No los esperó. No se escondió. Los llamó. Marco y Dante entraron a la sala sin saber lo que venía, aunque lo sentían. El aire pesaba. Como antes de una tormenta. Ella estaba de pie frente a la ventana. Vestida de n***o, con el cabello suelto, mirada firme. Más peligrosa que nunca. —Siéntense —dijo. No pidió. Ordenó. Los hermanos se miraron entre sí. No estaban acostumbrados a eso. A una mujer que les hablara como si ellos no fueran los dueños de todo. Pero se sentaron. Elena giró lentamente. Sus ojos pasaron de Marco a Dante, y de vuelta. Llenos de fuego, decisión… y algo que dolía más que un disparo: verdad. —No voy a elegir. No vine aquí por voluntad propia. Pero me quedé. Me entregué. Me abrí. Y no fue solo deseo. Fue más. Dante tragó saliva. Marco apretó los puños.

