Tomás había vuelto a su apartamento, un penthouse en uno de los edificios más lujosos de Valencia. Se quitó su costoso traje para vestir prendas más cómodas. Vivía solo, amaba su independencia, a tal punto que no le gustaba tener gente trabajando en su hogar. Cuando era chico sus padres no tenían el poder adquisitivo que tienen hoy en día. Debían trabajar mucho por lo que la abuela de Tomás cuidaba de él a diario. Fue ella quien le enseñó a cocinar, a limpiar el hogar, utilizar la lavandería. No quería que su nieto fuese un niño mimado, quería que siempre recordara sus orígenes, algo por lo que Tomás siempre le estaría agradecido. Ella era su luz, la única mujer en su vida luego de la muerte de su madre.
Revisó la nevera, era hora de hacer las compras mensuales, por lo que decidió preparar unos simples espaguetis con salsa de gambas y limón. Mientras preparaba los utensilios, seguía pensando en aquella morocha de ojos avellanas, ese espíritu guerrero, la voluntad de querer luchar por sus derechos, la habilidad para buscar soluciones. Había algo en él que le fascinaba de esa mujer, creía conocerla pero tenía un rostro genérico, físicamente no era como las mujeres que acostumbraba a salir, pero mentalmente estaba seguro que ella estaba muy por arriba de sus conquistas de fin de semana. Ensimismado en sus pensamientos, oyó su teléfono que había dejado en su habitación. > pensó y no contestó. El teléfono volvió a sonar, irritando a Tomás. > bufó.
- ¿Quién habla? - dijo en un tono frío.
- Buenas noches señor Tomás, perdón la hora. Soy Mérida Aráoz, no sabía a quién más llamar pero si está ocupado me comunico con usted mañana. - dijo con inseguridad.
Tomás no podía creer que la joven en la que estaba pensando estuviese del otro lado de la línea y que lo considerara cómo a la única persona a la que podía llamar.
- ¡Mérida! - exclamó con alegría - su llamada no es molestia, me alegra que lo haya hecho. ¿En qué puedo ayudarle?
Mérida temblaba y sudaba de los nervios. El hombre que a la mañana había sido un c*****o, ahora se alegraba por su llamado. Todo le resultaba extraño pero ya no sabía en quién confiar. Tendría que empezar a jugar estratégicamente.
- Tomás se que usted es un hombre de negocios, me lo ha explicado hoy. Quería saber si... - los nervios la consumían, no sabía cómo decirlo- si quizás usted...
- Mérida se que no nos conocimos en las mejores circunstancias y puedo notar que se encuentra nerviosa, simplemente dígalo, el no ya lo tiene, busquemos el si. - Tomás se maldecía por lo que acaba de decir, ahora Mérida no se atrevería a hablar.
- Tiene razón, disculpe. Quería saber si tiene alguna propiedad disponible de las que suele salvar. Sería para pasar la noche solo por hoy, no creo poder volver a mi hogar.
Mérida se sentía muy avergonzada de estar pidiéndole un favor al hijo del hombre que quería comercializarla pero quería confiar que él no la entregaría a Roberto. Por otro lado, Tomás sintió un revoltijo de emociones en su estómago, estaba preocupado por ella pero feliz porque buscaba ayuda en él, confiaba en él.
- Claro que tengo propiedades, muchas de hecho - se maldijo nuevamente por ser arrogante - pero el único inconveniente es que son inmuebles vacíos y en su mayoría en refacción...
Mérida se sintió humillada, no tendría que haberlo llamado en un principio pero debía intentarlo. Siempre tenía un plan B y era su querido auto.
- Discúlpeme Tomás, no quise ser ventajista de su posición. Lo llamaré en estos días cuando haya leído el contrato. ¡Muchas gracias!
- Espera Mérida - dijo con preocupación y nerviosismo - se que nos conocimos hoy y quizás no confíe en mí, pero si no tiene donde dormir puede venir a mi hogar. Tengo una habitación de invitados que ya acondicionaré para ti. Piénselo, no quiero que pase una noche afuera con la tormenta que se avecina...
Tomás estaba nervioso, jamás había actuado de esa manera impulsiva con una mujer, menos invitarla a su hogar. Jamás llevaba mujeres, solo su abuela. A Mérida le resultaba extraño, tenía cierto temor pero también era cierto que la tormenta estaba cerca y en esta época del año eran muy fuertes.
- Si realmente no es molestia para usted, acepto. En este momento estoy saliendo de Gandía, en unos 30 minutos estaré allí. ¡Muchísimas gracias!
- Por favor no me agradezcas, ahora te envío por mensaje mi dirección. Conduce con cuidado.
Tomás estaba confundido, ¿por qué se preocupaba por ella? Era una completa desconocida, sólo sabía lo que su padre le mostró de sus archivos. Pero había algo, sentía una conexión, algo difícil de explicar.
Mérida apresuró su marcha y fue directo al hogar de Tomás. Sabía que tenía dinero pero no que era asquerosamente rico como para vivir en este lugar. Aparcó su vehículo justo cuando comenzó a llover. El recepcionista del edificio la recibió y le indicó cómo ir hasta el penthouse, diciéndole que el señor Saavedra la estaba esperando.
Estaba mojada, con frío, los 50 pisos en el elevador eran eternos, con esa música molesta típica de oficina. Al indicar el número 50 se abrieron las puertas y se encontró con un lujoso recibidor blanco, con algunas flores frescas decorando. Se dirigió a una puerta doble de color claro y dio tres golpes en la puerta.
Del otro lado Tomás estaba terminando de preparar la cena, ya tenía lista la habitación para Mérida. Estaba nervioso. Al escuchar la puerta fue intentando parecer calmado y seguro. > pensó. Al abrir la puerta se encontró con la joven morocha, con su ropa empapada y una mirada pérdida.
- Mérida por favor pasa, debes estar helada. Permíteme mostrarte tu habitación y el baño, puedo darte ropa seca porque vas a resfriarte. Tómate todo tu tiempo, en unos minutos termino la cena.- dijo muy nervioso, sentía que no podía estar callado pero no quería aturdirla, sabía que había tenido un día difícil.
- Realmente le agradezco Tomás. Tenía razón sobre la tormenta y yo pensaba dormir en mi auto.- dijo con una sonrisa tímida mirando el piso.
- Mujer no tienes que darme las gracias, es lo que haría cualquier ser humano. Ven sígueme.
Mérida lo siguió, sentía que tenía 15 años y estaba en su primera cita pero ahora con 27 años y todo un trayecto recorrido luchando por sus derechos, se sentía tímida, indefensa, todas sus barreras intentaban derrumbarse.
Tomás no tenía ropa de mujer, solo un sweater de su abuela, por lo que decidió prestarle una sudadera y un pantalón deportivo.
- Esta es la ropa que puedo prestarte, mi abuela solo ha dejado este abrigo, nunca quiere dejar un pijama o una blusa. Creo que mi ropa te irá bien. Cuando estés lista avísame así pongo tu ropa en la secadora.
- Gracias Tomás, eres un buen hombre.
Tomás se dirigió a la cocina con una sonrisa y levemente sonrojado. Ella decidió tomar un baño apresurado con agua caliente y cuando se vistió con las prendas pudo sentir un aroma a cedro, con tonos cítricos. >
A los pocos minutos Mérida se aproximó a la cocina, olía muy bien y su estómago con un rugido le hizo saber que estaba hambrienta. > pensó, con un leve tono rojizo en sus mejillas.
- Creo que alguien tiene hambre -dijo Tomas con un tono que sonaba a burla pero sus ojos mostraban algo similar a la ... ¿ternura?- ven, sentémonos. Espero que te guste, es lo único que tenía en la nevera. No es digno de estrellas Michelin pero la salsa casera es de las mejores que vas a probar.
- No sabía que un hombre tan importante y con mucho trabajo también sabía cocinar.
- Así es, cuando era chico mi abuela me enseñó todo lo que hoy se. No quería que al crecer fuese un hombre que dependiera de terceros para vivir, por eso no tengo empleados. Me gusta encargarme de mi propia casa y mi comida - dijo mientras servía dos copas con vino tinto.
- ¡Ojalá muchos más hombres pensaran como usted! Ya demasiados existen que tienen mujeres como trofeos y las limitan a solo los quehaceres del hogar. Y permítame decirle que esta pasta sabe deliciosa.
Tomás observaba como la joven comía con delicadeza, realmente estaba disfrutando su comida. Era una mujer sencilla. Cuando la vio entrar a la cocina vistiendo su ropa una sensación de placer lo embriagó. Su pantalón era grande pero ella supo como colocarlo para que le quede bien, su remera permitía que se resaltara su busto. No podía dejar de apreciarla.
- Tomás, ¿se encuentra bien? - preguntó asustada. Esto lo despertó de sus sueños - no ha probado su comida aún
- Si, perdóname. Estaba pensando en que pronto tu ropa estará lista. - comenzó a jugar con su tenedor- Mérida por favor puedes tutearme, me haces sentir viejo y sólo tengo 30 años. - dijo con gracia.
- Tienes razón discúlpame, no me gusta ser grosera.
La cena continuó en una charla amena sobre sus épocas en la universidad, sus trabajos. Ambos sentían admiración por el otro. Tomás admiraba la inteligencia de ella, su facilidad para explicar sus investigaciones, podía notar que realmente era una apasionada. No sabía qué les estaban ocultando sus padres para obligarla a casarse. Ella era un alma libre, inteligente, bella, no necesitaba de un esposo pactado.
Mérida observaba con atención a Tomás mientras le contaba sobre su trabajo, los eventos que tenía que ir por obligación. No entendía por qué quería un contrato de matrimonio por 5 años con ella. Era un hombre muy atractivo, con dinero, que sabía apreciar la labor de las mujeres y que podía casarse con cuanta mujer hermosa conociera. No lograba terminar por comprender este absurdo contrato.
- Tomás tengo que ser sincera contigo. Con todo lo que me cuentas puedo ver que eres un hombre realmente exitoso, bueno, caballero. ¿Por qué quieres que me case contigo? Estoy segura que has tenido muchas novias y cualquiera aceptaría casarse. ¿Por qué yo?
- Desde hoy a la mañana me he estado preguntando lo mismo. Mi padre insistió que ambos debíamos ser parte de esto, hasta él estipuló la cantidad de años. Supuse que era alto que tú habías impuesto, pero cuando vi como te desesperabas en la oficina, pude darme cuenta que no sabías qué estaba pasando. - dice pensativo- mi padre suele hacer todo tipo de contratos, no te voy a mentir, pero es la primera vez que me involucra en algo así. Supuse que él y Roberto tendrían sus razones.
- ¿Y cuáles serían?
- No lo sé. Desde que te fuiste de la oficina me quedé observándolos, intentando descifrar qué esconden, pero no lo sé. Mi papá siempre me cuenta todo, solo nos tenemos a nosotros dos. Lo he llamado y no me ha devuelto las llamadas.
- Si es real lo que me dices, ¿somos dos marionetas de nuestros padres?- dice nostálgica.
- Así parece.- ambos se quedan en silencio, observando sus copas.
Tenían mucho para pensar. Ella llegó creyendo que él era parte de este plan macabro pero aparentemente también era víctima de su padre. ¿Sería cierto o era un muy buen actor?
- Mérida ya es tarde y debo madrugar, por favor quédate aquí todos los días que sean necesarios, hasta que tu mente encuentre paz. Tu padre jamás pensará que estás aquí.
- Eres muy amable pero no quiero abusar de tu confianza. Además no tengo ropa.
- ¡Oye mujer, que te estoy invitando! Por la ropa no te preocupes, yo me encargo. Además será divertido tener una compañera de piso, es algo que no pude disfrutar en la universidad. - agregó con cierta coquetería.
- Que descanses Tomás
- Tu también Mérida
Y así ambos se fueron a dormir, con muchas cosas para pensar.