Nyra
Me despertó el frío del suelo.
La piedra seguía dura, inquebrantable, como mi suerte.
El cuerpo no me respondía del todo. Las extremidades pesaban, los huesos crujían como si hubieran soportado una guerra que nadie vio.
Porque nadie mira cuando una se rompe sola.
Me incorporé apenas.
Un temblor me recorrió al intentar ponerme de pie. Pero lo logré. Como siempre. Como nunca.
El sol no había salido. O tal vez sí, pero aquí, entre las ruinas de este castillo olvidado, la luz no llega igual.
Me acerqué al ventanal.
Mis pasos eran lentos, como si cada uno fuera un adiós.
El alféizar me recibió con el mismo silencio de siempre. Apoyé las manos sobre la piedra.
Y miré.
Las nubes estaban densas.
Como una advertencia.
Como una promesa.
La puerta se abrió con un leve chirrido detrás de mí.
—Otra vez aquí —dijo Elda con voz baja. No había juicio en su tono. Solo la constatación de un hecho que dolía.
No me giré.
No tenía sentido.
Ya no.
—Que me encuentren —susurré, sin apartar la mirada del cielo encapotado—. Que me arranquen de esta mentira. Que acaben con esto.
Que me destruyan, si quieren.
Pero que me vean.
Que alguien, aunque sea para matarme, me mire y diga: “ahí estás”.
Porque vivir sin nombre, sin destino, sin fuego
No es vida. Es exilio.
Las nubes se acumulaban como pesadillas.
Y yo estaba ahí, de pie, con el alma hecha polvo, deseando que el cielo se abriera y me tragara entera.
—¿Para qué seguir huyendo, Elda? —murmuré, apenas un hilo de voz—. ¿Para qué seguir luchando contra algo que no puedo cambiar?
“¿Para qué?”, pensé.
¿Para seguir viviendo como un fantasma?
¿Para envejecer en las sombras, mirando el mundo por rendijas, deseando un toque, un abrazo, una palabra que nunca llegará?
¿Para qué esconderme si lo único que tengo ya no es miedo, sino vacío?
¿Para qué seguir respirando si incluso mi magia quiere acabar conmigo?
Porque la siento.
Reptando por mis venas como un veneno dulce.
Me llama, me reclama, me exige… y después me deja temblando, rota, agotada.
Como si no me perteneciera.
Como si fuera otra cosa más que he heredado sin haberla pedido.
Cerré los ojos.
Y por un segundo, imaginé qué pasaría si simplemente saltara.
Del alféizar.
De la mentira.
De mí.
Silencio.
Hasta que lo rompió ella.
Elda.
Y esta vez, no fue compasiva. Fue como una tormenta vieja, de esas que no dan advertencias.
—¿Terminaste? —escupió.
No me giré. No podía. Pero la sentí entrar. Pesada. Firme. Inquebrantable.
—¿Ya acabaste de compadecerte, Nyra? Porque si lo que quieres es rendirte, hazlo de una maldita vez.
Salta.
Camina hacia la nada.
Deja de jugar a ser víctima si ya decidiste ser cadáver.
El mundo se volvió más frío. Más real.
—Pero si piensas quedarte aquí, temblando como una hoja mientras todo arde entonces levántate.
Callé.
Porque no había nada que decir.
—Eres la hija de una reina que prefirió morir antes que arrodillarse.
¿Y tú?
¿Tú vas a rendirte antes de que empiece la guerra?
—No me queda nada, Elda —musité, por fin.
—¡Mírame! —rugió, con una voz que partía la piedra—.
¡Tienes vida!
Tienes sangre real, magia en los huesos, y un fuego que ni siquiera sabes usar.
¿Y te atreves a decir que no tienes nada?
Tragué saliva. No era miedo lo que sentía. Era vergüenza.
—Eres la hija de una reina caída. Una sombra viva. Un incendio contenido.
Y si tú no eres suficiente, Nyra
entonces nadie lo es.
Y se quedó ahí. Esperando. Como si me desafiara a contradecirla.
Pero no podía.
Porque aunque me sintiera rota, olvidada, insignificante
esas palabras me golpearon como si tuvieran filo. Como si me atravesaran la piel, la carne, la culpa.
No por lo que decían.
Sino porque, en el fondo más podrido de mí, sabía que eran ciertas.
Elda no esperó más.
No me ofreció consuelo, ni un abrazo, ni siquiera una mirada de despedida.
Solo se dio la vuelta, y con pasos secos, salió.
La puerta se cerró tras ella con un clic que sonó a sentencia.
Y yo
Yo solo me quedé ahí.
Quietecita.
Como una estatua de cenizas al borde del colapso.
¿Y qué quería en realidad?
Verlo.
Solo verlo.
Aunque me matara.
Aunque fuera mi condena.
Aunque me atravesara con la mirada y no encontrara nada.
Lo deseaba con esa clase de deseo que no tiene sentido. El que nace en el fango, en la ruina, en lo que se suponía que debía morir hace tiempo.
Lo deseaba
y eso era peor que el miedo.
Porque si mis pasos me llevaban hacia él, ya no iba a ser por error.
Iba a ser porque elegí la caída.
El cielo seguía encapotado. Una sábana de nubes pesadas cubría todo el valle, gris y espesa como un secreto mal enterrado.
Yo seguía ahí, inmóvil, plantada en el alféizar de la ventana como si el frío pudiera arrancarme la culpa, como si el aire helado lograra adormecer lo que me palpitaba adentro.
Entonces lo vi.
Una figura cruzando el umbral exterior. Alta. De paso decidido. El abrigo n***o ondeando a su alrededor como alas extendidas. Zareth.
Mi aliento se atoró en la garganta.
No necesitaba verlo de cerca. Bastaba su sombra para que mi cuerpo lo reconociera antes que mi mente.
El corazón me tartamudeó en el pecho. Como si no supiera cómo seguir. Como si se hubiera descompuesto ante su presencia.
Él estaba aquí.
Aquí.
Y yo no podía huir. No otra vez.
Pero tampoco podía quedarme.
Retrocedí, torpe, como si el suelo se hubiera vuelto más inclinado. Mis piernas eran ramas frágiles, mis manos temblaban como si sostuvieran un arma invisible. Cada latido era un grito en mi pecho.
Me alejé de la ventana sin dejar de mirarlo.
Un paso.
Otro.
Y entonces me escondí detrás de las cortinas. Como una niña. Como una cobarde. Como alguien que no ha dejado de temblar desde la última vez que lo vio.
El peso de su presencia se sentía en el aire. No lo había visto aún entrar, pero el mundo parecía prepararse para él. Las sombras se tensaban. El viento se detenía.
Incluso el fuego de la chimenea pareció parpadear distinto.
Mis dedos se aferraban a la tela como si eso bastara para esconderme de un monstruo al que yo misma había invocado con mi deseo.
Y sin embargo
Mi cuerpo no se movía por miedo.
Se movía por algo más profundo.
Una mezcla de necesidad y vergüenza.
Una certeza brutal:
No estaba lista para que él me viera.
No así.
No rota.
No de rodillas, en espíritu.
Pero quizás ya era tarde.