Sus labios aún ardían por el beso de Dante. Él estaba ahí, frente a ella, los ojos cargados de deseo, pero también de algo más profundo, más peligroso: posesión. Y aunque su cuerpo todavía temblaba, Elena sabía que era momento de hablar. De dejar las reglas claras antes de que se rompieran por completo. Lo miró directo, sin rodeos. —Dante… te deseo. Eso lo sabés. Me volvés loca. —Su voz no tembló, aunque por dentro sí. —Pero si querés tenerme solo para vos… vas a perderme. Él frunció el ceño, su mandíbula se tensó. —¿Por qué? Elena dio un paso más cerca. Apoyó sus dedos en el pecho de él, con suavidad, pero firmeza. —Porque también quiero a Marco. No como lo quiero a vos… Sino de la misma forma. Distinta. Salvaje. Completa. Dante no habló. La tensión en su cuerpo era eviden

