Capítulo 5: Pulgarcita Entrometida

1287 Palabras
Lizzy sabe que la está buscando a ella, pero tiene más miedo a que sepa que está trabajando ahí, a que la regañe por las notas. Ben, por su parte, se ha dado una vuelta por el piso VIP, para saber si ya tienen a la persona correcta para el piso, y uno de los huéspedes que recién llegaba, lo felicitó por la nota que le dejaron en la almohada. Eso, por supuesto, le encantó, pero en el instante en que leyó la famosa nota… sintió terror. —No volveré a preguntar… —mira a todos lados, Lizzy respira hondo y levanta su mano con timidez, sin mirar. —Yo… yo, señor Rossi —dice con hilo de voz y Ben abre los ojos. —¡¿Lizzy?! —ella se voltea un poco, sin levantar la mirada y a Ben le da de todo—. ¡Salgan todos de aquí! ¡¡AHORA!! Lizzy solo cierra los ojos y se hace a la idea de que ni siquiera llegará a dormir a la bodega que le dieron, porque es obvio que Ben la correrá. Cuando sale la última mucama, Ben cierra la puerta con seguro y camina hacia ella con pasos largos. —¡¿Qué demonios haces en mi hotel?! —Tra-trabajando… —¡Ya sé que trabajando, no soy estúpido ni ciego! ¡Te veo con el maldito uniforme! —la acorrala contra los casilleros y ella mira a un lado, porque le tiene miedo—. Lo que quiero saber es, por qué demonios estás aquí. Habiendo tantos hoteles en la maldita ciudad, ¡¿por qué en el mío?! Lizzy aprieta los ojos, se encoge y suelta un sollozo. Ben siempre ha sido brusco con ella, pero ahora en verdad la está intimidando. Trata de no llorar, de no temblar y le responde lo mejor que puede. —Percival me postuló sin que lo supiera… ayer me seleccionaron para atender el piso VIP, porque sé hablar varios idiomas… —Ah, es cierto —él se aparta como si fuera la mayor revelación y mira la famosa tarjeta—. ¿Por qué escribiste esto? —Para motivar a los huéspedes, supongo. Para… mostrar que quien limpió su cuarto no es una más del montón. Y eso Ben lo sabe perfectamente, ella jamás ha sido una más del montón. Lizzy siempre ha sido una sabelotodo, entrometida y que siempre estaba por ahí riéndose, incordiándolos cuando él y Percival se reunían para estudiar. Mira la tarjeta con su hermosa caligrafía y lee: «Somos lo que hacemos repetidamente. La excelencia, entonces, no es un acto, sino un hábito.» —¿De quién era esta frase? —le pregunta y ella le quita la tarjeta. —Aristóteles —se la entrega, se quita el delantal blanco, quedando solo con el sencillo vestido n***o y suspira—. ¿Debo entregarle a Herman mi uniforme e identificación? —¿Eh? —Lizzy se limpia el par de lágrimas que se le escaparon y ella le dice. —Me imagino que me vas a correr, no es ningún secreto que nunca me has querido cerca de ti… no se te vaya a pegar la fealdad —Ben aprieta las manos, pero no le dice nada sobre su apariencia. —No te voy a correr, si te dejaron, es por algo. Además, me dijeron que terminaste muy rápido todo y necesito personas así en mi hotel. —Sí, don Raúl me dijo lo mismo. —¿Quién rayos es don Raúl? —ella lo mira con reproche y le responde mientras se coloca el delantal otra vez. —Lleva trabajando diez años, aspirando las alfombras de tu hotel, ¿y no sabes cómo se llama? Lo tuyo es increíble. —¿Disculpa? —sisea él, con su ojito saltando de nuevo. —Ya que eres mi jefe, esta es la última vez que me dirigiré hacia ti de esta manera… —lo mira a los ojos y le dice con todas las fuerzas que le quedan—. Eres un idiota. Ben se queda haciendo cortocircuito, mientras que ella pasa por su lado y deja el lugar antes de que él se arrepienta y la corra. Pero recuerda que le mintió a su hermano, así que se da la vuelta para regresar corriendo y termina chocando con Ben. La sostiene por la cintura, para que no se caiga y después se aparta de ella como si le fuera a pegar lo fea, eso es lo que siempre ha visto Lizzy. —Perdón, señor Rossi. Solo quería pedirle que no le comente a mi hermano qué hago aquí, porque él cree que soy su asistente. —¿Y por qué Percival piensa eso? —Porque es el único que espera lo mejor de mí, con permiso. Aquella alma triste y oscura baja la cabeza y se marcha a ver qué puede hacer con su vida. Ha conservado su trabajo, de momento, pero lo mejor que puede hacer es perderse lo más que pueda de los ojos de Ben, porque en cualquier momento le cobrará el que le dijera idiota. Él, en cambio, solo gruñe para sí mismo, mira a todos lados y se larga a su oficina, porque tiene mucho que hacer. Lizzy llega sonriendo al casino de los empleados, en donde suelen juntarse para descansar, beber un café y comer algo mientras pueden, porque nunca se sabe cuándo llegarán huéspedes. —¿No sería más sencillo tener los cuartos listos y ya? —pregunta una de las chicas nuevas. —Al señor Rossi le gusta que todo esté impecable, pero sin perder el tiempo ni recursos. Así que nos toca de esa manera. Todas asienten, Lizzy ve cómo todos están con su teléfono en la mano, pero ella no lo tiene. Y en ese momento entiende que, todas pierden tiempo porque revisan sus teléfonos mientras están trabajando. Y ella, al no tener distracciones, por eso se tardó menos. Saca un postre que tienen a disposición, que es su favorito. Se lo termina y cuando piensa en ir a recorrer el hotel, para conocerlo mejor, le avisan por la radio que todos cargan. “Atenta, Lizzy. La habitación 2008 requiere servicio de tintorería.” —Copiado, central. Se encamina al piso VIP, se alisa el uniforme y mientras espera el ascensor de servicio, una mujer elegante llega junto a ella, lo que le parece muy raro. Cuando las puertas se abren, la mujer la empuja para entrar primero y está por cerrar las puertas, pero Lizzy se mete de todas maneras y marca el piso 20. —¡¿Acaso el empujón no te dejó claro que no quiero subir contigo?! —No, porque este ascensor es de servicio. Si está perdida, puedo ayudarla a encontrar su cuarto. —¡Estúpida, yo no soy huésped! Yo soy la novia del dueño de este hotel, lo que me vuelve tu jefa. Lizzy cierra los ojos y se dice que no puede tener tan mala suerte como para encontrarse con esa mujer. Lo peor, es que cualquier cosa que diga o haga, ella se lo dirá a Ben y esa será la excusa perfecta para correrla. —Dame tu nombre, mocosa. Le diré a Ben sobre tu comportamiento. —Era que no… —suspira y le dice con firmeza, justo cuando las puertas de cualquier piso se abren—. Mi nombre es Pulgarcita Entrometida, que tenga un buen día, señorita. Gabrielle abre la boca con escándalo, se lleva una mano al pecho y decide cambiar la ruta, solo para delatar a esa estúpida que acaba de faltarle el respeto. Lo que no sabe, es que no saldrá como ella espera.
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