La observaba. Todo el tiempo. Cada paso, cada sonrisa, cada mirada cargada de malicia. Elena lo estaba desarmando. No con dulzura. Con fuego. Y él, que siempre había sido el hermano que pensaba antes de actuar, ya no podía más. La forma en que lo había rozado en el almuerzo. La cereza. La manera en que lo había ignorado después, como si él no fuera nada más que una sombra en la casa… Le estaba quemando la sangre. Y cuando la vio salir sola al jardín al anochecer, no dudó. La siguió. —¿Te divertís haciéndome esto? —preguntó, su voz ronca, más grave de lo normal. Elena giró lentamente, como si ya supiera que vendría. —¿Hacerte qué? Dante se acercó, paso firme, hasta quedar a centímetros de ella. Sus ojos estaban oscuros, encendidos por algo que no era solo deseo. —Hacerme d

