Elena se despertó con el corazón aún agitado. Su cuerpo recordaba cada suspiro de la noche anterior. Y, lo peor de todo, era que sentía vergüenza. Porque sabía que los había invocado mentalmente. Sabía que los deseaba. Y no quería que lo supieran. Pero ya lo sabían. --- Esa mañana, Marco apareció en la cocina sin camisa, con el cabello húmedo, una sonrisa calmada y una taza de té caliente para ella. —Buenos días, hermosa —dijo, con un tono más profundo del habitual. La palabra “hermosa” le recorrió la espalda como una caricia. Elena no respondió. Solo lo miró con desconfianza. Dante llegó minutos después, impecablemente vestido, con una camisa abierta hasta el pecho. El aroma de su perfume la golpeó primero, como una trampa invisible. —Dormiste bien anoche, ¿verdad? —preguntó Dan

