Restaurante privado. Zona alta. Medianoche. El lugar estaba reservado solo para ellas. Catalina llegó primero. Impecable, como siempre. Rojo en los labios, n***o en el alma. Amara entró sin esperar que la anunciaran. Su vestido blanco contrastaba con su intención oscura. Se estudiaron un largo minuto, sin hablar. No se necesitaban presentación: sabían quién era la otra. —Al fin —dijo Amara, tomando asiento con elegancia—. La mujer que cree que puede manipular a Dante sin que él lo note. Catalina sonrió, sin ofenderse. —Y tú… la sombra que Marco no logra dejar atrás. Una pausa. El silencio entre dos depredadoras. —¿Sabés por qué estamos aquí? —preguntó Catalina, cruzando las piernas. —Porque ambas odiamos a la misma mujer —respondió Amara—. Y porque no queremos eliminarla por

