Capítulo 5

1109 Palabras
No podía creer que estuviera llorando, le cortaba el rollo. Miró sus tetas bamboleándose como gelatina firme mientras se la follaba. Recordó con quién estaba, la chica más deseada por todos. Se olvidó de sus lágrimas mientras intentaba ver más allá, deseando ver cómo su polla se hundía dentro de ella, él siempre sería su primera vez, siempre sería el primero que se había follado a la tía más buena que nadie conocería nunca, iba a explotar de gozo. ¿Aquello era el sexo? ¿Eso de lo que todos hablaban? Deseó que, en lugar de un hermano lunático, hubiera tenido una hermana mayor, todo hubiera sido más fácil, ella podría haberle explicado esas cosas de las que no tenía ni idea y que no podía hablar con nadie. En cinco sacudidas más, Eduardo se dejó de mover dentro de ella, salió del todo de su interior provocándole un nuevo latigazo de dolor y se dejó caer a su lado en la cama. ―Ha estado bien, Karla ―dijo sintiéndose relajado, se pasó los brazos por detrás de la cabeza y cerró los ojos―, irás mejorando. ―¿Que iré mejorando? ―preguntó ella en un grito―. ¿Tienes idea del daño que me has hecho? ―lo miró sin comprender cómo podía tener esa estúpida sonrisa en la cara después de lo que había hecho, se apartó las lágrimas de la cara―. Me has hecho mucho daño. ―La primera vez siempre duele, no seas pesada, anda guapa. A Karla no le hizo ninguna gracia el retintín que había utilizado, la condescendencia con la que hablaba, como si le molestara, encima de que había hecho eso por él, por complacerlo. ―A ti no te ha dolido ―reflexionó en voz alta, se puso de lado mirándolo―. ¿Lo habías hecho antes?―Ya sabes que no ―mintió de nuevo, había perdido la cuenta de tantas mentiras en una tarde―, a los chicos no les duele, no te preocupes, cuando volvamos a hacerlo no te dolerá. ¿Cuando volvamos a hacerlo? Se preguntó Karla, ella no pensaba volver a pasar por eso, no comprendía dónde estaba lo divertido en eso, tanto revuelo para pasar ese mal rato. Sintió que algo bajaba por su pierna, un líquido caliente bajaba por su pierna, se llevó la mano hacia la humedad y vio que era sangre, sangre y algo más. ―Eduardo, estoy sangrando ―dijo asustada―, me has hecho mucho daño ―lo zarandeó y él siguió allí tumbado tan tranquilo mientras ella creía que se desangraba―. ¿Qué voy a hacer ahora? ¿Qué voy a decirle al Doctor Meyer? ¡Mis padres van a matarme! ―¿Puede callarte de una vez, Karla? ―le gritó abriendo los ojos. Karla se tiró hacia atrás, no esperaba que le hablara así, Eduardo nunca le gritaba. ―¿Por qué te enfadas conmigo? ―preguntó sin comprender. ―Porque no te estás desangrando ―vio que realmente estaba asustada, se obligó a aligerar el tono de voz―. ¿Es que no te han explicado nada? ―¿Quién? ―contraatacó ella―. ¿Mi madre? ¿Mi padre? ¿Mi hermano? ¿La hermana Mary? No, claro que no, pensó Eduardo, ella no tenía ni idea de nada, como siempre. Por eso las chicas de la universidad eran mejores que ella, no tenía por qué conformarse con Karla solo por ser la más guapa, cuando tenía a esas chicas liberales que lo complacían mucho mejor. ―Eso es normal, a veces la primera vez se sangra un poco ―volvió a cerrar los ojos―, ve a lavarte y hazme algo de merendar antes de que me vaya, tengo hambre. Karla quiso golpearlo sin parar, estaba asustada y él parecía tan indiferente que tenía ganas de volver a llorar de nuevo. Se levantó de la cama y fue al baño, intentó tranquilizarse. Eduardo había dicho que era normal, así que debía tranquilizarse. Se duchó y se vistió con su ropa normal. Fue a la cocina y abrió la nevera preguntándose qué podía hacerle. Ella no tenía ni idea de cocinar, ni quería tenerla; a su madre le encantaba la cocina, pero ella no era su madre, eso estaba claro. Le hizo un sándwich de pavo con un par de hojas de lechuga y mayonesa, a ella le encantaba la mayonesa, si pudiera la comería con todo, pero sabía que engordaba, y no estaba dispuesta a engordar un centímetro su cuerpo. Tenía un cuerpo estilizado y con curvas, quizás no tuviera las caderas de Marilyn, pero aun así no quería cambiarlo. A Eduardo el sándwich le pareció asqueroso, por supuesto, no se lo dijo. ―¡Eduardo! ―exclamó viendo una mancha en la cama de sus padres―. Hemos manchado la cama. ―Límpiala ―se encogió de hombros y dejó el sándwich sobre la cómoda. ―¿Con qué se limpia? ―preguntó ella mirando como él se vestía. ―Yo qué sé, Eli ―se quejó Eduardo harto de sus quejas y de que hiciera un drama de todo―, mi madre se encarga de esas cosas… Eres una mujer, deberías ponerte las pilas. Lo ignoró y volvió a mirar la mancha, no podía dejarla ahí, a su padre le daría un ataque. No tenía ni idea de con qué quitarla, ella no lavaba la ropa, eso lo hacia su madre también. ―Me voy de aqui ―anunció Eduardo. ―¿Cómo que te vas? ―preguntó ella agrandando los ojos―. No puedes dejarme con ese marrón ―señaló la colcha estampada de la cama de sus padres. Eduardo pasó olímpicamente de Karla, le besó la mejilla y le dijo que la visitaría en las vacaciones de navidad, alegando que le resultaba muy caro ir hasta allí desde la universidad. Karla intentó limpiar la colcha, pero cuanto más frotaba, más amplia y grande se hacía la mancha; desesperada, la secó con el secador de pelo. A pesar de que nunca se acercaba a la lejía, frotó la mancha con ella; al secarla, el dibujo se difuminó, pero la mancha siguió allí. El tiempo se le echaba encima, sus padres llegarían en breve e hizo lo único que podía hacer, darle la vuelta y cruzar los dedos para que no se dieran cuenta. Cuando estos llegaron a casa, su madre no comprendía el olor a lejía en las manos de su hija, ella no tocaba un utensilio de limpieza así le cortaran las manos.
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