Capítulo 8

1873 Palabras
Nyra No podía moverme. Mi cuerpo temblaba, pero no era solo frío, era miedo. Un miedo que se anidaba en cada fibra de mi ser, que me agarraba del alma y no me soltaba. Sentía el pulso del castillo, un latido sordo que se mezclaba con el mío, y los pasos esos malditos pasos alejándose de mí como si me llevaran a la nada. El muro frío detrás de mi espalda era mi único sostén. Cada vez que mi respiración se escapaba en jadeos cortos, me parecía que me faltaba el aire, que el mundo se cerraba en un suspiro de desesperación. Entonces, la voz de Elda. Su mano sobre mi brazo. Su calor en medio de la helada que me rodeaba. Elda me sujetó del brazo con firmeza. Su voz era un susurro tenso, pero no titubeaba. —Quédate aquí, Nyra. No te muevas. Quise decir algo. Quise rogarle que no me dejara sola, que no se alejara, que no me soltara. Pero no pude. Solo asentí con la cabeza, como una niña obediente, aunque por dentro me estaba rompiendo. Cuando Elda se levantó y se deslizó por el pasadizo oscuro, lo sentí. El vacío. Como si su ausencia arrastrara consigo toda la fuerza que me quedaba. La poca estabilidad que aún me sostenía se desvaneció con el sonido de sus pasos alejándose. Y entonces, me quebré. Mis piernas simplemente dejaron de responder. No fue algo dramático, no hubo gritos ni suspiros teatrales. Fue un colapso silencioso, como cuando un edificio antiguo cede sin avisar. Me deslicé hacia abajo, la espalda pegada a la pared helada, hasta que quedé agachada en el suelo, temblando. Mi pecho subía y bajaba rápido, demasiado rápido. No podía respirar bien. No podía controlar el temblor. Las manos me sudaban, la garganta me ardía, y los ojos los ojos se me llenaron de lágrimas que no dejé caer. Quería ser fuerte. Pero ahí, sola, encogida como un susurro olvidado entre las piedras de un castillo que parecía devorar los secretos solo podía ser yo. Con todo mi miedo. Con todo mi temblor. Con todo lo que fingía que no sentía. El aire estaba denso. Cada sombra parecía observarme. Y detrás del muro todavía lo sentía. A él. Como una corriente subterránea. Como un incendio contenido bajo la piel. Como si su respiración pudiera alcanzarme desde el otro lado. Como si el universo entero se sostuviera en el silencio entre nosotros. La imagen de Zareth se clavó en mi mente. Su figura, alta, oscura, poderosa. Su voz —esa voz grave, casi salvaje— aún resonaba en mi pecho. ¿Y si daba un paso más? ¿Y si empujaba esa cortina? ¿Y si me encontraba? ¿Y si no era la muerte lo que me esperaba, sino algo peor? Que me mirara. Y no viera nada. Que pasara de largo como si yo no tuviera peso. Como si no mereciera ser salvada. Como si fuera invisible. Sentí un nudo apretarse en mi garganta. Hundí el rostro entre las rodillas, tratando de desaparecer en mí misma, de volverme más pequeña, más irrelevante más difícil de encontrar. —¿Qué hago aquí? —murmuré, sin poder detener el temblor de mi voz—. ¿Por qué sigo viva? Era un lamento que no buscaba respuesta. Un susurro nacido del agotamiento y la culpa. —¿Para qué me escondo si igual algún día van a matarme? Las palabras se me quebraron en la boca. No por miedo a morir, sino por lo absurdo de seguir respirando sin saber para qué. Sin tener un lugar. Sin tener un nombre que alguien pudiera pronunciar sin escupirlo. Mis dedos se aferraban a la tela de mi vestido como si eso pudiera sostenerme. Como si el cuerpo no se me deshiciera en ese rincón olvidado del mundo. Todo dolía. Incluso estar en silencio. Incluso estar viva. Y sin embargo, no me moví. Porque algo algo me decía que ese instante lo iba a recordar siempre. Tal vez por la oscuridad. Tal vez por la cercanía del príncipe que podía matarme o salvarme. O tal vez por la promesa secreta que yo aún no sabía que me habían hecho. Una promesa que estaba por cruzar el velo. Un eco que aún no había llegado. Pero ya se acercaba. El té humeaba entre mis manos, pero yo no sentía el calor. Ni en los dedos. Ni en el pecho. Todo en mí seguía entumecido. Vacío. La cocina era el único lugar de esa casa que todavía se sentía vivo. La madera crujía con nostalgia, como si recordara otras vidas. Las tazas tintineaban entre sí cuando Nélda las sacaba del estante con manos cansadas. Y yo… yo me escondía entre los olores familiares como una niña que no quería salir al mundo. —Se ha ido —murmuró ella finalmente, sentándose frente a mí—. Por ahora. No pregunté cómo lo sabía. Ella siempre sabía. Y yo yo sentí cuando se alejó. Como si alguien arrancara una raíz de mi cuerpo. No lo vi. Pero lo sentí. Zareth. La sombra que me perseguía desde antes de que yo supiera lo que era el miedo. La voz que escuchaba en mis sueños. El hombre al que espiaba con el corazón en la garganta… deseando que me mirara. Temiendo que lo hiciera. Me aferré a la taza como si fuera un ancla. Pero incluso eso temblaba. —Tenemos que irnos, Nyra —dijo Elda, suave, como quien ya sabe la respuesta—. Este lugar ya no es seguro. Solté una risa breve, quebrada. Como si me hubiera contado un mal chiste. —¿Irnos a dónde, Elda? La miré entonces. No como la niña que fui, sino como la herencia maldita que llevo en la piel. —¿A dónde se esconde alguien como yo? ¿Dónde no quieren ver mi cabeza en una lanza? ¿Dónde no me alcanzan las manos de los que sueñan con matarme por lo que fui, por lo que soy, por lo que corre en mi sangre? Ella no respondió. Solo bajó la vista, como siempre hacía cuando la verdad se volvía insoportable. —Soy la hija del monstruo, No hay mundo que me reclame. Solo uno que espera que me borre. El silencio se coló entre las paredes de la cocina. Ni siquiera el fuego se atrevió a crujir. —Y aún así estoy aquí —susurré—. No por elección. No por destino. Estoy aquí porque ni la muerte quiso llevarme. Llevé la taza a los labios, pero no bebí. El vapor se me metía en los ojos. O tal vez eran lágrimas que se negaban a caer. —¿Por qué sigo viva? —pregunté, sabiendo que no tendría respuesta—. ¿Para seguir huyendo? ¿Para esconderme cada vez que su sombra cruce una puerta? Pensé en Zareth. En cómo se detuvo, tan cerca. En cómo no me encontró. O no quiso. Y sentí que mi pecho se comprimía. No solo por miedo. También por algo peor. Por deseo. Por ese deseo tonto, ingenuo y desesperado de que él me hubiera visto. —No sé si tengo fuerzas para seguir, Elda. No sé si quiero seguir. Ella no dijo nada. Solo sirvió más té. Y en su silencio, yo entendí todo. Que no había un lugar en el mundo para mí. Ni refugio. Ni redención. La voz de Elda vino firme. Áspera como la corteza de un árbol antiguo. Sin dulzura, sin adornos. Solo verdad. Eres la hija de una reina caída. Una sombra viva. Un fuego escondido. Cada palabra era un latido que me sacudía los huesos. Quise apartar la mirada, pero su voz me obligó a sostenerla. —Si tú no eres suficiente, Nyra entonces nadie lo es. No fue consuelo. Fue sentencia. Una que me caló más hondo que cualquier caricia. Porque si yo no era suficiente con todo lo que había ardido en mí, con todo lo que había perdido entonces no quedaba nada que valiera la pena salvar. Me quedé en silencio. Sintiendo cómo esa frase se instalaba bajo mi piel. Cómo empezaba a doler bonito. Como duelen las verdades que no sabías que necesitabas escuchar. Me encerré en la habitación apenas Elda cerró la puerta de la cocina. No quise su mirada. No quería su compasión envuelta en palabras sabias. Ya había tenido suficiente de eso. Empujé la puerta hasta que crujió y me dejé caer sobre el suelo frío. La habitación era pequeña, sencilla, con apenas una manta tirada sobre el colchón y unas velas consumidas en los bordes. Pero para mí era una celda. Una jaula sin barrotes donde el monstruo esperaba su turno para salir. Mi poder. Ese que no comprendía. Ese que no pedí. Ese que alguna vez intenté tocar y casi me quema viva. Me senté con las piernas cruzadas y los ojos fijos en mis manos. Tiritaban. No de frío. De algo más oscuro. Más profundo. De esa cosa que a veces me hablaba en sueños y que otras veces despertaba en pesadillas que no eran mías. —Vamos —murmuré, apretando los dientes—. Solo un poco. No quiero destruir nada. Solo entenderte. Respiré hondo. Cerré los ojos. Me forcé a recordar el fuego. La sensación del poder fluyendo, golpeando como una corriente eléctrica a través del pecho. La herencia que corre por mi sangre. Y lo sentí. Primero, un cosquilleo. Luego, calor. Después dolor. Un latido denso, salvaje, estalló en mi pecho como si el corazón se hubiera transformado en una criatura con garras. Mis dedos se encendieron con una luz opaca, azulada, como brasas bajo la piel. —No no tan fuerte Pero no se detuvo. Mi respiración se agitó. Los ojos se me nublaron de lágrimas. Las venas ardían como si la magia buscara romper cada hueso desde dentro. Era demasiado. Siempre era demasiado. —¡Detente! —grité, la voz rota—. ¡Detente! La luz se apagó de golpe, como si algo —o alguien— hubiera tirado de un hilo invisible y la hubiera sofocado. Me desplomé hacia un lado, jadeando, con los dedos aún temblando y la cara empapada de sudor. Estaba cansada. Cansada de tener un poder que me odiaba. Cansada de sentir que si lo usaba me moriría… y si no lo hacía, también. Miré el techo como si ahí pudiera encontrar respuestas. Como si el silencio pudiera darme paz. Pero solo había esa voz en mi mente, áspera y cruel: “Eres la hija de una reina caída. Una sombra viva. Un fuego escondido. Si tú no eres suficiente entonces nadie lo es.” Elda tenía razón. Y sin embargo, yo no me sentía suficiente. Me sentía rota. Y sola. Cerré los ojos y me abracé las rodillas. El mundo afuera se partía en guerras y monstruos, pero yo me rompía aquí, en una habitación pequeña, donde ni siquiera podía controlar el poder que me había condenado. —¿Cómo se sobrevive a algo que está dentro de ti y no te quiere viva? La respuesta no llegó. Solo el silencio. Y el eco lejano de unos pasos que tal vez ya no se dirigían hacia mí.
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