La mañana avanzaba lenta, espesa, cargada de lo que no se dijo después de aquella noche. Y ella… necesitaba aire. Así que se vistió, bajó a desayunar, y encontró algo de tranquilidad en la cocina de aquella enorme casa que parecía cárcel con paredes de lujo. Y entonces lo vio: Leandro. Uno de los hombres que trabajaba con los hermanos. Joven, atractivo, de sonrisa fácil y mirada atrevida. Hablaron poco. Cosas simples. Pero Elena rió. Y ese fue el error. Porque a los pocos minutos, Marco entró. Y después, como si lo hubiese olido desde lejos, Dante. Sus presencias llenaron la habitación al instante. Leandro bajó la mirada apenas. Elena se giró, ya sabiendo lo que venía. Marco no la tocó. No le gritó. Solo la miró con una tensión en la mandíbula que dolía con solo verla. —¿

