Cuando la puerta de la oficina se abre sin que nadie se anuncie antes, Ben sabe perfectamente quién es y deja escapar un resoplido.
—Gabrielle, sabes que no me gusta que entres así. ¡Esto no es paseo!
—¡Ay, amor! —le dice acercándose y con el mismo tono lastimero de siempre—. ¡Tienes que correr a una de las mucamas, me habló horrible!
—¿Cuál de todas las más de ciento veinte? Porque todavía no tengo poderes de adivinación —le responde de mala manera, porque está muy atareado.
—Una pequeña, insignificante, de lentes gruesos y aspecto horrible. Le pregunté su nombre antes que bajara del ascensor de servicio… ¡Y se burló diciendo que se llama Pulgarcita Entrometida!
—¡¿CÓOOOMOOOO?!
Ben la ve con los ojos abiertos, salta de la silla y está a punto de salir gritando para llamar a Lizzy, pero se detiene cuando repara en el lugar en donde se la encontró, se gira casi como si fuera la niña de El Exorcista y le pregunta.
—¿Qué hacías tú en el ascensor se servicio? —ella abre los ojos y se pone nerviosa.
—Yo… yo no dije que estaba ahí…
—Sí, me dijiste que antes de que la mucama se bajara del ascensor de servicio, te dijo su nombre.
—Ah, sí, porque… porque yo estaba pasando por ahí y ella iba bajando, y… y yo le hice una pregunta, pero ella me respondió mal. Y la amenacé, ¡sí, la amenacé! Le dije que te diría su nombre para que la corrieras.
—¿Estás segura de que no me estás mintiendo?
—Ay, amor, yo jamás haría eso.
Ben solo asiente, sale para pedirle a su asistente que Lizzy se reporte en la oficina y manda a Gabrielle a casa, porque no le gusta regañar a sus empleados delante de otras personas ajenas al hotel.
Por supuesto que Lizzy se tarda, porque está atendiendo a un cliente y, si Ben la llama para regañarla, pues que sea solo por la palillo con patas y no por hacer mal su trabajo también. En cuanto deja la ropa en la tintorería del hotel, se va a la oficina de Ben, persignándose, aunque no es religiosa y rogando a todos los dioses del mundo que no la despida.
—Quetzalcóatl, Inti, Ra, Zeus, Odin, Diosito… el que sea que esté libre y escuchando, sálveme.
Cuando llega al piso, la asistente de Ben le dice que entre, por su puesto con el consabido gesto de desagrado por su apariencia, y Lizzy entra. Ben está en el escritorio, la mira con rabia y ella se acerca lentamente.
—¿Puedes caminar más rápido? No tengo todo el día. ¡Te tardaste casi una hora, Pulgarcita! —dice el nombre con los dientes apretados y ella sonríe con aflicción.
—Sí, porque el cliente era primero que tu regaño… aunque creo que eso ahora no importa, me vas a despedir después de todo por la grosera de tu novia.
—¡Dis-cul-pa?! Gabrielle no es grosera.
—Claro que lo es. Primero, me empujó cuando estaba esperando el ascensor, que por cierto es el de servicio, no tengo idea qué hace ella metida ahí. Segundo, me quiso correr del ascensor, el que es para empleados, lo que puso en riesgo mi trabajo por faltar a él y tercero, me gritó mocosa y que tenía que obedecerla porque ella es la novia del dueño, lo que la hace mi jefa… pero de eso en mi contrato no decía nada.
—¿Y cómo sé que no me estás mintiendo para que no te corra?
—Eso me da lo mismo, pero sabes muy bien que no soy una mentirosa —Ben sonríe con malicia, se pone de pie y se acerca a ella.
Lizzy retrocede, porque ya saben que le tiene miedo, pero choca con la silla y termina sentada en ella, de lo cual Ben se aprovecha y coloca sus manos en cada lado de la silla, quedando muy cerca de ella.
—¿No eres mentirosa?
—No, lo sabes muy bien.
—Entonces, ¿ya le dijiste a Percival qué es lo que haces aquí, exactamente?
—No… pero sabes bien por qué lo hago.
—En realidad, no tengo idea. Es tu hermano, no deberías mentirle.
—Si le digo la verdad, se decepcionará. Y ya es suficiente con que todo el mundo me vea con la misma cara, como para que mi hermano me vea de la misma manera.
—¿Y cómo es esa manera en la que todo el mundo te mira?
—Con aborrecimiento… menos tú, creo que eres el único que me ve con odio.
Ben se echa hacia atrás y la mira encogerse en el asiento.
«¡Demonios, sigue siendo un pollito mojado! ¡¿Es que no piensa crecer?!», se grita mentalmente y deja escapar un bufido. Camina de nuevo a su sillón y ella se pone de pie, sin levantar la mirada, por lo que sus ojos se van a un documento que Ben tiene encima.
—Mira, no te voy a despedir, te creo… —se detiene cuando la ve con el ceño fruncido y le pregunta—. ¡¿Qué estás husmeando?!
—Lo siento, mis ojos se fueron solos al error… —toma el papel y niega con la cabeza—. No sé quién demonios te maneja los números, pero esto está mal. Aquí no es setenta y seis, es ochenta y cuatro.
Le muestra el error y Ben toma la hoja para revisarla él mismo.
Y la nerd frente a él tiene razón.
—Siempre tan entrometida como siempre, por eso caes mal.
—Y por fea, no se te olvide eso. Por entrometida, inteligente y fea… si no tiene nada más que decirme, señor Rossi, me largo a mi trabajo.
—Espero no tener que verte más por el resto del día, Pulgarcita Entrometida —ella sonríe y asiente, para rematar cuando va saliendo.
—Y yo pretendo no verte por el resto de la semana.
Ben se pone de pie, pero ella ya ha salido. Por supuesto que corre como alma en pena hacia el ascensor, no sea que Ben ahora sí quiera correrla. Una vez dentro, cierra los ojos, respira otra vez y se dice que está tentando la suerte más de lo que debería.
En cambio, ese hombre se queda rumeando su humillación, porque sabe que Lizzy tiene razón, ella no es mentirosa, eso los metió un par de veces en problemas a él y Percival. Decide no decirle a Gabrielle que no le cree nada, porque Lizzy le dijo todo sin titubear, con su postura de abogada frente al juez que pone cuando está remarcando los hechos y porque sus ojos no se apartaron de él ni un segundo.
Para cuando reacciona de nuevo, comienza a revisar el famoso presupuesto, porque esa cifra que Lizzy encontró mal cambia muchas cosas, y lo peor de todo… su asistente ni siquiera lo notó.
Esa noche, después de terminar con su jornada, Lizzy está cansada, hambrienta y muerta de sueño. Pero feliz.
Sobrevivió.
Se salvó de que Ben la corriera dos veces y cuando termina de cenar, se va a su bodega. La tiende rápidamente, se mete a la ducha y, antes de meterse a dormir, decide salir a caminar un poco. Así, con su pijama de conejitos, el cabello suelto hasta la cintura, abundante y brillante a la luz de los escasos focos que hay por ahí.
Y mientras ella camina para respirar aire puro y relajarse, una figura la sigue con la mirada desde una distancia prudente, sin que ella se dé cuenta, y pensando en que Lizzy Evans tiene que salir de ese hotel lo antes posible.