Narya
Por un momento se me olvidó cómo respirar.
Zareth estaba ahí.
Frente a mí.
Tan real que dolía.
Tan devastador que el mundo pareció apagarse a su alrededor.
Era hermoso.
Pero no de ese modo trivial o adornado que se gasta en los cuentos.
No.
Era hermoso de una forma brutal, incómoda, peligrosa.
No por la simetría de su rostro, ni por la precisión cruel de sus facciones.
Sino por el peso de su mirada.
Profunda. Oscura. Irremediable.
Una mirada que no solo observaba:
Desenterraba.
Leía.
Desarmaba.
Y yo, rota, escondida tras un cortinaje viejo, lo observaba como si estuviera viendo mi último amanecer.
El corazón me golpeaba el pecho como un tambor de guerra.
Mi garganta, cerrada.
El cuerpo, petrificado.
Como si mis huesos supieran que cualquier movimiento podía desencadenar el final.
Entonces habló.
—¿Eres tú?
Su voz.
Grave. Suave.
Un susurro que me atravesó como un conjuro.
No respondí.
No podía.
Solo bajé la cabeza.
No por vergüenza.
No por rendición.
Sino porque mis ojos estaban demasiado llenos,
porque si lo miraba un segundo más, me iba a romper por dentro.
Y en ese instante lo supe.
Estaba perdida.
¿Cómo se defiende una de alguien de quien ha estado enamorada en secreto?
No hay armadura para eso.
No hay muro ni hechizo.
Solo una rendición lenta. Dolorosa.
Y entonces hablé.
No con valentía.
No con desafío.
Lo dije como quien entrega su cuello al filo:
—Si vas a matarme hazlo ya.
El silencio cayó como una campana hueca.
Y sentí el golpe.
Como si mis propias palabras me atravesaran el pecho.
Una flecha en llamas, incendiando todo lo que aún quedaba de mí.
Vi cómo su cuerpo se tensaba.
Cómo el aire a su alrededor vacilaba.
Y por primera vez
Vi algo en sus ojos.
No poder.
No juicio.
Miedo.
—¿Qué dijiste? —murmuró, aturdido, como si mis palabras hubieran venido de otro mundo.
Y lo miré.
Sí, lo hice.
Lo enfrenté con mis ojos temblorosos, el alma hecha jirones y la piel cargada de miedo.
Pero no me moví.
No retrocedí.
Porque si ese era mi final, que al menos lo decidiera él.
Que al menos fueran sus ojos los últimos que viera.
Pero entonces
—No vine a matarte —dijo, con la voz cargada de una rabia tan contenida que casi dolía—. ¿Quién te hizo creer eso?
“Todos”, quise decirle.
Mi historia.
Mi sangre.
Mi sombra.
Pero no pude hablar.
La lengua era un nudo.
La garganta, una grieta.
Y él
Él se agachó frente a mí.
No me tocó.
No me exigió nada.
Solo se quedó ahí, a un suspiro.
Tan cerca que su aliento rozaba el mío.
Y me miró.
Como nadie me había mirado jamás.
No con lástima.
No con deseo.
Con reconocimiento.
Como si ya me conociera.
Como si, de alguna forma terrible, me entendiera.
Y eso… eso dolió más que todo.
Porque él vio algo en mí que ni yo podía ver.
Algo que estaba intentando enterrar desde el día que nací.
—¿Quién eres? —preguntó, como si temiera la respuesta.
Tragué saliva.
Mi garganta se contrajo, como si mi propio nombre se negara a salir.
Pero no era mi nombre lo que importaba.
Era mi verdad.
Mi maldición.
Así que lo dije.
Temblando.
Pero firme:
Soy lo que queda de ella.
Lo vi palidecer.
La mandíbula se le tensó como una piedra.
Las pupilas se encogieron.
Él lo sabía.
Vaelith.
Ese nombre era un veneno que corría por nuestras venas.
—Eso es imposible —susurró él, negando con la cabeza, como si sus palabras pudieran deshacer lo que yo era.
Como si al pronunciar la negación con suficiente fuerza, pudiera borrarme.
Borrarla a ella.
Borrar lo que compartimos.
Pero no se borraba.
Yo no me borraba.
Y por primera vez en mi vida, deseé poder hacerlo.
Porque él me miraba como si estuviera viendo un error en el tejido del universo.
Y yo
yo me sentía justo así.
Una grieta.
Un desgarro.
Mi pecho ardía.
No por lo que decía.
Sino por lo que callaba.
—No puedo ser ella —dije. Mi voz salió como humo de una vela extinguida—.
Pero tampoco puedo no serlo.
Y al decirlo, sentí que algo se rompía.
No solo entre nosotros.
En mí.
Como si al pronunciar esa verdad, ya no hubiera vuelta atrás.
Sus ojos se endurecieron.
Pero no era furia.
No era rabia.
Era algo más profundo.
Más viejo.
Más letal.
Algo que no se gritaba.
Se contenía.
Se clavaba como aguja bajo la piel.
Y aun así no retrocedí.
Solo lo vi.
Hasta que bajó un brazo.
Un gesto tan simple
pero que a mí me pareció una sentencia.
Mi cuerpo reaccionó antes que yo.
Mis labios temblaron,
el aire se volvió espeso como ceniza.
Y cerré los ojos.
No por valentía.
No por rendición.
Sino por miedo.
Miedo a que ese instante fuera el último.
Miedo a mirarlo y ver en sus ojos lo inevitable.
Apreté mi vestido con ambas manos,
como si la tela pudiera sostenerme.
Como si pudiera evitar que me hiciera añicos.
Y una lágrima,
silenciosa, lenta,
resbaló por mi mejilla.
No pedí clemencia.
No pedí perdón.
Solo esperé.
Mi corazón golpeaba el pecho con la furia de quien no quiere morir.
“Hazlo”, pensé.
“Hazlo y libérame de este nombre.
De esta historia.
De esta maldición.”