Marco abrió la puerta primero. Dante detrás de él, nervioso, con el celular aún en la mano, leyendo por décima vez el mensaje del hospital. Ambos sabían que la habían dejado sola… y ahora no estaban seguros si ella querría siquiera verlos. La casa estaba en silencio. No había música, ni aroma de comida, ni pasos ligeros recorriendo los pasillos. Pero ella estaba ahí. En la sala. Sentada. Con un libro abierto y una taza entre las manos. Tan tranquila… y tan lejana. Levantó la vista cuando los vio entrar. No sonrió. Tampoco frunció el ceño. Solo… fue Elena. Pero una que ya no les pertenecía. —Estás aquí —susurró Marco. —Sí —respondió, cerrando el libro con calma—. Donde siempre estuve. Dante dio un paso al frente. —Elena, lo del hospital… no teníamos idea. Estábamos… —Ocupad

