Zareth
Me obligué a soltarla. A dejarla descansar.
Pero algo dentro de mí ya no sabía cómo soltarla del todo.
Bajé las escaleras con la sombra de su cuerpo aún pegada al mío.
Nyra.
Cuando entré al salón, Elda ya estaba allí.
De pie, como una sombra antigua, con los ojos fijos en mí.
Sabía lo que iba a venir.
Lo había estado esperando.
Me apoyé contra la pared, los brazos cruzados, sin apartar la mirada de Elda.
Ella no se movía, pero su respiración la delataba. Estaba tensa. Como si cada palabra que yo pudiera decir fuera un filo que le rozaba la garganta.
Bien.
Que lo sienta.
Porque yo tampoco estaba de humor para suavizar verdades.
—¿Cuánto tiempo? —dije al fin, con la voz baja, pero filosa como una hoja bien templada.
Elda ni siquiera intentó fingir confusión. Sabía exactamente de qué le hablaba.
—¿Desde cuándo la has sentido? —soltó, queriendo redirigir la conversación.
Clavé la mirada en ella.
Fría.
Cortante.
Inevitable.
—No respondas con otra pregunta —espeté, sin necesidad de alzar la voz.
Mi tono bastó. Un roce de amenaza con la elegancia del control absoluto.
Ella respiró hondo. Como si estuviera desenterrando años que había enterrado demasiado profundo.
—Desde siempre la he ocultado —dijo al fin, como si las palabras le arrancaran aire—. Desde que era una niña. Desde que Vaelith salió por aquella puerta cuando Nyra tenía seis años.
Su voz se quebró, pero no se detuvo.
—Se fue sin mirar atrás.
—Sin importarle que su hija la misma a la que llamó error pudiera morir al día siguiente.
—Se largó como quien abandona una carga. Como quien deja basura en la puerta de alguien más. Y yo— tragó saliva— yo me hice cargo de ella.
—La mantuve oculta.
—La escondí en las sombras, porque sabía que si alguien llegaba a enterarse de que alguien con la sangre de Vaelith seguía viva la cazarían.
—La destrozarían. La destruirían antes de que pudiera siquiera entender quién era.
Mis puños se cerraron con fuerza.
El pecho ardía, pero no por sorpresa.
Ya lo había presentido. Desde la primera vez que sus ojos me buscaron como si esperaran ser abandonados también.
Elda me miró, cansada, pero firme.
—La oculté, porque en este mundo la sangre de los monstruos no tiene salvación.
—Porque, para ellos, Nyra no es más que la continuación de una pesadilla.
La respiración me pesaba como plomo.
—¿Y qué crees que es para mí? —gruñí, sin poder contenerlo—. ¿Una amenaza? ¿Un problema?
Elda me sostuvo la mirada, sin parpadear.
—He tenido visiones acerca de ti —confesó, como quien revela un arma guardada por demasiado tiempo—. He visto las marcas en sus muñecas.
—Sé quién eres.
—El hijo de la que llaman Gran Hada.
—Uno de los príncipes.
Me quedé inmóvil.
El aire se espesó entre nosotros.
Pero ella no retrocedió.
—Dime, Zareth
—¿Qué harás?
—¿La entregarás? ¿Porque es la hija de un monstruo?
Mis labios se curvaron en una sonrisa amarga. No porque me causara gracia, sino porque el cansancio me revolvía la sangre.
—No soy ningún príncipe.
Las palabras se me clavaron en la garganta como si tuviera que escupir veneno para recordarlo.
—No me interesa un trono que no pedí.
—No me interesa un linaje que no elegí.
—Y no me interesa seguir órdenes de aquellos que me llamaron hijo solo cuando les convenía.
Me acerqué un paso. Luego otro.
—Lo único que me interesa —mis ojos la perforaron— es ella.
Elda parpadeó por primera vez.
Quizás entendió que no estaba jugando.
Quizás entendió que había cosas en mí que ya no podían deshacerse.
—La buscarán, Zareth —dijo en un susurro.
—No les importará quién seas ni cuánto la protejas.
—Ella siempre será un objetivo.
Me crucé de brazos, y mi voz salió como una sentencia:
—Entonces que vengan.
—Que vengan todos.
Giré sobre mis talones, dándole la espalda a Elda, pero antes de dar por cerrada la conversación, solté con firmeza:
—Voy a encargarme de algunos asuntos pero regresaré.
Ella asintió en silencio, como si ya supiera que no podía ser de otra forma.
Caminé hacia la salida, pero algo dentro de mí comenzó a retorcerse. Algo feroz, inquieto.
No puedo dejarla sola después de encontrarla.
Cerré los ojos.
“¿Vas a dejarla así?”
La voz no venía de fuera. Venía de ese rincón en mí que ya no sabía cómo estar lejos de ella. No era deseo, ni siquiera culpa. Era algo mucho más peligroso.
Era necesidad.
No.
No podía irme sin dejar algo mío con ella.
Me giré, con esa decisión sólida que no me permitía retroceder. Crucé el pasillo en silencio, cada paso un martillazo contra mi propia resistencia. Me detuve frente a su puerta.
No toqué. No era necesario.
El hechizo respondió a mi voluntad, y la puerta se abrió como si me reconociera. El aire en la habitación vibró, como si entendiera que había algo sagrado allí dentro.
Ella dormía. O al menos, eso parecía.
Acurrucada entre las mantas, con la respiración tranquila, como si, por un instante, el mundo no la persiguiera.
Me acerqué.
No la toqué.
No debía hacerlo.
Pero estiré la mano, apenas unos centímetros sobre ella, y en un susurro que ya casi nadie en este mundo podía entender, invoqué el hechizo.
Un lazo.
Invisible.
Indetectable.
Pero vivo. Ardiente. Conectado directamente a mi esencia.
Algo que me avisaría si se alejaba, si la tocaban, si el peligro la buscaba mientras yo no estuviera.
Un hilo que sólo podía romper yo.
No me importa si me odias por esto pero no voy a dejarte sola otra vez.
El sello se prendió por un instante, un brillo casi imperceptible en su pecho. Luego desapareció, como si nunca hubiera estado allí.
Me obligué a retroceder.
A cerrar la puerta.
A seguir caminando.
Pero ya lo sabía.
No importaba cuánto me alejara.
No importaba cuántas puertas cerrara.
Yo ya estaba ahí. Unido a ella.
Y no pensaba irme.