Capítulo 11

1847 Palabras
Zareth La bruma colgaba pesada sobre el jardín cuando crucé el patio exterior. El viento olía a hierro, a tormenta próxima. Las hojas secas crujían bajo mis botas, pero no era lo único que crujía. Había algo diferente en el aire. Algo que lo rasgaba. Un susurro. Un temblor. Como si la casa entera respirara más hondo. Como si se preparara para mostrarme algo que no debía ver. Entonces la vi. Una sombra. Alta, delgada. Apenas un parpadeo. Reflejada en el cristal empañado de una ventana del piso superior. No más que un contorno. Un movimiento rápido. Como si alguien acabara de apartarse demasiado tarde. Me detuve. Los pasos se disolvieron bajo el silencio. El viento se tragó los sonidos, pero no la sensación. El tirón en el pecho volvió. Justo en el mismo lugar donde la marca ardía a veces. Y allí estaba otra vez: esa punzada invisible. Ese eco. Lasombra desapareció, pero la presencia seguía. Como un perfume olvidado, como un recuerdo al borde del tacto. No era magia. Era más antiguo. Era ella. Sin rostro, sin forma pero con nombre. Mi mirada se clavó en esa ventana como si pudiera traspasarla. Como si pudiera arrancarla con la fuerza de un solo pensamiento. ¿Quién eres, sombra? ¿Y por qué me haces sentir que he vuelto a casa? Seguí caminando, esta vez más lento, como si no quisiera espantar el misterio. Como si algo dentro de mí supiera que no debía irme. No esta vez. Pasé junto a los arbustos y la verja cerrada. Y el mundo parecía contener el aliento. Sentí un roce en la nuca, un escalofrío. No había nadie a mi alrededor. Pero tampoco estaba solo. Y entonces levanté la vista de nuevo. Y supe —aunque no tenía pruebas, ni explicación lógica, ni siquiera una visión clara—, supe que lo que había visto no era un error. Era un reflejo. Era un aviso. Ella está aquí. Tal vez no quiere que la vea. Tal vez aún no puede. Pero está aquí. Y si el destino se atrevió a esconderla Entonces el destino va a tener que pelear conmigo. Caminaba en silencio, mis pasos apagados contra el suelo. Caminaba hacia el salón, donde apenas un viejo sofá resistía la descomposición del tiempo. Las grietas de los muros dejaban colar la pálida luz del amanecer, filtrada como un susurro de oro muerto. Pero entonces lo sentí. Un cambio. Un latido extraño, ajeno, que resonó en mi pecho como una campana antigua. Me detuve. Una punzada subió por la columna, y supe—como se saben las verdades que no se pueden explicar—que no estaba solo. Mis ojos se deslizaron por el pasillo. Y entonces la vi. Una puerta. Apenas entreabierta. Carcomida por el tiempo. No fue curiosidad lo que me empujó. Fue necesidad. La empujé con cuidado. El crujido que provocó sonó como un gemido del propio lugar, como si Umbrathiel intentara advertirme que no cruzara. Pero ya era tarde. Dentro, el aire era espeso. Viejo. Cargado de memorias. De magia abandonada. Y de algo más. Un olor. No era perfume. No era flores. Era ella. Dolor. Miedo. Furia contenida. Y debajo de todo eso calor. Un calor vivo. Terrible. Me agaché. Toqué el suelo con dos dedos. Y la vi. No con los ojos. Con algo más antiguo. Más visceral. Una figura encorvada. Hecha pedazos. Una sombra con nombre. Nyra. El corazón me dio un vuelco. Como si algo se hubiera liberado. Como si por fin una parte de mí recordara por qué había venido. —Estás aquí —susurré, apenas audible. Me puse de pie con rapidez. La necesidad me empujaba. Me apretaba el pecho. Como si la perdiera más con cada segundo. La miraba. No directamente. Sabía que estaba allí. Escondida. Tal vez detrás de una cortina, de un muro, de un suspiro. —No voy a hacerte daño —dije, con la voz más baja, más sincera que he usado en toda mi vida. Y por una vez era verdad. No había sombra en mis palabras. No había mentira. Solo eso: verdad desnuda. Silencio. Pero no era un silencio vacío. Era uno cargado. Como si el aire mismo contuviera la respiración. Como si el mundo se hubiese detenido a esperar su respuesta. Mi pecho se movía al ritmo de algo que no podía ver, pero que me envolvía. Ella. La sentía. Como un segundo pulso en mi cuerpo. Como un pensamiento que no era mío pero vivía en mí. Entonces un sonido. Leve. Apenas un roce. Un temblor contra la piedra. Un suspiro contenido. Y lo supe: ella me sentía. Me moví un paso más. Cauteloso. Como si un gesto más brusco pudiera romperlo todo. Y entonces, una voz. Baja. Temblorosa. Llena de miedo, y aun así firme. —Aún. Me congelé. No por miedo. Sino por lo que esa palabra cargaba. Me devolvía mis propias armas. Mis propias promesas. Ese “aún” era un eco exacto de lo que yo mismo había dicho en aquella noche Porque no era cualquier palabra. Era mía. Una que había lanzado sin pensarlo, la primera vez que la vi. En el castillo. Fría. Amenazante. Como quien lanza una advertencia: “Aún no te haré daño. Y ahora ella me la devolvía. Como un espejo que no perdona. Ese “aún” era su forma de recordarme que no olvida. Que no confía. Que no me cree. Era una promesa rota en su voz. Un filo invisible, dirigido directo a mi pecho. Mis palabras, mis armas, mis amenazas ahora estaban en su boca. Y dolían más que cualquier golpe. Yo no supe qué decir. Por un instante, quise defenderme. Decirle que no lo dije en serio. Que no era verdad. Que ahora todo había cambiado. Pero no podía. Porque sí lo había dicho. Porque sí lo pensé. Y ella… ella lo sintió. “Aún.” Una sola sílaba. Y todo el poder que yo creía tener se desplomó. No soy su enemigo. Pero fui su amenaza. Y ahora era su miedo. Me tragué el orgullo, el impulso de explicarme, de justificarme. No merecía respuestas. Ni confianza. Ni perdón. Así que respiré. Hondo. Como si pudiera aspirar todo ese dolor sin ahogarme. —No soy tu enemigo —dije con el corazón latiendo con más fuerza que en cualquier batalla—. Te juro por mi nombre que no vine a cazar fantasmas. Vine porque algo en mí gritaba por ti desde antes de saber tu nombre. Nada. Pero ese silencio ahora ardía. Ya no era indiferencia. Era tensión. Era espera. La sentía tan cerca. Oculta. Temblando. Sabía que, si me acercaba más, podía perderla. Y también sabía que, si no lo hacía jamás me lo perdonaría. —No voy a irme—dije en voz baja, sin moverme, sin atreverme a respirar demasiado fuerte. El eco se tragó mi promesa como si también quisiera protegerla, esconderla entre los muros viejos de aquella sala rota. Pero yo sabía que ella la había escuchado. Bajé la cabeza. Cerré los ojos. Y por primera vez en mucho tiempo, me sentí inútil. Yo, que podía quemar bosques con solo alzar la mano. Yo, que había destruido fortalezas con la furia de una palabra. Yo, que podía hacer temblar a comandantes, a monstruos, a la mismísima muerte Ahí estaba. Inmóvil. Esperando a que una sombra me dejara ver sus lágrimas. Otro suspiro tembloroso me golpeó como una daga en el pecho. No verlo me dolía. Pero más me dolería verla huir de mí. Quería encontrar sus ojos. Quería saber si los recordaba. Quería decirle que no estaba sola. Dioses cómo deseaba verla. Pero no iba a forzarla. No iba a acercarme como un ladrón. No iba a tocar su herida con manos sucias de guerra. Así que me apoyé contra la pared del pasillo, a unos metros de donde intuía que ella estaba. Me dejé caer lentamente, como si mi cuerpo también supiera que debía rendirse. Crucé los brazos sobre las rodillas. Cerré los ojos.. Me moví luego. Lento. Cauteloso. Como si caminara sobre cristales rotos sobre sus cicatrices. Vi cómo la tela del cortinaje se estremecía con cada uno de mis pasos. Y ahí. Justo ahí. Donde la luz moría. Donde el aire temblaba. La silueta de mi cuerpo se detuvo frente a ella. Y mi voz —más baja que nunca, más sincera que nunca— rompió el muro final: —Dime tu nombre —susurró—. O al menos una mentira que quieras que crea. No me importa. Pero háblame porque no me iré sin saber por qué cada vez que cierro los ojos, apareces tú. Mis palabras quedaron flotando en el aire, como un juramento en medio de ruinas. Y entonces, respiré hondo. Di un paso más. La tela frente a mí —ese manto viejo, polvoriento, que la separaba del mundo— se estremecía con su respiración. Lentamente, levanté la mano. No con prisa. No con exigencia. Con el mismo cuidado con el que se toca una rosa herida, sabiendo que un roce mal dado puede desgarrar sus últimos pétalos. Como si mis dedos supieran que, al otro lado de esa cortina, había algo más frágil que la belleza. Mi palma rozó la cortina. Sentí el frío. La estática. El temblor de su magia contenida. El eco de su miedo. Y aún así seguí. Tiré apenas del cortinaje, con delicadeza, como si al hacerlo pudiera desatar el nudo de un destino que llevaba demasiado tiempo amarrado. La tela se deslizó con un suspiro. Una caricia de polvo y sombra. Y entonces la vi. Me quedé de piedra. Todo mi cuerpo se congeló. El corazón tartamudeó. El alma, que ya creía haberlo visto todo, simplemente se rindió. No estaba preparado. No para eso. No para ella. Era tan hermosa que dolía. No de esa belleza que se ve en los retratos o se recita en canciones de taberna. No. Era la belleza de una cicatriz que sobrevivió. De una flor creciendo en mitad del campo quemado. De una mujer que no sabía lo mucho que brillaba… porque siempre había vivido entre sombras. Su rostro tenía el temblor de la luna justo antes del amanecer. Los ojos —Dioses, esos ojos— estaban llenos de todo lo que había callado. Y su cuerpo, encogido contra el muro, no era débil: era resistente. Hecha pedazos sí. Pero viva. Y más poderosa que cualquier cosa que hubiera enfrentado. Tragué saliva. Algo en mi pecho se rompió. O se abrió. No lo supe distinguir. Solo pude pensar una cosa, con la certeza brutal de una verdad que no pide permiso: Ella. Era ella. Y no me importaba cuántos demonios tuviera que enfrentar. No me importaba cuánto me odiara, cuánto me temiera. Yo ya estaba perdido. Y no iba a dar ni un paso atrás. Las palabras que dijo después me tomaron por sorpresa. lo que dijo Me atravesó el pecho como una flecha en llamas. No hubo tiempo para escudos. No hubo advertencia. Solo el golpe. Directo. Brutal. Imposible de ignorar.
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