Todo ardía. No solo su cuerpo. También su mente, su pecho, su voz interna. Todo lo que había guardado, todo lo que había temido admitir… ahora estaba ahí, a flor de piel. Marco no la trataba como si fuera frágil. No le preguntaba si estaba bien. No la contenía. La leía. Y había entendido exactamente lo que necesitaba. No flores. No ternura. Dominio. Fuerza. Dolor… mezclado con placer. El primer golpe le había robado el aliento. Pero no por el dolor físico. Fue por la sacudida que le dio al alma. Era libre. Por fin. Libre de fingir que quería delicadeza. Libre de sonreír cuando lo que deseaba era ser marcada. Libre de aceptar que su deseo era salvaje, oscuro, profundo. Y que eso no la hacía menos mujer. La hacía más viva que nunca. Marco la sujetaba como si fuera suya, p

