Despertó envuelta en calor, en cuerpos y en algo que no sabía cómo nombrar. Había dormido entre ellos, entre sus respiraciones profundas, los latidos sincronizados y ese olor a piel mezclada, a sudor y deseo. Pero lo que la sorprendió no fue eso. Fue el silencio. No el incómodo. El cargado. El que aparece cuando todo se desordena por dentro. Abrió los ojos despacio. Marco ya estaba despierto. La miraba desde el borde de la cama, sin decir nada, como si pensar demasiado fuera peligroso. Y Dante se apoyaba contra la pared, camisa abierta, cigarrillo apagado entre los dedos, sin atreverse a encenderlo. Los dos la miraban distinto. No había lujuria en sus ojos. Había… algo más. Algo que le apretó el pecho. ¿Era ternura? ¿Era culpa? ¿Era miedo? —¿Pasa algo? —preguntó, incorporán

