Elena permanecía sentada en la cama del hospital, con la espalda recta, la vista fija en la ventana. La habitación estaba silenciosa. Tan blanca, tan impersonal… tan vacía como se sentía por dentro. En su mano, aún sostenía la hoja que le habían entregado: “Prueba de embarazo: Positiva.” El corazón le latía distinto ahora. No por los hombres. Por la vida que llevaba dentro. Una enfermera entró con una bandeja. —¿Necesita algo más, señorita Elena? —No… gracias —respondió con una sonrisa cortés que apenas sostenía. La mujer miró la cama vacía al lado. —¿No vino su pareja? Elena tardó unos segundos en responder. —No —dijo, bajando la mirada—. No contestaron el teléfono. La enfermera asintió, con esa comprensión silenciosa que no necesita más palabras. Lo peor no era estar sola.

