Nieves
—¿De verdad vas a ir? —preguntó mi hermana.
—Por supuesto, necesito verlo con mis propios ojos.
—¿Y vas con tu nueva nuera? —suspiro.
—Solo quiero verla sufrir un poco —ella sonrío y negó —, ¿qué? Eso le pasa por enamorarse de otro hombre mientras está con mi bebé —sacudí las arrugas de mi vestido y salí.
Iría por el nuevo juguete de mi hijo y luego a ver los resultados de mis esfuerzos.
No podía creer todavía que éste nuevo delirio de Theodorus por casarse fuese real, solo se lo dije para darle la herencia de su padre porque no pensé que fuese a hacerlo, y acá estoy sonriéndole a su futura mujer.
« Iugh »
Me da asco saber que se está acostando con ella cuando podría hacerlo conmigo.
Pero claro, jamás le he dicho o confesado mis sentimientos a mi propio hijo, tal vez se asuste y se aleje de mí para siempre. Pero algo tenía claro, haría lo que fuese necesario para volverlo a tenerlo en mi techo, justo como lo hice contra el hombre que golpeo a mi niño.
—Santo Dios —la escuché susurrar para luego acercarse al cuerpo de ese hombre.
O a lo poco que quedaba de él.
Fingí tristeza mientras que mi alter yo reía. Como me encantaba ver mi dominio y poder. Éste chico solo fue … una víctima en mi reinado. No me importaba mandarlos al mismísimo infierno con tal de tener todo lo que quiero.
Eva
Agradecía que Nieves estuviese a mi lado.
El pobre Clark estaba desfigurado.
—¿No se supo que le dio? —cuestioné mirando a la nada con la taza de té entre mis manos y un medio abrazo de mi suegra.
—No —respondió con evidente tristeza su madre.
—Que horror —cerré los ojos dejando que una lágrima saliera y aguantando las otras.
Me dolía la garganta y el pecho, y por más que tratase de recordar a mi Clark lo único que veía era su rostro desfigurado por las llagas.
La vida es injusta, llevarse a un hombre tan bueno y de una manera tan inaceptable …
« ¡No Eva! »
Regañé a mi subconsciente.
« No cuestiones a Dios »
Suspiré entrecortadamente.
Según su madre, a Clark le habían empezado a dar algunas llagas en su boca, nada que no se pudiese tratar. Pero poco a poco éstas aftas fueron apareciendo en el interior de su estómago. En solo un mes que nos dejamos de ver fue sometido a dos operaciones para sacar parte de sus intestinos afectados por esas misteriosas úlceras. En solo un mes las llagas empezaron a presentarse en sus labios, sus pies, sus partes íntimas, sus codos, sus cejas, y poco a poco absorbió todo su cuerpo.
—Sufrió tanto de dolor —su madre sollozó —, que lo único que imploraba al final era solo morir —y empezó a llorar sin reparto.
Todos los presentes la acompañábamos en su duelo, pues todos conocíamos y queríamos a Clark, unos más que otros.
Tendríamos que adaptarnos a sobrevivir sin la pureza de ese gran hombre.
—Tan joven y maravilloso que era —asentí a las palabras de mi suegra —, podemos ponerlo en oración en la iglesia —suspiré nuevamente —, ¿vamos Eva? —asentí limpiando mis lágrimas.
Con un último pésame salí por última vez del que fue hogar de Clark.
« Adiós mi secreto amor, que tu alma descanse con los coros angelicales de nuestro Padre »
—Le tenías un gran aprecio, es evidente.
—Fue mi único amigo en Ciudad Azul —caminábamos lentamente hacia la iglesia.
Se me era raro andar con mi suegra, pero creo que debía acostumbrarme, era una mujer que sabía apoyar y escuchar a otros, me estaba gustando su compañía.
—Entiendo —me detuvo para regalarme una dulce sonrisa —, no estás sola —se me humedecieron los ojos —, ahora no solo tienes a Theodorus sino a mí también —me abrazó acariciándome la espalda —, ahora soy tu amiga Eva —le devolví el abrazo gustosa.
—Muchas gracias Nieves, muchas gracias de verdad.
—Ahora vamos, recemos un poco y merendemos para alegrar el día, nos lo merecemos.
Empezaba a pasar mis días con la familia de Theodorus y él estaba encantado.
Antes amaba ir a la iglesia, orar y acercarme a Dios, solo que ir sola era prohibido por mi madre, ahora, podía ir cuando quisiese y lo hacía casi todos los días con Nieves y sus hijas. De la iglesia siempre terminaban yendo a mi casa con todos los sobrinos de Theodorus.
En ocasiones me cansaba, no quería que entraran, pero estaban felices organizando de un lado para otro nuestro futura boda, que de hecho se acercaba más rápido de lo que creía, así que jamás les decía que no.
Comían como un batallón y terminaba regañada por mi marido por que se acababa muy rápido la comida, pero no podía hacer nada, no podía no ofrecerles ni agua.
—Querida no he visto a tu madre por acá en toda ésta semana.
—Ella es una persona complicada —le resté importancia mientras le llevaba café.
—No importa qué la relación madre e hijo es muy importante —la miré tentada a preguntar por su comentario de la otra noche.
Incluso investigué sobre el incesto y más nauseas me dieron, pero no quería ser cizañera y opté por hacer como si jamás hubiese entendido, pues ni Theodorus me había dado señales de ello.
—Jamás le importé a mi madre —me senté a su lado para compartir una tarde más con mi suegra —, nunca supe que quería en su vida, solo se interesó por una persona que no fuese ella cuando mi cuñada quedó embarazada.
—¡Oh tienes más hermanos y un sobrino! Que maravilla —sonreí.
—Tengo en total cinco hermanos.
—¡¿Cinco!? Pero si solo conozco a uno —asentí.
—Uno murió por una venganza que no era para él y las otras tres fueron abandonadas.
—Santo Padre —negó dándome palmaditas en la mano —, tengo la esperanza que tu seas una buena madre para mis futuros nietos —abrí de par en par mis ojos y ella río.
—¿Desea más nietos?
—Por supuesto, nunca son muchos —reí con ella.
Me entró la curiosidad, de tantas noches de pasión con Theodorus no había visto señal de un fruto en mi vientre, se me hizo raro pero no me importó en el momento, al fin y al cabo, aun nos preparamos para la boda.
La boda.
No quería y al mismo tiempo estaba emocionada.
Había días que quería huir, perderme lejos de Theodorus y su sofocada familia, pero otros días que disfrutaba los mimos de mi hombre hasta que me obligaba a hacerle cosas … tan perversas … no, lo amaba, claro que sí.
—Gracias por aceptarme en vuestra familia —ella paró su mano con la taza de té en el aire y la bajo para depositarla en la mesa.
—No tienes nada que agradecer dulce niña —me acarició la mejilla —brillas con luz propia —se me aguaron los ojos.
Tenía que confiar que grandes cosas estaban por venir. Que mi vida seguiría igual de bonita, igual de brillante.
Pero aún no comprendía que el brillo crea grandes sombras y el enemigo está donde menos crees.