe Barrera. Pequeños embarques de pocas toneladas no significaban una carta de presentación de gran valía para que tuviese las cantidades de dinero que manejaba, lo que le mantenía con vida era conocer las rutas, modificarlas acorde con los peligros de las patrullas en las aguas internacionales o limítrofes. Ese era su seguro contra posibles atentados, empero, eso era cuando se tenían los antiguos líderes en los clanes, Felipe nunca atendió las advertencias, las permutaciones de mando equivalían a nuevos intereses y alianzas. Se bañó y arregló, la reunión empezaba a las diez de la mañana, siguió la rutina hasta veinte minutos antes de lo acordado, revisó el salón y se ubicó en el lado opuesto a donde lo habían situado, la estancia poco a poco se fue llenando, conocía a la mayoría, fue cuando identificó a un hombre de unos 160 centímetros, cabello ensortijado de color n***o, en las manos portaba anillos con cabezas de caballos, pero en el pecho se le vislumbraba un dije de protección, sonrió porque el maldito creía en los pactos, mínimo uno de santería, tendría que verlo más de cerca para descifrarlo. Cada clan habló de los datos concretos de las toneladas que se transportarían, los destinos al norte y al viejo continente eran los más grandes. Cuando se hizo silencio, supo que era el momento de hablar. Concluida la tertulia los contratos estaban firmados, la mercancía se depositaría en las bodegas, en diez días tendrían los embarques marítimos, terrestres y aéreos, así como las fintas para la policía. Su trabajo había concluido, metió todo dentro de la pequeña maleta que tenía para esos viajes, cogió el taxi que lo trasladaría al aeropuerto, como adivinó, el vehículo se desvió, sabía de antemano quien era su enemigo, nunca imaginó estar frente a Ministro metido en un jacuzzi con varias de sus parejas de esa noche. —Deseaba tener una conversación contigo sobre las rutas —explicó saliendo del agua desnudo—. Quiero proponerte un trato para nuestro gran futuro juntos. Daniel Carmona comprendió que la situación lo ponía en desventaja, necesitaba un nombre, no un alias, y eso lo conseguiría en la medida que supiese mover las pocas fichas que le dieron. —Escucho la propuesta, la cual —advirtió con una sonrisa quitándose las gafas de diseñador—, debe superar lo que tengo, cualquier número debe tener por lo menos ocho ceros. —Cobras caro Mago y no lo vales, morirás aquí con una orden mía. —Si esa era la propuesta, creo que hemos terminado Ministro —contrarrestó Carmona la amenaza, ese tipo fue fácil de leer, un hombre de gran ambición y sin moral—. Buena tarde. —Llámame Oscar, no Ministro, para ti soy Oscar Torres. Se despidió, un nuevo conductor lo llevó a la pista para para llegar a su vuelo privado, una vez en Guasaya, cerca de las ocho de la noche, pudo comunicarse dejando un mensaje de voz cuando su llamada pasó a buzón. —Bárbara, lo tengo: Oscar Torres.   Los señores del Pacífico una vez aclararon los aspectos sobre lo que tenían dudas, cerraron el negocio a favor de Bárbara. Una cena de celebración, y a las ocho de la noche dejó a los hombres en el hotel y Bárbara marchó hacía su casa. Se dirigió directo al bunker, Baris se encontraba caminando alrededor de la mesa mientras leía uno de los diarios que, por lo visto, pidió para ponerse al tanto de lo ocurrido en el país y el mundo. Podía recurrir al internet pero prefería lo antiguo, decía que la información era más segmentada en esos medios, mientras en los periódicos encontraba las verdaderas intenciones de quienes escribían y editaban. Al verla Sinisterra fue a su encuentro abrazándola para transmitir el agradecimiento y el cariño que le profesaba. Bárbara correspondió pronunciando un lo siento mientras dejaba escapar unas lágrimas que, separándola de su cuerpo, Baris limpió. —Bar-bar, no lo lamentes, Sergio era consciente del peligro que corríamos. —Pude ayudarlos, llegar antes. El pelinegro negó con la cabeza, Baris compartía muchos de sus rasgos con Murat, sus ojos, el cabello, la estatura y diferentes manías, que le hicieron sonreír porque le recordaron a quien hace poco volvió a encontrar. Conversaron de lo ocurrido esa tarde, se suponía que nadie conocía la ruta que los llevaría a donde la mercancía se encontraba, los camiones aguardaban a los compradores, una carpa se montaba y tras un común acuerdo, se establecían los destinos y como se entregaría a los compradores el producto. —Sabían que estaríamos allí, alguien nos vendió y eso hizo fracasar. —¿Algún infiltrado? —cuestionó Bárbara sirviéndose un poco de licor, el hombre afirmó con la cabeza, para sentarse cerca de ella. —Según Solano el plan lo conocía su jefe, dos policías más y nosotros. En la medida que explicaba la situación previa al ataque, Bárbara buscaba las posibles fugas, era claro que el soplón pertenecía al departamento de antinarcóticos, las tres personas que se nombraron serían investigadas. Sin embargo, el problema era que necesitaban un nuevo apoyo trabajando desde adentro, con Sergio fuera y con la noticia del secuestro de Baris, se quedaron sin nadie que les pasara información de lo que se hablaba entre los “tiras”. —Habla con Murat, si va a quedarse en Colbia es bueno que sepa que lado tomar en este conflicto. La risa de Sinisterra le extrañó, en cada uno de sus encuentros le contaba de la vida con su hijo, sin decir su nombre, y las expectativas que tenía en cuanto a él y su carrera en la fuerza, no obstante, la muerte de Doncella modificó muchos de los sueños que conversaron cuando estaban lejos de allí. —Necesito pedirte un favor con respecto a él —Baris miraba a la nada, cogió la copa de la mano de Bárbara y la pasó de un trago—. Murat debe seguir creyendo que fui capturado, y debe odiarte como Santa. —¿Solano? —Traelo, él será fiel a Carmona sin importarle los desplantes que este le haga. La sonrisa socarrona de Baris le indicó a Bárbara que el Coronel tenía más secretos que contarle, lo cual haría a su debido tiempo. —¿Cuándo lo quieres aquí? —No mi niña, Bárbara es tu coartada, y no puede resquebrajarse, nos reunieremos en su departamento—. Habló Baris sirviendo una nueva copa, para continuar con el asunto de su hijo—. Murat estará contigo de esta manera, y por cierto, ¿cómo te fue en su reencuentro? —Baris no te hagas ideas locas —el Coronel volvió a reír—. Me haré su amiga, si debe odiar a la sicaria, que ame a la dama. Se despidió con un beso en la frente de Sinisterra, confiaba en él y si eso la acercaba al culpable de la muerte de Felipe, le haría caso sin rechistar. Entró a la casa para ver a Gabriel, abrió la puerta de la alcoba encontrando al joven recostado leyendo un libro. Al verla se le hizo extraño que su cabello y ojos fueran de otro color. Carmona le había indicado a Bárbara que hablara con él hacía unos días, pero no encontraba las palabras, sin embargo, era necesario que supiese como debía comportarse hasta que pudiesen dar con el paradero de Nohora, la cual, como era de esperar, fue cambiada de lugar por Nereida. German pedía un intercambio justo, tenerlo a él para presionar a Garzón, y la vida de Nohora se respetaría entregándola a Santa. Orozco la escuchó con calma, podía aceptar la propuesta de Nereida y colocar a su hermana al lado de la mujer que tenía enfrente, y que por lo visto mantenía dos vidas, o quedarse con ella para lo que bien tuviese mandarle. Bárbara lo observó detallando cada una de las expresiones de su rostro, si decidía quedarse estaría al lado de Baris, necesitaba ojos y oídos en lugares donde Gabriel entraría con facilidad si le adiestraba correctamente. —Nereida no dejará a mi hermana libre aunque yo me entregue —el chico parecía más inteligente de lo que demostraba—. Ella estará bien mientras pueda manejar los contactos del Ministro y de Christian. —Debes conocer a quien te ayudará a convertirte en un espía. —¿Danny? —el temor en la voz del pelinegro le causó una sonrisa, su segundo consiguió lo que necesitaba—. Ese hombre me da miedo, él quería… —Quería que dijeras la verdad para ayudarte, pero te comportabas como un estúpido mintiéndole. El menor la miró con rabia, actuaba como se lo enseñó Nohora, debía protegerse y para eso lo único que le servía era la lengua, ella siempre decía que era tan hiriente como una espada, mas le faltaba afilarla con la persona adecuada. —Ok, acepto que fui un imbécil, no obstante, ahora soy uno de tus aliados Santa Bárbara. La castaña extendió su mano para cerrar el trato, antes de marcharse lo miró desde la puerta recordándole la hora en la cual vendrían a buscarlo. —Tu tutor será el coronel Baris Sinisterra, trata de cumplir con lo que te diga, y por favor, estudia, porque él es peor que Carmona.
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