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EL REGRESO DE LA FORTUNA DESATENDIDA

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"El Regreso de la Fortuna Desatendida" es una historia de pasión, superación y cambio que sigue a Valentina Villarreal, una mujer que pierde su vida y su corazón por un amor no correspondido, pero que obtiene una segunda oportunidad al regresar al pasado. En lugar de repetir sus errores, decide construir un futuro basado en el trabajo duro, la generosidad y el respeto, transformando no solo su propia vida, sino también la de quienes la rodean. A través de sus acciones, muestra que la verdadera fortuna no está en el dinero, sino en la capacidad de ayudar a los demás y encontrar el amor que realmente merece.

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CAPÍTULO 1: EL ÚLTIMO SOPLO
El sol de enero calentaba los cristales del salón principal de la mansión Villarreal, pero dentro reinaba un frío que no tenía nombre. Valentina Villarreal yacía sobre su cama de terciopelo rojo, su cuerpo huesudo y pálido bajo las sábanas de lino egipcio. Sus ojos, que alguna vez habían brillado con la intensidad de un fuego inextinguible, ahora apenas podían mantenerse abiertos. A su lado, el doctor Martínez ajustaba la bomba de morfina con una mirada de compasión, mientras la señora Rosa, la nodriza que la había criado desde que era bebé, sostenía una tela de algodón para limpiarle la frente sudorosa. —Señorita… ya no queda mucho tiempo —murmuró el médico en voz baja, como si temiera romper el frágil silencio que envolvía la habitación. Valentina movió débilmente la cabeza, señalando con su mano huesuda hacia la puerta. Sabía quién quería ver antes de cerrar los ojos para siempre. Después de cuatro años de esperanzas, de ilusiones rotas, de dar todo lo que tenía sin recibir nada a cambio, solo quería una verdad. Una verdad que le hubiera gustado conocer mucho antes. —Deje que entre… por favor —susurró, su voz apenas audible. La puerta se abrió lentamente, y entró Diego Ramírez, el hombre por quien había arruinado su vida. Con sus ojos oscuros y su figura alta y delgada, seguía siendo el mismo muchacho que había llegado a la mansión hace ocho años, cuando su padre había sido contratado como chófer de la familia Villarreal. En ese entonces, él tenía dieciocho años y ella veintiuno. Ahora, con veinticinco y veintinueve respectivamente, la brecha entre ellos parecía más grande que nunca, aunque no por la edad, sino por la mentira que había tejido alrededor de sus vidas. —Valentina —dijo él, acercándose a la cama con paso vacilante. No podía evitar sentir un nudo en la garganta, aunque no fuera amor lo que sentía por ella. Era culpa, sí, mucha culpa. —Diego… —susurró ella, extendiendo su mano hacia él. Él la tomó, y sintió cómo su piel estaba fría como el mármol de los suelos de la mansión—. Todo lo que hice… lo hice por ti. Te di mi dinero, mi casa, mi confianza… incluso conseguí que tu padre fuera ascendido a jefe de mantenimiento, que tus hermanos estudiaran en las mejores escuelas… ¿nada de eso fue suficiente? Diego cerró los ojos por un instante. Sabía que no debía decirlo ahora, cuando ella estaba a punto de morir, pero Valentina siempre había exigido la verdad, incluso cuando era dolorosa. —No, Valentina. Nunca fue suficiente porque yo nunca te amé —confesó, y sintió cómo su mano se tensaba en la suya—. Desde el primer día en que te conocí, mi corazón pertenecía a otra persona. A Camila. El nombre cayó en la habitación como un rayo en un día claro. Valentina sintió cómo el último resto de fuerza la abandonaba. Camila Suárez, la joven diseñadora que había trabajado en la tienda de ropa de lujo que ella misma había financiado para Diego. La misma que él había casado en secreto hacía dos años, y a la que había comprado una casa en las afueras de la ciudad con el dinero que Valentina le había dado. —¿Por qué? —preguntó ella, con lágrimas que no podían salir de sus ojos secos por la enfermedad—. ¿Por qué me mentiste durante tanto tiempo? —Porque necesitaba el dinero para ayudar a mi familia, y tú estabas dispuesta a darlo todo sin preguntar —respondió él, con la voz rota—. Pero nunca pude amarte. Camila es la única para mí. Ella me ama por lo que soy, no por lo que puedo conseguir con su dinero. Valentina rio, una carcajada débil y triste que se convirtió en una fitz de tos. La señora Rosa corrió a su lado, apoyándole la cabeza sobre su pecho, mientras el doctor ajustaba nuevamente la medicación. —Y ahora… ahora que estoy a punto de morir, ¿qué vas a hacer? ¿Te quedarás con todo lo que te di? —preguntó Valentina, mirándolo a los ojos con una intensidad que lo hizo temblar. —No. Camila y yo hemos decidido devolver todo —dijo Diego, sacando un sobre de su bolsillo—. Los documentos de la tienda, la casa, las cuentas bancarias… todo vuelve a ser tuyo. No queremos nada de lo que fue conseguido con tu sufrimiento. Valentina negó con la cabeza, sacando una hoja de papel de debajo de su almohada. Era su testamento, ya firmado y sellado por el notario. —No. Ya es demasiado tarde para eso —dijo ella—. He dejado todo a tu familia. A tu padre, a tus hermanos… incluso a Camila. Pero hay una condición. Tú, Diego Ramírez, nunca podrás tocar un solo peso de esa fortuna. Tendrás que trabajar como lo hiciste al principio, como chófer. Ese es mi último deseo. Diego abrió la boca para protestar, pero la mirada de Valentina le impidió hacerlo. Sabía que se lo merecía. —También he dejado instrucciones para que se investigue cómo fue que contraje esta enfermedad —continuó ella, y vio cómo en los ojos de Diego apareció una sombra de miedo—. La enfermedad que me está matando no es natural, Diego. Alguien la provocó. Alguien que quería que yo muriera antes de descubrir la verdad. Él palideció. Sabía de lo que hablaba. Camila había mencionado alguna vez que conocía a alguien que podía ayudar a "deshacerse" de Valentina para que ellos pudieran quedarse con el dinero sin problemas. Pero él nunca había dado su consentimiento, nunca había imaginado que llegaría a esto. —No lo sabía —murmuró él, pero Valentina solo rio nuevamente. —Lo sé. Eres demasiado bueno para pensar en algo así. Pero ella no —dijo ella, cerrando los ojos lentamente—. Ahora déjame en paz, Diego. Quiero morir sola, como viví estos últimos cuatro años: esperando un amor que nunca llegó. Diego soltó su mano y se retiró de la habitación, sintiendo cómo las lágrimas finalmente caían por sus mejillas. Mientras salía, vio a Camila esperándolo en el pasillo, con una expresión nerviosa en su rostro. Pero él no le dijo nada; simplemente pasó de largo, sabiendo que su vida nunca más sería la misma. Dentro de la habitación, Valentina sintió cómo la oscuridad comenzaba a envolverla. Pensó en todos los errores que había cometido, en cómo había dejado que el amor ciego la llevara al abismo. Si pudiera volver atrás, si pudiera cambiar las cosas… pero ya era demasiado tarde. Su último pensamiento fue para ese día en que lo había conocido, hace ocho años, cuando él había llegado a la mansión con su padre, con esa sonrisa tímida y esos ojos llenos de esperanza. —Si pudiera volver a ese día —susurró antes de cerrar los ojos para siempre—, haría las cosas de manera diferente. Y en ese instante, una luz brillante envolvió toda la habitación, tan intensa que la señora Rosa tuvo que taparse los ojos. Cuando dejó de brillar y miró hacia la cama, la figura de Valentina había desaparecido. CAPÍTULO 2: EL DÍA QUE TODO EMPEZÓ Valentina abrió los ojos con un sobresalto, sintiendo cómo su corazón latía a mil por hora. Estaba acostada en su cama de terciopelo rojo, pero esta vez su cuerpo sentía fresco y fuerte, sin el dolor que la había atormentado durante meses. Se sentó rápidamente, mirando a su alrededor con incredulidad. La habitación era exactamente como recordaba hace ocho años: las cortinas de terciopelo n***o, el tocador de cristal y oro, el cuadro de su abuela que había colgado en la pared derecha. —¿Qué está pasando? —murmuró, tocándose la cara con las manos. Su piel estaba suave y joven, sin las arrugas ni las marcas de la enfermedad. Bajó la mano hasta su abdomen y sintió cómo su estómago estaba plano y fuerte, sin la hinchazón que la había acompañado hasta el final. Entonces escuchó un ruido en el pasillo, seguido de los golpes suaves de los tacones de la señora Rosa en el suelo de madera. La puerta se abrió y apareció la nodriza, con su rostro más joven y sin las canas que había tenido en sus últimos días. —Señorita Valentina, ya es hora de levantarse —dijo ella, con una sonrisa cálida—. Hoy llega el nuevo chófer y su familia. El señor Villarreal quiere que estés presente para darles la bienvenida. Valentina se quedó helada en la cama. El nuevo chófer. Su padre había contratado a don Ramón Ramírez hace ocho años, justo en este día. Y con él había venido su hijo mayor: Diego. Se bajó de la cama corriendo y se acercó al espejo. Allí la miraba la misma Valentina de veintiuno años que había sido antes de conocer a Diego: cabello castaño largo y ondulado, ojos verdes brillantes, rostro lleno de vida y optimismo. No podía creerlo. Había vuelto al pasado. Había conseguido la oportunidad que había pedido antes de morir. —Señorita, ¿está bien? —preguntó la señora Rosa, preocupada al verla mirarse fijamente en el espejo. —Sí, sí… estoy bien —respondió Valentina, sacudiéndose la cabeza para volver a la realidad—. Solo… me he despertado con mucha energía hoy. Déjame cambiarme rápidamente y bajo enseguida. Mientras se vestía con un vestido de seda azul marino que le favorecía mucho, Valentina pensaba en todo lo que había pasado en su vida anterior. En cómo había entregado su fortuna, su corazón y su dignidad a un hombre que nunca la había amado. En cómo Camila había planeado matarla para quedarse con el dinero. En cómo su ceguera por el amor la había llevado al desastre. Pero ahora todo era diferente. Ahora ella tenía la oportunidad de cambiarlo todo. No volvería a cometer los mismos errores. Esta vez, ella sería la que mandara. Esta vez, el amor no la cegaría. Bajó las escaleras con paso firme, encontrándose con su padre en el salón principal. Don Fernando Villarreal era un hombre alto y distinguido, con el cabello canoso y los ojos severos que siempre la habían hecho sentir pequeña. Pero ahora, Valentina miraba a su padre con nuevos ojos. En su vida anterior, él había muerto de un infarto tres años después de que ella comenzara a dar dinero a Diego, y ella nunca había tenido la oportunidad de decirle lo mucho que lo amaba, ni de pedirle perdón por haber desperdiciado la fortuna que él había construido con tanto esfuerzo. —Papá —dijo ella, acercándose a él y besándole la mejilla. Don Fernando la miró sorprendido; Valentina nunca había sido tan afectuosa con él. —Hija mía. ¿Te sientes bien? —preguntó él, poniendo una mano en su hombro. —Sí, papá. Nunca me he sentido mejor —respondió ella, con una sonrisa segura—. Estoy lista para conocer al nuevo chófer y su familia. En ese momento, la puerta principal se abrió y entró don Ramón Ramírez, seguido de su esposa doña María y sus tres hijos: Diego, de dieciocho años; Carlos, de quince; y Ana, de doce. Valentina sintió cómo su corazón dio un vuelco al ver a Diego de nuevo, tan joven y con esa misma sonrisa tímida que la había enamorado en su vida anterior. Pero esta vez, ella no dejó que la emoción la dominara. Mantuvo la calma, observándolo con frialdad. —Señor Villarreal, mucho gusto —dijo don Ramón, estrechando la mano de su padre—. Este es mi hijo Diego, mi esposa María y mis otros hijos Carlos y Ana. Don Fernando saludó a cada uno de ellos con cortesía, mientras Valentina se mantenía a un lado, observándolos atentamente. Cuando sus ojos se encontraron con los de Diego, él le sonrió tímidamente, pero ella solo le devolvió una leve inclinación de cabeza. —Es un placer conocerlos —dijo Valentina, con una voz clara y segura—. Espero que se sientan cómodos en nuestra casa. Mi padre ha preparado unas habitaciones para ustedes en el ala oeste de la mansión. La señora Rosa les mostrará el camino.

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