Amantes

2344 Palabras
Bárbara se despidió de Murat dejándolo en la puerta del edificio, miró la hora y tenía el tiempo preciso para llegar al lugar donde su segundo se encontraría con lo clientes. Ella se colocó la peluca y las lentillas, en esos casos cumplía con el papel de un guardaespaldas de Carmona se mantenía a prudente distancia evitando que los vincularan directamente, se suponía que Santa era independiente, trabajaba como sicaria al mejor postor. Posicionada se dedicó a observar a quienes estarían en la entrega, tan pronto el yate con la mercancía llegó a puerto, dio el aviso para que les informaran a los carros camuflados en los corredores entre los conteiner. De los tres vehículos descendieron primero los escoltas y luego los principales de cada Clan, Casimiro Flores del Norte, Timoteo Higuera del Llano, Viviana Lester de Sierra, ellos eran los encargados de registrar que los paquetes con el dinero de la venta estaban completos y libres de cualquier seguimiento, al fin y cabo, todos eran respetados personajes de Colbia. Listos para la revisión, un cuarto carro hizo aparición en el lugar, de este bajaron dos hombres que Santa reconoció de inmediato, el intercomunicador de la ojiverde sonó con la voz de Gabriel, el chico pedía instrucciones ya que no quería que German lo descubriera. Santa le dio la orden de quedarse oculto en el bote, ella estaría pendiente de la vida de Carmona, así mismo le dijo que no se comunicara, por su seguridad y por la necesidad de obtener un poco de información sobre el paradero de Nohora, Gabriel le dio la razón, se despidieron confiando que las cosas no tomaran un rumbo desagradable. —Mi querido Mago, me alegra volver a verte —la desagradable voz de Ministro le sacó una mueca a Carmona, la aseveración obligó a los presentes a verificar si era verdad encarando al ojimiel—. Dios no me digan que no se dieron cuenta con tanto tiempo trabajando juntos. La burla en esa situación no era la mejor posición, pero por lo visto Oscar Torres era intocable por los otros, ya que ninguno modificó la expresión impávida que le ofrecían a Daniel. —No soy El Mago, trabajo para esa persona, pero al igual que ustedes no tengo la menor idea de quien es, ya que se comunica bajo estrictas medidas de camuflaje y por espacios que evitan que detecte donde se encuentra. —Si quieres negarlo por mi esta bien belleza, yo quiero es ver si fuiste capaz de cumplir con lo prometido —concluyó la conversación el más bajo acercándose a los que ya estaban ahí, y a los cuales Carmona tuvo que pedir le acompañaran hasta donde se haría la entrega. Las cajas con pescado por encima fueron abiertas para ver en un segundo fondo, lejos del oloroso producto y del agua, un compartimento con maletines plateados. Cada grupo de valijas por carreta contenía el dinero de la inversión hecha por los clanes, los acompañantes de los jefes comenzaron el conteo ubicándose en las improvisadas mesas con máquinas que facilitaban la acción, en esos momentos Carmona ubicaba a uno de sus hombres frente a ellos para que no lo timaran, la sorpresa fue cuando Santa se ubicó delante de German y el Ministro. —¿Conseguiste un jefe de tiempo completo? —preguntó Nereida con burla. —No me niego a un buen trabajo —repuso sin darle importancia a lo que contenía el mensaje. Santa poseía la fama de ser excelente en su oficio, pocos lograban contratarla porque como asesino a sueldo, ella seleccionaba sus clientes y trabajos, además, el cobro por sus servicios para muchos era exagerado. Varias veces habían querido eliminarla, eso la volvía más esquiva y menos accesible. Oscar Torres había hecho bien su investigación, y conociendo el punto débil, según él, de todas las mujeres, trató de establecer quienes eran sus seres queridos, pero después de varias semanas se rindió, la persona que la protegía era astuta, porque cuando tenía una pista, esta se disipaba en el aire, por lo visto, la frase que soltó una vez era cierta, en su calidad de “matona” un amor equivalía a muerte. Torres decidió alivianar un poco el ambiente, sacó un cigarrillo y el encendedor de oro con el símbolo de magia que le protegía. —¿Cuándo me lo vas a devolver? —sin apartar la vista de la máquina de conteo, Bárbara contestó que nunca, el ruido del zippo que usaba Oscar se cerró—. Era su primer trabajo y necesitaba probarlo, pero este imbécil lo quería de gatillero, Gabriel no tiene la sangre fría, él es bueno para otros menesteres. —¿Cuánto te pagó Garzón? —la respuesta de Ministro le causó escalofrío, una suma tan alta como la que mencionó era irrisoria, ¿cómo alguien podía ponerle precio a un ser humano? La expresión en el rostro de Santa confundió al pelinegro que pensó que ella no creía que se hubiese ofrecido tanto por el muchacho. El hombre le explicó que pocas veces se tenía acceso a alguien con sus características, así que si lo devolvía podría sacarle el dinero que tuvo que darle como indemnización al bruto del candidato. Eso no tenía lógica, pensó Santa, si querían asesinarlo, ¿por qué entregarle a Gabriel? —Porque nunca hubo tal interés, te dije era una prueba, una manera de ensuciarlo y ponerlo de nuestro lado, ahora debemos valernos de algo más. No hubo comentarios adicionales, el dinero estaba completo, el contador firmó el papel y dejó sobre la mesa el monto de la comisión para El Mago, acto que repitieron los otros jefes de Clan, cada uno se subió a su coche y partieron sin pena ni gloria. Santa se aproximó notando el mal humor de su amigo, la manera como lo trataba Oscar lograba humillarlo, en todos sus años dentro del negocio, jamás fue catalogado de alguien impulsivo, pero en esos instantes quería meterle un tiro a ese imbécil por sentirse superior a él y, sobre todo, más inteligente. —Cuando llegue el momento el estúpido Ministro es mío —pronunció a la ojiverde que se colocó a su lado. —German me pertenece —la voz de Gabriel se escuchó tras la pareja. Santa asintió, por lo visto el líder de los Mercenarios sería su premio, no tendría que esforzarse por los esbirros porque sus amigos le limpiarían el camino. —Volvamos a casa, a partir de mañana debemos comenzar los preparativos de la siguiente fase. Carmona se disculpó con la pelinegra y el chico, él debía pagar a los transportistas y dejar el escenario como si no hubiese ocurrido nada, Santa se despidió sabía que Daniel iría al antiguo apartamento que le pertenecía y al día siguiente lo tendría temprano en la mansión. El ojimiel vio alejarse el carro con la pareja, trataría calmarse esa noche y para eso necesitaba estar solo, bañarse al punto de quitarse la molesta sensación que Torres le dejaba en las contadas veces que se vieron, el tipo era un asco, sin embargo, no podía hacer nada si seguía comportándose como una señorita ultrajada, requería más información, con el solo nombre y el alias, lo que consultó le sirvió para darse cuenta de que la policía sabía del hombre tanto o menos que lo que conocían de El Mago. Se despidió de sus subalternos y siguió hacia el carro que parqueó convenientemente frente a una de las bodegas de importaciones, no fue menos el disgusto cuando recostado en el capó se encontraba el estúpido de Ministro. Abrió el vehículo sin ponerle atención a la mirada que el tipo le lanzaba, se introdujo en este cerrando la puerta a esperas de un movimiento de Torres, el cual llegó hasta la ventanilla. —Por tu edad no puedo meterte en mi mercancía, pero si deseo tenerte en mi nómina con uno que otro beneficio —Carmona sintió que la bilis le subía a la boca—. Precioso quiero que hagamos negocios, dile a tu jefe que dimita a favor mío y te aseguró que las ganancias serán muchas, tienes tres días para dar tu respuesta. Oscar le pasó una tarjeta y lanzándole un beso, se marchó. —Te lo buscaste, una muerte lenta y dolorosa, bastardo. Murmuró Carmona con ira, miró la tarjeta y sonrió, tres días, una idea fugaz pasó por su cabeza, debía hablar con Baris, su venganza estaba dispuesta. En la mansión Barrera, Santa organizó lo recolectado esa noche, Carmona se marchó sin intención de volver y Gabriel ya estaba durmiendo, vio el reloj, era temprano, se cambió de ropa y salió en la motocicleta que utilizaba para los trabajos especiales, velocidad que estimulaba la adrenalina. Dejó el casco en la parte trasera de la moto y se aseguró de que no la fueran robar, por muy fino el sitio, nadie estaba exento de encontrarse con algún ladronzuelo buscando suerte en una noche donde todos parecían querer disfrutar. El salón estaba lleno, la música era espectacular, eso era lo que necesitaba después de tanto trabajo en la camaronera. Se dirigió a la barra, el cantinero la reconoció y le preparó un vaso con su bebida favorita, fijó la vista en la pista y vio lo que le pareció sería bueno para esa noche, hacía tanto que no se sentía como mujer que por primera vez desde la muerte de Felipe quiso compartir con alguien algo más que una buena charla como lo hacía con Baris, Sergio y Carmona. Gabriel era aún un niño, y el rol de madre sustituta o hermana mayor también le cobraba factura, era agotador a gran escala. Por la oscuridad y las luces pudo darse cuenta de un buen cuerpo, una apetecible estatura y un magnifico ritmo, con cuidado y midiendo el espacio para no tener problemas si había una pareja con quien le llamó la atención, empezó a moverse con bastante cadencia, hasta llegar a su presa tropezándola “accidentalmente” por la cantidad de personas en la pista. Nada la preparó para al dar vuelta y pedir disculpas, encontrarse con los ojos de Murat Sinisterra. El pelinegro reconoció de inmediato a la mujer delante de él, sin embargo, optó por mantener la sonrisa imbécil de quien está borracho y le invitó a bailar, la música cambió y ellos disfrutaron de un baile más sensual, quien supiese bailar lo que sonaba no vería nada de extraño en la manera como los dos cuerpos se unían, el problema vino cuando el joven apretó la cintura de Santa pegándola a su cadera. La ojiverde se separó saliendo de la zona de baile, sin dudarlo Murat la siguió, ella sabía donde estaba su padre, no iba a perder la oportunidad de averiguarlo. No obstante, cuando la vio encaminarse a la puerta, sintió la oportunidad se le escapaba de las manos. Necesitaba entablar cualquier conversación sencilla, incluso estúpida, pero que le diera alguna pista de Baris. —¿Por qué no te quedas? —Santa lo ignoró, se colocó el casco de la motocicleta y se dispuso a marcharse. Murat la tomó de la muñeca obligándola a mirarlo—. Dirás que es estúpido, pero quiero… —Si no tienes transporte, sube. Creo que ambos somos adultos y sabemos lo que queremos. En su vida había recibido una invitación tan sugerente, y menos de una mujer, se montó en la parte trasera del vehículo y dejó que le ganaran las ganas de una noche sin compromiso. Llegaron a uno de los tantos hoteles de amor que se encontraban en la zona roja de Guasaya, las manos de Murat viajaron por la ajustada ropa que Santa tenía, el cabello n***o y la combinación con los ojos que brillaban como esmeraldas rompieron su intención de ser un simple policía averiguando por el paradero de un secuestrado, tampoco le importó que, si descubría su intención, esa mujer lo dejara en ese lugar con una bala entre ceja y ceja. Bárbara regresó los besos, aquellos que en algún momento quiso que fueran para su yo de antaño en el aula de clase que compartían cuando iban a la universidad, pero no, Sinisterra hasta el día de ayer había compartido con ella en la finca y jamás se pasó del límite, un caballero completo, nada comparado con el hombre apasionado que recorría con la boca el cuerpo de Santa, la sicaria que casi lo mata en el pasillo de un hospital. Su piel vibró cuando la virilidad del pelinegro estuvo dentro de ella tocándole el punto que le provocaba mayor placer, en esos años de soledad después de la muerte de Felipe no intimó con nadie, no quería manchar el recuerdo de su marido, pero quizás el deseo escondido de quien siempre le llamó la atención, hizo que esta vez se rindiera disfrutando cada embestida y beso que le proporcionaba el placer de sentirse de nuevo deseada. Los jadeos y gemidos se mezclaban llenando la habitación, por primera vez Santa se olvidó de su condición de viuda, se sintió diferente y viva. Después de ese pensamiento se dejó llevar por la lujuria, quizás se debía ese espacio, volver a ser una mujer. El amanecer llegó y con este el recuerdo de lo que debió ser un encuentro casual donde los dos se separaran. —Quiero volver a verte —dijo Murat cuando su acompañante abandonó la cama—, pon las condiciones. —Si nos volvemos a encontrar, no me gusta nada formal, mi profesión me lo impide. La duda de que Murat supiese que era la gatillera que secuestró a su padre le estaba causando escozor. —A menos que seas una modelo o una asistente de vuelo, creo que todo se puede arreglar. Santa le sonrió, le daría el beneficio de la duda. Un beso suave en los labios y salió de la habitación. Murat se dejó recostó pensando en lo vivido, el celular sonó dentro del bolsillo de su chaqueta, se levantó para vestirse, leyó el mensaje, era momento de retomar su vida real.
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