La casa ya no era la misma. No porque hubiese cambiado de paredes o de decoración. Era Elena quien había cambiado. Despertó antes que ellos. Se duchó, se arregló el cabello, se puso uno de sus vestidos favoritos. Nada ajustado. Nada insinuante. Solo elegante y libre. Cuando bajó a la cocina, Marco ya estaba ahí, revolviendo café como si buscara en él el perdón. Dante se acercaba con pasos lentos, como quien teme que un solo ruido lo eche todo a perder. —Buenos días, Elena —dijo Dante, forzando una sonrisa. —¿Dormiste bien? —preguntó Marco. Ella no respondió. Tomó una manzana. Sirvió café para ella sola. —¿Vas a salir hoy? —intentó Marco. —Sí —fue todo lo que dijo. Dante quiso acercarse, pero ella lo detuvo con una simple mirada. Ya no había gritos. No había reclamos. Solo

