Zareth
El salón del consejo estaba envuelto en una luz dorada y falsa. Las antorchas mágicas crepitaban con una calma que no se sentía en el aire. Las hadas más antiguas estaban reunidas, sus rostros eternos marcados por una inquietud que pocas veces dejaban ver. En el centro de la mesa de piedra viva, la Gran Hada presidía, su mirada fija en mí.
Yo no me senté. Nunca lo hacía.
Me mantuve de pie, con los brazos cruzados, apoyado contra una de las columnas. Observaba. Escuchaba. El murmullo nervioso de las demás criaturas llenaba la sala como una tormenta contenida.
—El Mar de Huesos ha sido liberado —dijo la Gran Hada sin rodeos.
El silencio que siguió fue brutal.
Algunas se incorporaron de golpe. Otras cubrieron sus labios, como si el horror pudiera ocultarse tras los dedos.
Yo no me moví.
Lo sabía. Lo había sentido días atrás, como una vibración en el aire. Como si el mundo se encogiera antes de gritar.
La Gran Hada me observó un segundo más de la cuenta. Sabía que lo sabía.
—Las Puertas del Sur han caído —añadió—. Y lo que duerme ya no duerme.
Se hizo un murmullo entre las hadas. Nombres prohibidos, leyendas antiguas. Miedo.
Yo simplemente presioné la mandíbula. El instinto en mí —ese que no era del todo humano, ni del todo fae— reconocía lo que significaban esas palabras. La guerra ya no era posibilidad. Era sentencia.
—¿Qué se ha hecho al respecto? —pregunté.
—Patrullas enviadas. Vínculos mágicos reforzados. Barreras en los puntos cardinales.
—Tarde —dije, sin suavidad—. Si lo que duerme ha despertado, no va a respetar barreras tejidas con palabras y luz.
Algunas hadas me fulminaron con la mirada. Otras bajaron la cabeza, como si ya supieran que tenía razón.
—¿Dónde está Erevan? —pregunté entonces, sabiendo que su presencia era crucial. Él debía estar aquí.
La Gran Hada titubeó.
—Erevan está con Aria. En un lugar al que no podemos llegar. No responde a los llamados, ni siquiera los antiguos.
Tragué saliva. El aire se volvió un poco más pesado.
—Tú sabes lo que eso significa, Zareth —continuó—. Él también es un príncipe. Igual que tú. Ambos nacieron bajo la misma profecía.
—No me llames así —espeté, con la voz seca y firme—. No necesito ese título. No quiero ese legado. Peleo porque sé hacerlo, no porque el destino me lo reclame.
Un nuevo silencio. Más denso. Más personal.
Pero nadie me corrigió. Nadie se atrevió.
—Y tú —dijo ella entonces, bajando el tono, haciendo que todos contuvieran el aliento—. ¿Qué hallaste en Umbrathiel?
Mi mirada se mantuvo fija en la mesa.
Mentí.
—Nada —dije con naturalidad—. Todo ha estado… tranquilo.
La Gran Hada me estudió. Quise pensar que no sospechaba.
Pero las hadas antiguas siempre saben más de lo que dicen.
Y aunque no lo mostré, dentro de mí… algo comenzaba a moverse. Un hilo invisible que me ataba a ese castillo maldito. A esa sombra.
Las puertas se cerraron tras de mí con un crujido grave, como si el mismo castillo sintiera el peso de las noticias.
Los corredores estaban vacíos. El eco de mis pasos era lo único que se atrevía a levantar la voz.
Podía sentir cómo cada palabra del consejo seguía flotando sobre mi espalda, como espectros colgados de mis hombros: el Mar, las puertas, los sueños rotos.
Tres frases. Tres tragedias. Y, sin embargo, no eran esas las que me hacían caminar con el ceño fruncido y los hombros en tensión. Eso, ya lo esperaba. Lo sabía antes de que lo dijeran.
Lo que me inquietaba era otra cosa.
Algo sin nombre.
Mi respiración era tranquila. Mi paso, medido. Cualquier soldado que me viera pensaría que todo estaba bajo control. Que el Príncipe n***o tenía un plan.
Y lo tenía.
Pero ni el acero ni la estrategia sirven contra lo que no se puede ver.
Umbrathiel.
El nombre seguía latiendo en mis pensamientos como un tambor apagado. Algo quedó allí. Algo que no traje de vuelta… o tal vez algo que traje sin saberlo.
Mis manos se cerraron en puños dentro de los guantes. Lo suficientemente fuerte para que los nudillos crujieran, pero no lo suficiente para sangrar. Aún no.
No miré atrás. No volví a pensar en las hadas que temblaban en esa sala como si el fin se anunciara.
El fin ya estaba en camino.
Y no lo traía el mar. Ni los huesos. Ni las puertas rotas.
Lo traía ese silencio que me persigue desde ese muro maldito.
Ese casi-encuentro.
Ese latido que no me pertenece, pero que me llama como si fuera mío.
¿Y si no era una sombra?
¿Y si no era magia?
¿Y si era… ella?
Sacudí la cabeza.
No.
No debo pensar en eso.
Y aun así.
La sentí.
La marca.
Esa maldita marca en mi muñeca izquierda.
La misma que durante años no fue más que una cicatriz.
Un vestigio mudo.
Un recuerdo de algo que nunca comprendí.
Hasta ahora.
Comenzó a palpitar.
Primero lento.
Luego… más fuerte.
Más rápido.
Como si hubiese escuchado algo.
Como si hubiese respondido a un llamado que no pronuncié con los labios… pero sí con el alma.
¿Y si era la marca de las almas gemelas?
¿Y si eso era lo que me estremeció cuando pisé las ruinas del castillo?
¿Y si esa sombra… tenía nombre?
¿Y si esa sombra… era ella?
Entonces vino el golpe.
Invisible. Silencioso. Brutal.
Un puñetazo sin forma directo al centro del pecho.
Me detuve en seco.
No era dolor.
No era una herida.
Era algo más primitivo.
Un tirón.
Como si una parte de mí —enterrada, dormida, olvidada— hubiese abierto los ojos por primera vez.
Y no despertó con furia.
Despertó con hambre. Con necesidad.
Mi corazón empezó a latir con un ritmo desordenado. Como si ya no le perteneciera a mi cuerpo. Como si intentara seguir otro compás.
Y lo peor es que no me molestaba.
No me asustaba.
Me sentía… vivo.
Después de años. Después de todo. Sentía algo más que vacío, algo más que rabia contenida o la carga de lo que otros esperan de mí.
Sentía.
Y con esa maldita sensación, vino otra: miedo.
No a morir.
Sino a volver a no sentir nada nunca más.
No recordaba en qué momento me rendí al sueño.
Solo que, al cerrar los ojos, no encontré descanso.
Volví allí.
A aquella noche.
La misma que intento enterrar una y otra vez.
Gritos. Fuego. Sangre.
El palacio ardiendo bajo la luna rota. La silueta de mi padre desplomándose ante mí. El grito de mi madre, tan agudo que todavía lo oigo en los huesos. Yo, demasiado tarde. Siempre demasiado tarde.
Mi espada aún estaba limpia cuando todo terminó. Esa era la peor parte. No luché por ellos. No salvé a nadie.
—Zareth… —La voz llegó desde algún rincón de la pesadilla. La de Erevan. Joven. Asustado—. ¿Qué has hecho?
Me vi a mí mismo con las manos ensangrentadas. Pero no por mis enemigos.
Por lo que no pude proteger.
Desperté. Pero no en la realidad.
Sino en otro sueño.
Uno distinto.
Uno más oscuro.
Allí estaba ella. La sombra.
Parada en lo alto de una torre quebrada. El viento agitaba su cabello como fuego n***o. Su silueta temblaba. No por miedo… sino por resignación.
Intenté moverme. Correr hacia ella. Gritarle.
Pero mi cuerpo no respondía.
Ella me miró. O eso quise creer.
Y entonces saltó.
Mis pulmones se vaciaron de golpe.
Sus alas no se abrieron.
Caía como un pedazo de noche arrancado del cielo.
—¡No! —rugí, ahora sí corriendo, ahora sí tarde—. ¡No!
Pero no llegué.
No pude salvarla.
Otra vez no.
Me desperté de golpe.
Empapado en sudor. Con el pecho ardiendo. Con la marca palpitando en mi muñeca como si también hubiera soñado conmigo.
Mi corazón latía desbocado, frenético. Como si intentara salir del pecho. Como si me gritara que aún estaba vivo.
Y por un segundo, en ese caos de culpa y memorias, sentí algo más.
Algo que no era dolor.
Algo parecido a esperanza.
Porque aunque la había perdido en sueños… aún tenía la oportunidad de encontrarla despierto.
Y esta vez, no pensaba llegar tarde.
Me quedé sentado en la oscuridad, con la respiración agitada y las manos clavadas en las sábanas, como si el sueño aún pudiera arrastrarme de nuevo a él.
Pero ya no estaba soñando.
Lo sabía. Lo sentía con cada fibra rota y cada cicatriz latente: ella era la razón.
La marca en mi muñeca palpitaba como un eco de algo más grande, más antiguo. Algo que no entendía del todo, pero que ya no podía negar.
Ella.
Mi sombra viva.
Mi maldición y mi destino.
Mi alma gemela.
Y si era así entonces no permitiría que le ocurriera nada. Ni una caída más. Ni una muerte más.
No si podía evitarlo.
Me puse de pie, con los músculos tensos, todavía con el peso del sueño en la espalda.
Me puse la camisa de viaje, ajusté las correas de mis botas y la espada a mi costado. Cada movimiento era automático, mecánico… como si lo hubiera estado esperando desde siempre.
Me detuve solo un momento frente al espejo. Mi reflejo tenía los ojos enrojecidos, pero ya no había confusión en ellos.
Había fuego.
Determinación.
—Voy a encontrarte, pequeña sombra —susurré al cristal—. Y esta vez, no vas a saltar sola.
Tomé el abrigo y salí de la habitación.
El pasillo estaba silencioso, salvo por el latido que no venía de mis pies, sino de mi muñeca.
Umbrathiel.
Ese lugar maldito.
Ese castillo lleno de ruinas y memorias.
Pero también lleno de respuestas.
Y de ella.